Martes, Noviembre 21 2017

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Stop, reset, restart

Todo lo ruin, ilegal, común, burdo, violento, mordaz, vulgar, descarnado y ordinario está en el pináculo al que nunca había podido llegar.

Stop, reset, restart
Crédito de foto: David Vega especial para 90minutos.co

Este es un blog al que le he estado huyendo. Sí, debo confesarlo.

Dicen por ahí que cuando uno toca el fondo, lo único que queda es subir. Pero si bien es cierto que en la sociedad actual contamos con recursos y habilidades muy avanzados para lograr cosas apenas soñadas, la triste verdad es que los mismos recursos se usan con propósitos no tan positivos.

Mi penúltima entrada en este blog que solía ser esencialmente musical, era una queja salida de ese fondo al que las nuevas costumbres nos han obligado a llegar. Se tituló Ser caco paga y fue publicada hace exactamente un año: en mayo de 2016.
Debo confesar que entonces el mundo se volvió un corral por culpa de un aluvión de noticias negativas –desastres naturales, masacres, crímenes atroces, abusos de líderes que son la antítesis de lo que deberían ser y lo peor de todo para mi blog: la desaparición de una lista interminable de grandes de la música que hicieron parte de la banda sonora de mi generación-. Al enfrentar la hoja en blanco, no aparecía ni un solo pensamiento positivo, mucho menos musical. Y cuando uno no tiene nada bueno que decir, mejor no dice nada. Me quedé bloqueada.

Y a mi regreso… el panorama no es mejor. Así que haré una catarsis de ese fondo al que las circunstancias involuntarias tienden a arrastrarlo a uno. Y es mi intención que esa catarsis sea el reinicio de las cosas buenas.

Directo al punto: justo cuando creemos que no se puede caer más bajo, alguien taladra otro fondo. Justo cuando pensamos que no puede haber un crimen más atroz, viene otro y lo supera. Justo cuando pensamos que la música murió y que ya no puede ser peor… Eso. Adivinaron. SÍ puede ser peor.
Vivimos la cultura del reality. Y las redes sociales son la nueva versión. Una tendencia que garantiza fama inmediata, aunque tal vez no la mejor fama. Vivimos el auge de la narconovela. Aunque nos indignamos ante el mundo por tacharnos de eso que no nos gusta oír ni leer, seguimos soportando que los canales privados –e incluso los de cable- produzcan series que patinan sobre la misma realidad. Vivimos en función del sexo descarnado en todas sus formas y la más patente muestra es que los niños bailan –si a eso se le puede llamar baile-, y balbucean letras que ni entienden (gracias a Dios) a edades escandalosamente cortas. Dichos bailes y letras comienzan a meter en sus cabezas inexpertas, cosas que en generaciones anteriores apenas empezábamos a conocer superficialmente después de los quince.
¿Qué otra razón, si no un ansia desesperada de sexo y de dominación inducida por los irresponsables medios, puede aducirse cuando a solo un par de meses del peor caso de vejación infantil a manos de un miembro de la rancia sociedad bogotana, una niña llamada Sarita sufre un inenarrable suplicio en el total abandono y esa mismas semana un soldado de 19 años viola a su media hermana de 4 meses de edad? Esos mismos medios que divulgan adefesios como Cuatro Babys, después se escandalizan y explotan la noticia de una violación infantil durante una semana, hasta que viene una peor. Existe un hambre desesperada por devorar la inocencia. Por engullir la pureza. Por ensuciar lo diáfano.

Todo lo ruin, ilegal, común, burdo, violento, mordaz, vulgar, descarnado y ordinario está en el pináculo al que nunca había podido llegar.
Para muestra dos botones: una Esperanza Gómez, que en otra generación habría sido una paria social, elevada a diosa de los medios. Una Daneydi Barrera (Epa Colombia) que no tiene más méritos que el de haber pegado una patética tonada gracias a su exposición en las redes sociales –más por “lotería” ramplona y burla que por verdaderos méritos y talento-, ocupando horario prime en los más importantes magazines de los canales privados.

Eso por no hacer una lista interminable.

Culpamos a la sociedad, pero somos la sociedad misma. Consumimos basura haciendo “clic” en cuanta cosa chocante que se nos atraviesa. Criamos una generación con la tendencia suicida de las ballenas azules, porque a pesar de que por lo general están destinados a alcanzar “lo que los padres no tuvieron o pudieron”, en realidad llevan el alma vacía. Lo tienen todo, pero no tienen nada. Todo les llega hecho y al no enfrentar ningún desafío a temprana edad, se estrellan con una increíble falta de propósito. Son islas solitarias en un océano de gente que vive pegada a un teléfono “dizque” inteligente, pero que cada vez nos vuelve más brutos.

Se nos olvidó cuál es la esencia misma de la vida. Lo cual suena absurdo en un mundo donde se produce más de lo que se necesita –con la consabida obsolescencia programada-, pero la gente muere de hambre, física pero sobre todo espiritual.

Tenemos el chance de reparar los errores que cometieron las anteriores generaciones. ¿A qué estamos esperando para empezar? ¿A que los líderes tiránicos que abundan– uno de ellos literalmente sacado de un reality show– aprieten el proverbial botón rojo y nos conviertan en partículas?

¡Paren todo!

Stop. Reset. Restart.

Para quienes hacemos parte de la nueva imagen virtual de 90 minutos, mañana es un nuevo día. Una nueva oportunidad. Un nuevo comienzo. Desde nuestro pequeño nicho de influencia –los 4 metros cuadrados que nos rodean-… Arranquemos de cero y ¡Hagámoslo bien!

Que esa sea la nueva consigna.

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Acerca del Autor

Diana Serna

Hija de periodista y madre con mucho talento musical. Estudié Comunicación Social en la Universidad Autónoma de Occidente. Soy Adicta al cine y la tecnología. A los siete años, un locutor me sugirió dedicarme a otra cosa porque cantaba muy “pasito”. Efecto: he cantado con algunos de los más grandes y tengo una mención de Grammy Americano en la pared. El nuevo reto es este blog. Imposible no existe. Solo hay gente incapaz.

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