viernes, mayo 7 2021

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El descontento, un elefante en la habitación

Desde luego, el descontento no se soluciona con censuras o pretendiendo que no existe. Por más que busquen ocultarlo, los ciudadanos salieron a las calles a manifestar lo que sienten, a exigirle a un gobierno que cambie el rumbo, pero sobretodo que los escuche.

El descontento, un elefante en la habitación
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

Un elefante en la habitación es una expresión que hace referencia a hechos evidentes pero que son evitados e ignorados. Esta analogía maravillosa permite explica lo que está ocurriendo actualmente en el país. Estamos ante un evidente descontento ciudadano por la situación propia que trae la pandemia del Covid-19, aumentada por la percepción de corrupción, el derroche de recursos públicos, y la forma de gobernar desconectada de las demandas y las necesidades de los ciudadanos.

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El Gobierno Nacional parece no querer enfrentar lo está ocurriendo en el territorio colombiano y lo evidencian los estudios de opinión. Según la encuesta Colombia Opina de la firma Invamer (abril de 2021) el 63.2% de los encuestados desaprueba la forma como Iván Duque se está desempeñando en su labor como presidente de Colombia. Además, el 77.5% considera que las cosas en el país van por mal camino y creen que la corrupción, el desempleo, la economía y la inseguridad están empeorando. Estos no son solo datos, son el reflejo del descontento que tiene la ciudadanía, aspecto que incide en la legitimidad y la confianza que se tiene sobre el gobierno. De acuerdo al Barómetro de la Confianza -realizado por la firma Edelman- Colombia es el cuarto país en el que su gente más desconfía del gobierno. E inclusive, el 72% de los encuestados considera que los lideres gubernamentales están “tratando de engañar a propósito”.

Sin duda, los datos muestran un contexto en el cual el actuar del presidente Iván Duque se enfrenta al descontento, la incertidumbre, el pesimismo y la desconfianza, lo que termina afectando profundamente la legitimidad para gobernar. Se podría considerar entonces que tiene un elefante en la habitación que requiere de su atención. Ante esto debe buscar la forma de construir cercanía con la ciudadanía, tomar acciones radicales para erradicar de su gobierno el derroche y entablar un dialogo con los diferentes actores para construir una propuesta conjunta o un pacto nacional. Sin embargo, frente a este panorama se ha dado una respuesta distinta. La respuesta del gobierno -sin legitimidad suficiente- fue presentar una reforma tributaria que, pese a ser necesaria, no se ajusta a la situación que viven los colombianos. Es evidente que el Proyecto de la Reforma Tributaria llegó en el momento menos oportuno y ha sido liderado por actores que generan rechazo por una gran parte de la población; con mensajes que pueden ser tildados de desconectados y arrogantes que no cuentan con una intención real de una política de austeridad.

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Ahora, el problema no radica en la predisposición al pago de impuestos sino en la desconfianza que genera quien lidera la propuesta. Los ciudadanos no evidencian una política real de austeridad y los recursos públicos, en plena pandemia, están siendo invertidos en aspectos que no son prioritarios. El mayor símbolo de derroche, por ejemplo, es el programa presidencial de Prevención y Acción. Al igual que los contratos a personas cercanas al Centro Democrático que ganan más que el salario de un alcalde.

El rechazo a la reforma tributaria ha sido generalizado. Los líderes de los partidos políticos, los ciudadanos y los gremios manifestaron su rechazo, pero el gobierno nacional siguió empeñado en radicar el proyecto en el Congreso, poniendo en riesgo no solo su liderazgo sino la poca gobernabilidad que le queda, así como la viabilidad del proyecto en sí mismo. La desconexión del gobierno y su incapacidad de leer el entorno lo está llevando a acciones que lo único que hacen es echarle más gasolina a la crisis. Acciones como, por ejemplo, evadir el descontento generalizado y considerarlo únicamente como estrategia político-electoral de ciertos actores políticos, al igual que buscar censurar las manifestaciones de protesta legitimas que tienen muchos ciudadanos.

Desde luego, el descontento no se soluciona con censuras o pretendiendo que no existe. Por más que busquen ocultarlo, los ciudadanos salieron a las calles a manifestar lo que sienten, a exigirle a un gobierno que cambie el rumbo, pero sobretodo que los escuche. Las manifestaciones del 28 de abril reflejaron la voz de muchos ciudadanos que quieren otro tipo de liderazgo y que están cansados del derroche, la corrupción y la falta de oportunidades. Esto, incluso, ante las posibilidades de ser silenciados por los actos vandálicos que se toman la mayoría de los noticieros y que desdibujan los motivos ciudadanos.

Ojalá el presidente sea capaz de leer lo que está pasando en el país. Que escuche y que vea el elefante que tiene en la habitación. El país necesita de un liderazgo que logre una conexión constante con la ciudadanía, que no se limite a banderas en época de campaña, sino que sea evidente en la forma de gobernar, pues necesitamos recuperar la confianza en nuestras Instituciones y en la democracia. Pero, para ello, requerimos de líderes que expresen compasión y empatía, que sus buenas intenciones se traduzcan en acciones concretas y transparentes, que apuesten a la colaboración y que estén dispuestos a escuchar para construir los consensos que tanto necesita el país.

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Acerca del Autor

Maria Alejandra Arboleda Arango

Politóloga, magíster en mercadeo con siete años de experiencia docente en el área de comunicación política, opinión pública y mercadeo político en la Universidad Javeriana, la Universidad Icesi y la Universidad Autónoma de Occidente en la ciudad de Cali. Diez años de experiencia como consultora en comunicación política y mercadeo político.

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