Lunes, Septiembre 16 2019

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Desconfianza

Los alias Iván Márquez, Jesús Santrich, Romaña y el Paisa, desconfían de este gobierno y su verdadera voluntad de paz. Y de la institucionalidad. Desconfían hasta de su propio nombre, para no hablar de su sombra.

Desconfianza
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

La desconfianza es una enmascarada forma que asume el miedo para mostrarse menos temeroso y proyectar cierto aire de arrogancia. De ahí que a la persona desconfiada, la sociedad –por lo menos la colombiana- la lee como inteligente, cuando a lo sumo es maliciosa y muy astuta. Colombia es el reino de la desconfianza.

Los alias Iván Márquez, Jesús Santrich, Romaña y el Paisa, desconfían de este gobierno y su verdadera voluntad de paz. Y de la institucionalidad. Desconfían hasta de su propio nombre, para no hablar de su sombra. (El que la debe, la teme. De otra forma cómo entender el número de escoltas de los políticos). Desconfían de un gobierno que permitió el asesinato de 150 excombatientes luego de la firma de los acuerdos. De una clase política que primero negocia y después asesina: Guadalupe Salcedo o Carlos Pizarro. La Unión Patriótica o el Quintín Lame. Por eso confían en la armas, no en la paz. En la defensa, no en las voluntades de papel. El Estado, claro, tampoco confía en ellos. Narcotráfico y enriquecimiento, son dos perros que le ladran a una señora llamada Negociación, que encubrió a una matrona que se nombra Lesa humanidad y que, a su vez, cercena con su guadaña el bloque de los Derechos Humanos. Y esta ala del ornitorrinco de la guerra, de semejante serpiente emplumada, también desconfía de sus antiguos camaradas. Y por eso se voló. Del Timochenko que ahora desconfía de la guerra. Del Lozada pacifista que desconfía de Uribe y su paz con legalidad. Y el señor de El Ubérrimo que desconfía de todo el mundo, porque en el único que confía es en él mismo y en su hermética visión de seguridad, que confía en hacer trizas los acuerdos de paz. La justica desconfía de su confiabilidad. Duque desconfía de su autonomía y de sus ministros y destruye país cuando los cuestiona de manera pública en su Taller Construyendo País. Más de medio país desconfía de Duque, porque es indivisible de Uribe. Uribito desconfía de la justicia y ésta, de sus buenas intenciones en la repartiziña de recursos. Y el país desconfía de su cautiverio. Los campesinos desconfían que algún día una reforma agraria les entregue tierra. O recursos. Los indígenas nunca han confiado en promesa alguna de cualquiera de los gobiernos en los últimos 200 años. Los negros no confían sino en San Pacho, el patrono de su endiablada rumba inmortal. Santos desconfía de Pachito. Y Francisco, el gran acertijo de la familia, desconfía incluso de la Casa Editorial El Tiempo. Empresa que desconfía del periodismo tradicional y despide periodistas, como se despachan reses al matadero. Los periodistas no confían en la investigación y tampoco en las fuentes. Y las fuentes, no confían en aquellos que son otro diente más en la correa de transmisión de los intereses del poder. El poder no confía en sus piñones y, de manera constante, los desecha como fusibles cuya función acaba con cada sobresalto de energía. En Hidroituango solo confían los paisas. Y el Paisa, solo en Márquez. En Iván. Mejor dicho, en Iván Márquez, no en Iván Duque Márquez. No se puede confiar ni en el nombre. Uno le quita al presidente su primer apellido y le queda un guerrillero. Y ese apellido, significa que es un miembro de la nobleza de categoría inferior a la de príncipe y superior a la de marqués. No Márquez, no se confíe. Márquez desconfía de su primo y su primo, de las dádivas que le prometió la CIA, la DEA y toda esa idea de paraíso que dibuja la delación. Los sapos ya no confían en la Fiscalía, porque allá habitan sus mayores depredadores. En Colombia es más fácil confiar en un reptil, que en un Fiscal. Los grupos económicos desconfían de la capacidad reflexiva de los colombianos, que los medios horadan con permanente fruición. Y si desconfía del léxico: digamos que la crítica se acribilla todos los días. Los Díaz desconfían de los Rodríguez y los Calderón de los Vélez. Los Ocoró de los Quiñones y los Vitonás de los Yafué. Los abogados de los jueces y todos de los abogados. Los enfermos del doctor y los alentados del nutricionista. Los estudiantes del profesor y el docente de los decentes. El borracho del trago y el abstemio de la leche. La esposa de su amante y el esposo de su mujer. El joven del condón y la chica de la píldora. El contribuyente de la DIAN y el corrupto de todos los contralores. James de Zidane y Falcao de su edad. Cuadrado de Queiroz y el rectángulo del círculo. Maduro de Guaidó y el eco del megáfono. El gavilán de la paloma y Paloma de Petro. La piedra del martillo y el martillo del papel. El Senado de la Cámara y el cenado del hambriento. El Concejo del consejo y la asamblea del edil. El diputado del reputado y el hijueputa del vil. El servil del revolucionario y el mamerto de David Barguil. Los conservadores de los liberales y el rebaño del pastor. El lobo de la luna y el carnicero del vegetariano. El vegano de la carne y la oscuridad del candil. Facebook de Amazon y la Red de la Movida. Caracol de RCN y la información de los dos. Nairo de Valverde y Maradona de su nariz. Los ahorradores de los bancos y los banqueros de Odebrecht. El pez de la ballena y la foca del tiburón. El Junior del Tolima y América de Trump. Los bebecos de la luz y los leprosos de Agua de Dios. Dios de Eva y Adán de la manzana. Robin Hood de la ciudad y Steve Jobs de Bill Gates. Los ecologistas del progreso y Green Peace de Bolsonaro. Amazonas de la ayuda y Leticia del pirarucú. La ciudadanía de la policía y Human Rights Watch del ejército. La democracia de las elecciones y los ignorantes del precio del voto. Los economistas del crecimiento y el peso del dólar. Colombia desconfía de su gente y la gente desconfía de su país, tal vez porque su presidente, que no gobierna, le pide a un presidente que no ha sido elegido, que le ayude a capturar a los cabecillas de unas Farc que ya no son. La guerra se recicla, desconfía de nuestra razón.

Otra máscara que de cuando en vez utiliza la desconfianza, es la precaución, una forma mucho más mesurada del miedo que no alcanza a ser pánico, sino esa propensión tan humana a salvaguardar y proteger la vida, que hemos dado en llamar cautela.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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