Viernes, Abril 3 2020

.

De los virus literatus

Para ser coherente con el principio elemental de la tolerancia hasta sus últimas consecuencias, es preciso tolerar aún a los más acérrimos intolerantes.

De los virus literatus
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

La discordia es la gran peste del género humano,

y la tolerancia es su único remedio.

Voltaire

 

Rondaba Jorge Isaacs los 15 años cuando recién llegado de Bogotá -tras interrumpir sus estudios debido a la estrechez económica de la familia-, un virus de gripa azotó Cali, que para 1852 era un villorrio de poco menos de doce mil almas. No tardó el muchacho en descubrir que los únicos sanos eran los miembros de las dos familias judías asentadas en la comarca y que, muy probablemente, la razón de la peste era la ingesta general de puerco, manjar del que como todos sabemos los judíos se privan. Pero en la futura ciudad, donde ya se había incubado el ´Calibalismo´, los dueños de las porquerizas y las carnicerías desdeñaron la atinada observación del futuro creador de María (1867), porque les dañaba el negocio. Debieron morir varios parroquianos para que se detuviera el festín de marranos, curas, beatos, plañideras, rezanderas y sepultureros, porque si algo tenía Cali por aquel entonces era conventos, analfabetas y cementerios. Y un solo Hospital.

Un siglo después de publicada la obra cumbre del Romanticismo, en Cien años de soledad (1967), García Márquez da otra lección de cuarentena excepcional cuando a Macondo lo ataca la enfermedad del insomnio y luego de que todo el pueblo acatara las órdenes de José Arcadio Buendía, no solo se superó la situación, sino que “nadie volvió a preocuparse por la inútil costumbre de dormir”. No hubo duda alguna en el clásico nacional de que la enfermedad se transmitía por la boca. Todo lo comido y lo bebido, tal vez en alguna transfiguración de la lengua y el habla; y en su metáfora general, otra alegoría del insomnio, ese diálogo espantoso con uno mismo, la almohada y el cielorraso, sobre la vida, cuando Morfeo se niega a visitarnos. Borges ya lo había hecho con Funes el memorioso (Ficciones 1944). Aunque es en El amor en los tiempos del cólera (1985), donde los síntomas del amor se confunden con la terrible enfermedad, la obra en la que el autor despliega su magistralidad para fabular un amor no consumado y la peste sirve de vehículo narrativo extraordinario. Hoy el miedo pareciera borrar la memoria.

Este relato del Nobel colombiano se acerca a la magnitud de obras como La Peste (1947), del Nobel argelino Albert Camus, una obra que en España se está leyendo de nuevo casi en el mismo volumen en el que se está comprando papel higiénico. (Debe decirse que los compradores compulsivos, solo leen en el baño, cuando a través de sus teléfonos se entregan a las emanaciones del higiénico papel de los medios). Su mensaje existencialista es contundente y en boca de doctor Rieux, héroe de la novela, advierte que la idea puede hacer reír, pero “la única manera de luchar contra la peste es la honestidad”. Y ser honesto en Colombia es una virtud escasísima, tanto como la honradez o las vacunas para la ignorancia que son costosísimas. Como todo lo privado, que es casi todo en este mundo globalizado, multinacional, depredador y caótico.

Otra gran obra es Ensayo sobre la ceguera (1995), de José Saramago, que los italianos están devorando para entender no la peste mortífera traducida aquí en ceguera blanca, sino la condición humana en medio del asilamiento, la soledad y la posibilidad inminente de la muerte. Allí el Nobel portugués desenmascara una sociedad podrida y desencajada que es relatada en la voz de la mujer del médico, que todo lo sabe. Un egoísmo sin límites, un individualismo absurdo que, tras la cuarentena en un manicomio y el pánico generalizado, deja ver una conciencia colectiva que desbarajusta el orden social para poner en evidencia en medio del caos, que en el ser humano prevalece el sálvese quien pueda, a pesar de las medidas cada vez más represivas e ineptas del gobierno. (Nótese que hasta aquí no he mencionado ni al coronavirus, ni a ya tú sabes viejo). En medio de situaciones extremas surgen los más bajos instintos humanos y esta obra los recrea con una crudeza donde triunfan los amorales y los carroñeros que se aprovechan de la situación. Se limitan las libertades, escasean las provisiones y se socava la solidaridad. Todo mientras cada quien, desde sus míseros altillos de poder, busca privilegio para enfrentar una ceguera que desaparece de manera repentina. ¡Es divina la literatura, cierto! Las pestes no saben de fronteras.

Vea también: 

País de sinvergüenzas con eñe

La lista es muy larga: un Yahvé desesperado en el Antiguo Testamento que lanza siete plagas sobre egipcios e israelitas; un Apolo vengador que en La Ilíada venga el rapto de Criseida con una plaga; el Decamerón, sus diez jóvenes en diez días de aislamiento y sus cien relatos; y tantos otros textos como plagas y pestes reales y ficticias han devorado pueblos ciudades y lectores. Pero una mención especial merece el Manual de Tolerancia (2007), un librito de Héctor Abad Gómez -editado por su hijo Héctor Abad Faciolince-, que hace 70 años insistía en el cambio del modelo de salud, pues la medicina preventiva no solo salva más vidas y es más barata, sino que no requiere per se la estructura física. Pero claro, el negocio es la curativa y, peor aún, la de los cuidados paliativos. Hoy vale más un funeral con toda su parafernalia, que un programa preventivo, en términos individuales por supuesto. Pero en Colombia la desigualdad es intrauterina. Y va desde cómo se alimentan las madres y en qué condiciones nacen los bebés, que llegan en desventaja a este mundo no por factores bilógicos, sino por condiciones sociales. Más de la mitad de los colombianos no puede darse el lujo de una cuarentena. Sobrevive de la calle para su diario sustento. ¡Capisci! Su propiedad es su trabajo, nada más.

Son épicas las batallas de Abad Gómez -asesinado por los paramilitares y condenado por una sociedad clasista y mojigata que lo considerada comunista y ateo-, para aplicar la vacuna contra la poliomielitis en Antioquia. O algo más sencillo en Medellín, la higiene en la recolección de la leche y la recomendación de que se hirviera antes de consumirla. Decía hace ya medio siglo, que es muy probable que en las facultades de Medicina se enseñe mucho sobre la vida de los parásitos, de las bacterias, de los hongos, de los virus y poco, muy poco, sobre la vida de los seres humanos. Esos mismos que hoy están acabando con los jabones antibacteriales o especulado con su precio, para referir solo un producto, en medio de esta paranoia que ya parece una psicosis colectiva, la verdadera pandemia. Vivimos tiempos en los que la gente se convence muy fácil de que las condiciones que las favorecen deben permanecer inmutables y exclusivas. Y todo porque el pensamiento racional y el método científico son la excepción y no la regla. Hasta la salud es mercancía y la higiene mental un exiguo privilegio. Con desempleo, hambre, ignorancia y miseria, es difícil conservar la calma y tener esperanza.

Para ser coherente con el principio elemental de la tolerancia hasta sus últimas consecuencias, es preciso tolerar aún a los más acérrimos intolerantes. Por ejemplo, a los que desde la comodidad y algún asomo de opulencia, hacen el llamado a quedarse en casa tildando de estúpido al que no lo haga. O esas obstinadas decisiones unilaterales que jamás han tenido consecuencias positivas. El coronavirus ha sacado a flote problemas de toda índole, pero de manera particular, el egoísmo, la intransigencia y la pereza de los colombianos. La disculpa perfecta. Y el abandono, la inequidad y un etcétera social más amplio que la perversidad del Estado. La disculpa de siempre. No hay que ir a los más apartados lugares de la nación para comprobar que la vida sigue porque la necesidad apremia. Que el sistema de salud es precario y que la educación es deficiente. Y que el bienestar no se decreta, se cimienta.

En los barrios populares la tienda sigue vendiendo sus calamitosas raciones. La panadería hornea. El señor de la mazamorra pedalea. La señora de los aguacates grita. La de los chontaduros pela. El cerrajero martilla. El limpiavidrios enmugra parabrisas en el semáforo. La de los limones empaca y la veneca de los tintos voltea su termo. El viejito del Bonice y el tipo del Vive100 echan hielo. El montallantas no ve noticias, trabaja. También el taxista y el mensajero. El restaurante cocina. La heladería no se derrite. La galería se mueve. La iglesia y sus fieles. El parque y sus palomas. La chancera y su suerte. El vicioso y su cacho. Y hasta el ladrón está feliz con los solitarios transeúntes, porque algunas casas están llenas. Llenas de gente pegada a sus celulares y a sus computadores. Aislados en grupo. Sumidos en la obliga familiaridad, muchos sin hacer otra cosa que seguir asustándose con el televisor. No se trata de volver al pasado o a la magia, sino de utilizar la tecnología y los medios con prudencia, que es la inteligencia bien administrada. Leer o escribir. Esos dos refugios maravillosos. Pero hasta Isaacs falló, de la mano de la codicia soñó con ser un minero exitoso y terminó siendo un novelista grandioso.

Le puede interesar: 

Júpiter

Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

Noticias Relacionadas