Martes, Septiembre 17 2019

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Duque juega a ser presidente y Maduro a la guerra

El presidente Iván Duque está obsesionado con la idea de sacar del poder a Nicolás Maduro y para hacerla realidad no ha escatimado esfuerzos, convirtiéndose en una especie de “cruzado en defensa de la democracia venezolana”. En su empeño de derrocar al sucesor de Chávez decidió respaldar al presidente, sin presidencia, Juan Guaidó, poniendo a …

Duque juega a ser presidente y Maduro a la guerra
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

El presidente Iván Duque está obsesionado con la idea de sacar del poder a Nicolás Maduro y para hacerla realidad no ha escatimado esfuerzos, convirtiéndose en una especie de “cruzado en defensa de la democracia venezolana”.

En su empeño de derrocar al sucesor de Chávez decidió respaldar al presidente, sin presidencia, Juan Guaidó, poniendo a su disposición los recursos del Estado colombiano, pues se “trata de una guerra justa” que merece todo el apoyo, y no desaprovecha oportunidad para convocar al pueblo y los militares venezolanos a que desconozcan la autoridad de su indeseable vecino.

El anti-madurismo le ayudó a Iván Duque a ganar las elecciones presidenciales, pues logró convencer al electorado que el verdadero enemigo de los colombianos no era la pobreza, ni la falta de empleo, ni la violencia guerrillera y paramilitar, ni la inseguridad, sino el Castrochavismo que arrasaría con los templos cristianos para entregarlos a los santeros cubanos y dejaría al país sumido en un caos económico y social peor que el venezolano. La gente creyó y votó. Pero diez meses después, como si estuviera en campaña electoral, Duque no cesa los ataques contra Maduro, especialmente en los escenarios internacionales.

Recientemente, en una entrevista ofrecida por Duque a la Europa Press, sostuvo que existe una ruptura al interior de las fuerzas armadas venezolanas y les hizo un llamado para “que se pongan del lado correcto de la historia y apoyen al presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó”. La respuesta de Maduro fue inmediata y contundente. Durante la conmemoración de los 198 años de la Batalla de Carabobo, el mandatario venezolano asumió que Duque, en su calidad de jefe de las Fuerzas Armadas colombianas, había sugerido un golpe militar en Venezuela, y en respuesta le hizo un categórico llamado a los militares bajo su mando, que es preciso transcribir: “se asume como comandante en jefe de la Fuerza Armada y habla de la división de la Fuerza Armada, de la ruptura de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, yo autorizo a responderle a Iván Duque con toda la fuerza moral y contundencia moral, “fuera la oligarquía colombiana, no a la traición”.

Estamos acostumbrados a las respuestas guerreristas de Maduro, cada vez que Duque o algún vocero de su gobierno o del Uribismo arremeten en su contra, tal vez por ese motivo, dejamos de prestarle atención, como si estuviéramos frente al pastorcillo mentiroso que para divertirse asustaba a los aldeanos gritando: “viene el lobo”.

El presidente Duque, además de jefe suprema de las Fuerzas Armadas, es el responsable directo de la política exterior. Las decisiones que adopte en estos aspectos gozan de un amplio margen de discrecionalidad, otorgado por la misma Constitución Política, en el entendido que el Presidente de la República siempre abogará por mantener excelentes relaciones con todos los gobiernos y naciones, bajo la premisa de fomentar la paz en todo el planeta, especialmente con los vecinos.

El actual gobierno uribista, dejando a un lado la tradición pacifista y conciliadora de los colombianos, ha convertido las relaciones con Venezuela en una especie de “caldera del diablo”, con el agravante de que los colombianos le hemos dejado de prestar atención a las provocaciones y desafíos de lado y lado.

No pretendo ser alarmista, pero como van las cosas, una mañana cualquiera, cuando estemos tomando un café con los compañeros de trabajo o conduzcamos en medio de un trancón o nos asfixiemos en un bus articulado, alguien comentará en voz alta: “acaba de prenderse la guerra con Venezuela”.

Mientras avanzamos en picada hacia una confrontación bélica con el hermano país, poco o nada hacemos para evitar semejante catástrofe. La extrema derecha está convencida de que el fuego purificador de la guerra es el remedio para los problemas internos del país y que surgiremos de las cenizas para construir el Estado de Opinión, que investirá de poderes omnímodos a Alvaro Uribe,  sin Cortes que lo molesten con sus fallos preñados de retórica humanista y atea y en  donde solo importen las opiniones que exalten el patriotismo, el honor militar y  no tengan cabida  las ideas liberales y de izquierda, consideradas un cáncer que debe ser exterminado a la fuerza.

La propaganda Uribista contra la paz tuvo el efecto de convertirla en una aberración para muchos colombianos y en un sueño inalcanzable para los demás. Los colombianos no tenemos conciencia del valor de la paz. Por haber vivido en un país con permanentes guerras intestinas consideramos la violencia como la herramienta más adecuada para resolver los conflictos, todos los conflictos, desde una disputa familiar hasta las confrontaciones ideológicas y políticas y vemos la paz como una especie de demonio amansador y un distractor al servicio de la izquierda internacional.

No ha sido posible sentar las  bases para la construcción de una cultura de paz, porque no creemos en la paz. Carente de significado real se ha convertido en una simple palabra que al ser pronunciada no genera emoción alguna y solo sirve para identificar a los pacifistas y convertirlos en objetivo de los grupos paramilitares.

Duque juega con candela cada vez que provoca a Maduro, lo sabe muy bien, pero no le importa porque cree que el respaldo que le ofreció el gobierno norteamericano lo hace intocable. Ignora que otros intocables devastaron sus países al involucrarse en guerras absurdas promovidas por los EEUU.

Una vez más debemos recordarle a Duque que después de iniciada una guerra con Venezuela los muertos caerán por millares antes que logre establecerse quien hizo el primer disparo. Para nadie es un secreto que Venezuela nos supera en número de tropas y armamento y que es muy probable que miembros de la inteligencia venezolana se encuentren en nuestro país en calidad de desplazados, listos para adelantar actos de espionaje y sabotaje en caso de una confrontación armada entre ambos países.

Duque ha demostrado ser una persona frívola, de poco carácter y timorato,  quiere esto decir que tendríamos el peor comandante posible en caso de una guerra externa, con un país dividido por el odio y la venganza y sin convicción para pelear.

Las guerras se hacen más probables en la medida que los líderes de las naciones en conflicto se distraen amenazándose día y noche. Esclavos del odio y exacerbados por el mismo discurso patriotero y  militarista terminan enviando a sus pueblos al matadero. En nada se diferencian unos de otros. Por eso Duque y Maduro se parecen cada vez más. La prueba es que tienen el mismo grado de desaprobación  en sus respectivos países y ambos adolecen de falta de credibilidad ante sus gobernados.

Después de las declaraciones de Maduro se conoció que técnicos rusos habían llegado a Venezuela para inspeccionar el armamento de las fuerzas militares. No creo que sea una mera coincidencia. Es claro que Venezuela se prepara para la guerra de verdad, mientras que Duque se divierte jugando a ser presidente.

A Duque debemos exigirle que actúe en defensa de los intereses de Colombia y no del partido de ultraderecha que lo llevó al poder. Para el Uribismo la guerra es una alternativa viable, pero tenemos que hacerle entender que para los 35 millones de colombianos restantes es un acto demencial que nos llevaría a la ruina y sembraría odio, resentimiento y venganza en dos pueblos hermanos.

PD: Los venezolanos que están en Colombia merecen un trato digno. Es nuestro deber moral ayudar a nuestros hermanos que pasan por un difícil momento y evitar contaminarnos de xenofobia.

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Acerca del Autor

Elmer Montaña

Caleño, padre de familia, abogado santiaguino especialista en D.I.H y cultura de paz, derecho administrativo.Ex fiscal, profesor universitario, asesor y consultor, defensor de derechos humanos y director ejecutivo de la Fundación Defensa de Inocentes.

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