jueves, abril 22 2021

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Cuerpos desobedientes

Es enero y el cuerpo grita los excesos de diciembre. El festín ha terminado. Los cuerpos obedientes ponen en evidencia los estragos de las grasas.

Cuerpos desobedientes
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

Es enero y el cuerpo grita los excesos de diciembre. El festín ha terminado. Los cuerpos obedientes ponen en evidencia los estragos de las grasas, el alcohol y los azúcares; y manifiestan que el volumen ya no está en los equipos de sonido, sino apoderado del espejo y de ese arrume de flotadores que rodean la cintura. Valga decir, cuando todavía hay talle y cinturón sin nuevos agujeros. Las fajas están ahora de fiesta y los torsos embutidos marcan territorio y detienen circulación. Ponerse un pantalón en un acto de apnea digno de medalla olímpica. Y ubicar un brasier, toda una odisea. Botones convertidos en posibles proyectiles y cierres, en cremalleras con dientes expuestos cual jauría de perros en cacería. Promesas y sacrificios quieren reversar la realidad, pero todos sabemos que ganar es fácil y perder, una expiación interminable de culpas. Y esto aplica para los kilos y para todo en la vida.

Los gimnasios atestados. Las dietas a la orden. Y la posibilidad de cirugía rondando. Viejo y malo es el chiste de que no hay mujeres feas sino maridos pobres. Todos sabemos de las terribles consecuencias de los mal llamados procedimientos estéticos de garaje a los que no solo recurren las féminas, sino algunos hombres metrosexuales que tienen pocos centímetros de… cerebro. De modo que la cuestión aquí no es el dinero o las posibilidades de un mecenas, sino la autoestima. La belleza o el amor emergen a los ojos de quien proyecta esa luz sobre el ser amado. Dicho de otra forma, la belleza no siempre reside en el objeto de admiración, sino en los ojos de quien contempla o ama. No de otra forma podría explicarse que los feos tengamos oportunidad sobre la tierra. No parafrasearé más a don José Ortega y Gasset, prefiero evocar a mi abuela: cada tiesto tiene su arepa.

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Mujeres y hombres buscan y encuentran, coinciden y hallan. O simplemente eligen o son elegidos, para decidir entonces ataviarse y toparse con el otro. Y aquí toparse es literal, darse de frente y con la cabeza. Así sea solo una. Dos, tal vez. Tres, acaso. La lucha eterna del cóncavo y el convexo. Pero hasta el estrene navideño está ajustado, desteñido y arrugado como las ideas de recuperar la figura. Se retoma el ejercicio y la idea de que este año si será el de la imagen anhelada. El de ese cuerpo ido con las calendas y algunas prácticas non sanctas. Y los catálogos de cremas, cápsulas, menjurjes y métodos increíbles para vencer el inexorable paso del tiempo engordan la alcancía de emprendedores. O embaucadores, que con la publicidad acarrean a la gente a comprar lo que no necesita con el dinero que no tiene. Esa es la ilusión. Eso es lo que al final se vende y se compra. Un medicamento, una rutina, un plan nutricional o algo que devuelva el tiempo.

Pero los cuerpos también son desobedientes. Como esas personas descomplicadas de la cintura para abajo que, con claro sentido del ridículo y el arte de amargarse la vida, no aplican jamás la teoría que exponen con la sobrades de la cabeza. Para el caso de los machos cabríos, la de arriba. La consabida prédica sin aplicación. Son piadosas pecadoras. Sino malas personas, personas que hacen mal con su incoherencia. Seres que no logran articular nunca de manera consecuente lo que piensan, lo que dicen y lo que hacen. Y estas son las que sueñan con ganarse la lotería en lugar de trabajar, con un gobierno que les quite deberes y les garantice derechos ilimitados, un profesor que les ponga cinco a la menor provocación, un jefe que les suba el sueldo porque sí, una pareja que les solucione la vida y una pócima milagrosa que les elimine kilos, arrugas o celulitis. Un cuerpo obedece, si al plan que sea se le mezclan valores: disciplina, constancia, rigor, esfuerzo y dedicación. También el alma. De resto, vuelvo con mi abuela: eso es quemar pólvora en gallinazos.

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Ve uno gente matándose con el ejercicio y nada que ese cuerpito responde al sacrificio. Al fin que se hace ejercicio para sentirse bien, porque verse bien es otra cosa, que atañe incluso al espíritu. Hay gordos y feas felices. Hay mujeres, demos por caso, a las que no les sobran kilos, sino que les faltan besos. Y hombres con barriga cervecera que, según ellos, están llenitos de pasión. Pero a la hora de desnudarse basta con un apaga la luz para que la belleza surja en las penumbras, las caricias y los aromas. Pero volvamos a la otra actividad física. Que sentadillas y nada de cola. Que abdominales y nada que baja la tula. Que pecho y parece otra espalda, pero al frente. Pecar y rezar supone al menos proporcionalidad, pero no es inscribiéndose en el gimnasio como se adquiere esa ansiada efigie escultural. De todos los desbalances decembrinos, el alimenticio es sin duda el que más tiempo toma equilibrar.


Los guayabos han amainado y la resaca de la billetera va en ese proceso. La draconiana felicidad afloja porque es preciso arrancar de nuevo. No hay nada nuevo es cierto, pero esa es la idea que nos han vendido, como si no se pudiera ser feliz en cualquier día, semana o mes de año cualquiera. Coincido con quienes adoran los viernes, es el día de la semana en el que la libertad se pavonea. Se acuesta uno con esa certeza total de levantarse el sábado cuando se le pegue la gana. En cambio, los domingos se siente esa desazón que deben sentir los moribundos. Del lunes mejor no hablemos, es familiar de enero. Esos comienzos que son como poner en marcha un motor tras un gélido invierno. Y no se abrume ni se embrome, qué hago yo si no trabajo los sábados.

Y ahí está ella. A la espera. Silente. Con todos esos visos trémulos que la dejan ver más bella. Con sus curvas y sus frenos. Con mis esfuerzos y sus devaneos. Con sus dos grandes sortijas negras y su fantástico trasero maravilloso. Sus colores y mis dolores. No habla, pero escucha. Lo sabe todo. Sus teteritos que calman mi sed. Ese veneno de sales minerales que como un oasis recupera en el desierto. Con sus cambios abruptos y sus inexplicables relaciones. Con esa cadena precisa que permite el movimiento y la rotación. Subir, planear, descender y bajar hasta los vórtices de la adrenalina y el ímpetu. Ella deja que el viento acaricie mi cara y que la brisa loca se estrelle contra mi pecho. Ella lo es todo. Es insuperable. Indescriptible. Sublime. Toda paz en mis revoluciones. Me conduce y me guía. Me lleva y me trae. Me conforta y me transporta. Me eleva. Somos solo ella y yo. Nada más. Nadie más. Me agarro de sus cuernos y me paro en sus apoyos. La acaricio y la domino. Me balanceo y nos estremecemos. Es la bicicleta y reclama este otro cuerpo desobediente.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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