Miércoles, Noviembre 21 2018

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Distrito Salvaje

Lo primero que se debe decir, es que en Distrito Salvaje Bogotá es representada como lo que es, una gran urbe con todo lo que ello supone. Lo bueno y lo malo en sus extremos; y la insignificancia en su medianía

Distrito Salvaje
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

Tuvo que llegar Netflix a las pantallas de los colombianos, para que 64 años después de haber inaugurado nuestra televisión, alguien contara desde Bogotá –o por lo menos con la capital como centro protagónico- una historia equilibrada sobre nuestra desgracia, que no sobreviene solo de la periferia, aunque los políticos y sus medios insistan en esa imposición. En estos tiempos de televisión ligera, de contenidos superfluos, de análisis parcializados y de entretenimiento barato que se liga con billete a la manipulación, esta serie es una bofetada a los canales privados y sus paupérrimas producciones, llenas de dinero y babas.

Lo primero que se debe decir, es que en Distrito Salvaje Bogotá es representada como lo que es, una gran urbe con todo lo que ello supone. Lo bueno y lo malo en sus extremos; y la insignificancia en su medianía. La ciudad como oportunidad y condena. Como espacio de aglomeración y rincón de soledad. Como escenario de la masa y reducto del individuo. Como lugar en el que la opulencia y la indigencia conviven con forzada complicidad. Como cápsula infestada, como ese gran domo que protege solo para saber dónde cae el anónimo fulminado, por la contaminación o por un balazo. Como fábrica y laberinto. Esto nos dice Julio César Londoño: “Como cuna, y tal vez tumba, de una especie muy singular”.

Si bien la producción en su título y en su cabezote, echa mano de la ya vieja metáfora de la jungla de cemento, aquí la ciudad no es escenografía sino protagonista. Y entonces la historia de un reinsertado de la guerrilla, crece como una maraña apocalíptica que lo envuelve todo, así como cuando el ser humano ha dejado de existir y habitar una choza o una mansión. Es la muerte la que narra la vida. Es la ley no del más fuerte, sino del más corrupto. Es la vindicación del asesino como alguien signado, no por el destino, sino por la tragedia provocada por el corrompido. Y allí Bogotá se mueve, serpentea, se muestra y grita.

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Esta es la primera serie colombiana -producida para Netflix- que se estrena. Y en ella las luces de la capital, sus cerros, sus avenidas, sus iglesias, sus parques, sus colegios y ese número siempre aproximado de habitantes, que en cada censo se deja ver como una antología del disparate, emergen como arte y parte de un guion excepcional. De hecho, la trama se mueve entre el ficticio proyecto Bogotá 2030, la rapiña de los contratistas y el trabajo de una Fiscal temeraria que no escapa a los métodos y mecanismos persuasivos de los delincuentes que combate.

Bogotá no es una megaciudad como Tokio o Nueva Delhi, ni siquiera como México o Buenos Aires, pero ahí va con sus ocho millones de problemas, que repercuten en la nación como un reflejo del centralismo rancio del que no ha podio zafarse. Y por eso resulta tan valioso el enfoque de la serie, porque no se queda solo en el antihéroe que triunfa, sino que escarba en las entrañas emocionales del senador o el general, el fiscal o el viceministro, el estudiante o el vecino, que resultan tan o más perversos que el malvado, que es el gran protagonista. Y él a su vez, es bueno aun siendo asesino. La serie no justifica a nadie, pero se regodea ante ese maniqueísmo obsoleto que nos han propuesto series como Escobar el patrón del mal, Los tres Caínes o Alias J.J. Biopics donde el agua sucia de la cloaca nacional es arrojada sobre el que las élites señalen. Y ellas impolutas, porque la historia es incompleta.

Pero si el dron sirve a la construcción de la Bogotá personaje, el flash back es uno de los recursos que fortalece al personaje protagónico y muestra a la periferia como paraíso. El infierno es la guerra, pero no la geografía sobre la que se ha derramado la sangre. Las constantes evocaciones del cielo y el silencio, de los paisajes y la selva, son el refugio de un hombre que no escogió la barbarie, sino al que el horror por poco le borra los límites. En Florencia o en Arauca, en Vichada o en Guaviare, la belleza natural se salpica con sangre. Y es desde Bogotá que se aprieta el gatillo, porque no se le puede dar la mano a quien siempre la tiene empuñada. Menos, si lo que esconde son sucias monedas.

Todos sabemos que el gran acierto de Netflix es apropiarse del lenguaje del cine y abandonar la insulsa verosimilitud de la tele. Pero lo de Juan Pablo Raba es deslumbrante. Este actor de telenovela se faja un personaje creíble y macanudo. Actúa con la cara. Habla poco e interpreta mucho. La fotografía, la iluminación, el vestuario y el montaje le ayudan claro, pero se expresa con los gestos. Es un homenaje a Robert De Niro, a Jack Nicholson. J.J. (Jhon Jeiver) es un hombre sobre el que siempre han decidido las circunstancias y no la voluntad. Hay unos saltos en su tiempo y en el tiempo, que obligan a quedarse, que confunden para advertir, que juegan con el televidente, con su capacidad de entendimiento, para que la asociación resulte más efectiva. Y no solo de las imágenes, sino de los conceptos, de aquellas ideas preconcebidas que nos imponen, sembradas como minas que solo explotan en elecciones.

En la cacareada humanización de conflicto, Distrito Salvaje acierta al no plantear absolutos, aunque si permanentes cuestionamientos éticos y sobretodo, la certeza de que cada quien maneja unos códigos morales, al margen de en cuál orilla de la realidad se sitúe. Una apuesta televisiva que no cuida espaldas, que no arroja cobertores de lindeza sobre ninguno y que no le lava la imagen a nadie. Por lo pronto, ya saltó un concejal bogotano a protestar por una valla publicitaria que a su juicio confunde a los ciudadanos y va en contra de la buena imagen de la ciudad. “Bienvenidos a Distrito Salvaje”. Cayeron redonditos, el escándalo está servido y la serie en boga. Mejor dicho, en boca del todo el mundo.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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