Martes, Septiembre 17 2019

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Duván e Iván al diván

Solo en una nación de maniáticos, puede la corrupción apropiarse no solo de los recursos del Estado, sino de los mejores negocios, las mejores tierras y, aunque suene a trastorno, de las mejores personas.

Duván e Iván al diván
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

El consultorio está atiborrado y el psiquiatra confundido y exhausto, pero facturando. Hace tres turnos, tiene las ojeras de un oso panda y es considerado millonario, pero se hace el loco. No hay razón para extrañarse, Colombia es un país donde los locos desafían la sensatez, esa señora discreta que cansada de soportar tantas vergüenzas nacionales, se camufla con los ropajes temerarios de la bobada. Nadie ignora que no hay nada más difícil y que requiera mayor grado de inteligencia, que hacerse el pendejo y, para este caso, el loco o el bobo. Los casos abundan, en la ilegalidad y la legalidad, en la Farc o el uribismo, o en cualquier partido, incluso en los de la Copa América, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad… en fin, no son excepción en la locura esa llamada matrimonio.

Pero volvamos con actos menos sacramentales. Que el loco Barrera se haya quemado las yemas de sus dedos en un sartén hirviendo, para borrar sus huellas dactilares, es un acto tan demente como estúpido. Como el gánster John Dillinger en 1930, la travesura de Daniel era pasajera, pues los surcos de fricción tienen la capacidad de regenerarse. Otro chiflado nacional, Gustavo el loko Quintero, además de esa ka altisonante, dejó para la nación un millar de canciones que todavía se bailan en diciembre. Y una que se convirtió en frase popular y símbolo del doble sentido nacional: Así empezaron papá y mamá. Aquí se dice una cosa y se hace otra, o se hace una cosa y se dice otra. Como que este gobierno ha erradicado 80.000 hectáreas de cultivos ilícitos. En matemática simple, casi 11 hectáreas por hora. Una mentira llena bobos.

Así como la opulencia y la indigencia conviven sin mayores problemas en Colombia, la locura y la cordura van de la mano por el suelo patrio, sin que nadie se asombre. El loco René Higuita anunció que se cortará el pelo si Colombia gana la Copa América. Comparado con la hazaña de Horacio Serpa de afeitarse el mostacho luego de 55 años, cuando Rafael Pardo Rueda perdió las elecciones en Bogotá, es casi nada una motilada. Como las huellas, el pelo crece y la barba renace. De modo que estos supuestos sacrificios, no pasan de ser golpecillos de opinión para recuperar algo de la desprestigiada palabra. Se cumple con una menudencia, pero la sustancia está en el consomé. Son como las donaciones de esos multimillonarios, que expían sus culpas con limosnas.

Solo en un país de locos -o de pendejos-, el presidente puede decir en Europa que defiende la paz y el medio ambiente, sin que el pueblo reaccione indignado, pues las evidencias comprueban todo lo contrario. Ni política, ni social, ni jurídica, ni económicamente, este gobierno se ha esforzado por darle continuidad a unos Acuerdos que lo único que confirman, es la histórica predisposición a incumplir la palabra. Y lo más grave, desconociendo el asesinato sistemático de líderes sociales y ex combatientes. Pasaremos a la historia como el único país que está en contra del proceso de paz en Colombia. Un exabrupto vergonzante. Tanto como el fracking o la aspersión con glifosato. Tanto como asociar el ascenso futbolístico de Venezuela a su provocada crisis o la anulación de tres jugadas de gol ante Brasil, a la corrupción del gobierno de Maduro. A propósito, por qué nadie habla del apagón en cuatro países de Latinoamérica. Deber ser porque fue culpa de los extraterrestres. Ajá.

Solo en una nación de maniáticos, puede la corrupción apropiarse no solo de los recursos del Estado, sino de los mejores negocios, las mejores tierras y, aunque suene a trastorno, de las mejores personas. Los medios gritaron al unísono por el bloqueo de la minga indígena a la carretera Panamericana, pero guardan silencio sepulcral ante el descalabro de la vía al Llano. Ya no vengan los gobiernistas a echarle toda la culpa a la naturaleza. En China o Estados Unidos, en los países desarrollados y serios, la contingencia se previene y las ganancias se limitan en pro de la calidad y el bienestar de los pueblos. Ni los derrumbes y avalanchas en invierno, ni los incendios y sequias en verano, son impredecibles y menos inmanejables. Eso han de saberlo Luis Carlos Sarmiento y los señores de Coviandes, Odebrecht y los otros cinco grupos que hacen –y deshacen con- las carreteras en Colombia.

La instalada propensión de mendigos en la mentalidad nacional, ha hecho de la solidaridad una alcahuetería y de la exigencia a los gobiernos, una reivindicación de mamertos. Aquí todo el mundo extiende la mano con la totuma, cuando de lo que se trata es de extender la mentalidad. Hace 25 años una comisión de sabios redescubrió que la educación era el camino, le entregó al gobierno Pastrana el texto Colombia al filo de la oportunidad y este lo engavetó. Una locura. Hoy, un presidente que le dice presidente a un senador, se ufana de la economía naranja. El rebusque con frac, el mercachifle llevado a la condición de empresario, el señuelo del emprendimiento que hizo millonarios a los dueños de Rappi y miserables a cientos de miles de jóvenes que, sin mayores garantías, sobrellevan una especie de moderna esclavitud.

Pero no es diferente en otras latitudes. Hoy en el mundo se eligen gobernantes con un tercio de los votantes y al mes escaso, una tercera parte de las poblaciones los aborrece. Macron, Trump o Bolsonaro, emergen como un tridente simbólico. Los pobres votan por candidatos de derecha, y descubren -como las ovejas en el matadero- que el pastor era el lobo; y que el felino, distanciado por los perros, es solo una estrategia para asustar a los incautos y quitarles su lana. Se necesitó una encuesta para revelar que en Locombia, cuanto menor es el grado de escolaridad, mayor es la aceptación del Centro Democrático y de su mesiánico líder.

Es un respiro del psiquiatra, por fin logran pasar al consultorio Duván e Iván. El primero para entender cómo sus 23 goles lo tienen en la banca. En un país falcaísta hasta los tuétanos, La Pantera tiene solo cinco años menos que El Tigre. La ley de la selva también lo remplazará algún día. También quiere saber qué pasa por la cabeza de una nación, que para reconocer el trabajo de alguien, debe menospreciar el pasado del otro y de los procesos. Ahora Pékerman es un villano. Y el segundo, el Duque, se echa en el diván para que el médico le explique esa sensación de vivir en cuerpo ajeno y poder soportar los millones de caricaturas, donde es un cerdito regordete que no goza de independencia intelectual para desenvolverse en el universo de las ideas políticas. Y le diga cuál es la fórmula para zafarse de la condena a ser un miserable esclavo de los intereses espurios, del hombre que hoy propone una prima salarial que como presidente quitó a los trabajadores, que lo idolatran. Si este no es un país de locos, que venga y me lo diga el primer pendejo.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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