Martes, Diciembre 18 2018

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De colonos y muerte

Cierto grado de indignación en el país parece haber generado la masacre de cuatro pequeños en zona rural de Florencia-Caquetá. Y digo cierto, porque en la televisión la sucesión de imágenes y de tragedias acaba con cada emisión y se desvanece con la aparición de una desventura mayor, pero ésta ha pasado de hecho noticioso …

De colonos y muerte

Cierto grado de indignación en el país parece haber generado la masacre de cuatro pequeños en zona rural de Florencia-Caquetá. Y digo cierto, porque en la televisión la sucesión de imágenes y de tragedias acaba con cada emisión y se desvanece con la aparición de una desventura mayor, pero ésta ha pasado de hecho noticioso a suceso mediático. Su impacto es tan avasallador, como superflua su enseñanza. 119 niños asesinados en lo que va de 2015, no es un dato, es una desgracia colectiva. No se ha asimilado una noticia, cuando la consternación aparece de nuevo para decirle a Colombia que aquello de lo que no se hace consciente, se manifiesta en nuestras vidas como destino, como normalidad, como algo cotidiano y no como un hecho nefasto, monstruoso y fuera de lo común.

                No es nuevo lo ocurrido en la vereda Las Brisas, es desconocido para la mayoría porque -entre otros factores- los diez departamentos del oriente de Colombia (Arauca, Casanare, Vichada, Meta, Guaviare, Guainía, Caquetá, Vaupés, Putumayo y Amazonas) no existen para la nación mediática. Y ello no es fortuito, es estratégico. El país político, desde siempre, solo ha visto esos lugares como tierras de promisión y riqueza extractiva para unos pocos. (Acaso se habla en los medios de la Altillanura y los negocios que con ella ha hecho el gobierno Santos) Somos andinos, montañeros, cordilleranos. Bogotá, Medellín, Cali y otras dos capitales que completen la quinteta. Nada más. Todo el resto es periferia. Provincia. Lejanías. Revés de la nación. Indios. Barbarie. Y posibilidad de negocios. Sin documentos a la vista.

                Por allá en 2013, tiempo remoto en la actualidad, Marta Ruiz dijo en su columna en la Revista Arcadia que si alguien quiere entender de qué se habla en los diálogos de paz de La Habana tiene que leer a Alfredo Molano. Pues bien, para entender un poco lo que pasó con los niños en el departamento que fuera epicentro de los diálogos del Caguán, basta leer uno de los relatos cortos del autor que aparece en Del Llano llano, El retaque. Es la historia de una masacre. De una tragedia que cargan a cuestas los colonos. Todos huyen de la violencia, pero no saben -como indicara Orlando Fals Borda- que la llevan incubada. Viaja con ellos, se establece en sus fundos. Una familia hace finca asentándose en un lugar. Echa raíces. Casa, chiquero y corral. Unas gallinas, algunas semillas y listo. Muchos hijos son mano de obra casi gratuita. La comida se produce y el ganado da para el resto. Su pezuña otorga el título de la tierra. La propiedad se lleva encima. Se caza para comer, se mata para vivir. Se asesina para quitar la tierra. La palabra es documento.

                En el relato, con la disculpa de antiguas disputas políticas bipartidistas, buscan a los hombres de la finca para matarlos, pero ellos no están, se han ido de travesía, a llevar un ganado. Matan entonces a las mujeres y a los niños. Una señora sobrevive y cuenta la historia. El pretexto es la política, el objetivo: la tierra. No hay documentos. En el caso de los niños asesinados, la hipótesis es la intención de destierro a una familia de campesinos que ha tomado posesión de un lote en la vereda Las Brisas, de Florencia, a cargo de unos vecinos -que en asocio con otras personas-, planean construir allí un estadero y un parqueadero junto a la vía. No hay documentos.

                Los padres no llegaron, entonces los asesinos desesperados acribillaron a los pequeños. Uno se salvó. Contó la historia, el país la supo. Los medios la propagaron. El presidente se enteró. Conminó a la policía y en una acción sin precedentes hubo capturas y responsables en menos de una semana. Increíble. El plazo era el domingo y se cumplió. Qué necesitará el gobierno en esta zona, o con respecto a ella, ganarse a quién, afectar a quién, demostrar qué, desviar la atención ante qué, consolidar a quién. La imagen que deja: Santos = Autoridad. Policía = Eficacia. Se conocen detalles del caso. Minucias. El arma homicida hallada en el fondo de rio Hacha. Y la moto robada se ubica, desguazada y enterrada. Hay por lo menos ocho involucrados y los considerados autores intelectuales, o determinadores del crimen, hablaron en los medios sin mayores reparos antes de ser delatados e involucrados en el proceso ante la Fiscalía.

                Para los dos casos, la propiedad se establece con posesión. Quien llegue, no importa cómo, es el dueño. Nadie investiga en semejantes lejanías, donde la ley se impone a bala y el machete cumple una doble función, de utensilio y arma. De eso sabe la guerrilla, la delincuencia, los paramilitares y el mismo ejército. Nadie sabe quién habita, quién posee, quién es el dueño. Están abandonados a su suerte. No hay títulos de propiedad, solo baldíos y pobres que huyen de la violencia y escapan de la miseria. Quien llegue con un arma impone las condiciones. No es justificación, es su entorno.

                 En los Llanos Orientales, ayer no más, en 1972, ocurrió el primer juicio por el asesinato de 16 indios cuivas (tres hombres, seis mujeres y siete niños) en el hato La Rubiera. “Cuiviar” y “guahibiar,” cazar indios cuivas y guahibos, era un práctica para limpiar las sabanas y meter ganado. Tigres, serpientes e indios. En ese orden importaban. El colono mataba con la certeza de no estar cometiendo un delito.

                Hace unos años el país se asombró porque en La Unión-Peneya (caserío perteneciente al municipio La Montañita en Caquetá) no circulaba dinero, sino fotocopias de los billetes firmados por el Comandante del frente de las FARC que operaba en la zona. Eran colonos amenazados. O porque en San Vicente, en tiempos de la Zona de Distensión, una camioneta último modelo valía dos kilos de coca y las prostitutas -y todos los comerciantes- portaban grameras para cobrar sus servicios. Son lógicas y dinámicas sociales diferentes a las del centro del país. Los colonos arrastran a donde vayan todos los males de la nación, con el agravante de que su existencia es inadvertida, invisibilizada, hasta cuando llegan los grandes proyectos e intereses de la nación con su idea de progreso y desarrollo.

                Cuando la tristeza se convierte en indignación e incluso los medios comienzan a ampliar la discusión en torno de tanto niño asesinado, es síntoma de que algo está cambiando para bien. Pero el indignado no es la víctima y es preciso que el país comience a reconocer que los colonos también son ciudadanos, olvidados, excluidos, marginados, sometidos por la violencia, adiestrados por las armas y domados por la sangre. Nada justifica el asesinato de nadie, sea niño o adulto, hombre o mujer, anciano o joven, negro o indígena, campesino o urbanita, pero en estas zonas -ignotas y remotas para la mayoría- Colombia no ha crecido por planes o programas, sino por la colonización de huyentes que llevan consigo la motosierra, el hacha, el azadón, el machete al cinto y la guadaña de la muerte sobre sus espaldas.

 

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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