Viernes, Agosto 23 2019

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Crónica: el partido de los guayos nuevos

El árbitro pitó y comenzó la danza de las panzas. De los movimientos bruscos y temerosos. Los paramédicos atentos y la ambulancia lista.

Crónica: el partido de los guayos nuevos
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

La mañana fría y el terreno en declive, ladeado. Es la cancha de primaria del colegio Gimnasio Moderno, fundado en 1914 cuando Bogotá apenas comenzaba a escurrirse por toda la sabana. Allí, en el barrio La Porciúncula en la localidad de Chapinero, los organizadores de la XXXI Feria Internacional del Libro decidieron pasar de las páginas a los hechos y organizaron un partido entre escritores. Prosistas de la pelota, aclaró un invitado. Poetas balompédicos, ripostó un profesor. Son solo enfermos por el fútbol, comentó entre dientes una señora.

Como la Filbo, la cancha está llena de letras, de pancartas y según un argentino -que no dejó de disparar su cámara fotográfica-, llena de pelotudos. Argentina país invitado y el slogan: La literatura argentina sale a la cancha. El partido comenzó tarde, casi a las 9:30 de la madrugada. Estaba previsto media hora antes, pero la mayoría de jugadores era de Colombia. Algunos de los convocados: Juan Esteban Constaín, Omar Rincón, Santiago Espinosa, Oscar Torres y Santiago Rivas, entre otros periodistas, fotógrafos, ilustradores y organizadores de la Filbo. Dos españoles y algunos argentinos.

Hasta Sergio Galván Rey, el goleador histórico del Once Caldas, se paseó por el lugar para acompañar a sus amigos de Win Sports. Jorge Bolaño, Bolañito, hizo lo propio. La noche anterior había jugado el partido inaugural del remodelado estadio Romelio Martínez en Barranquilla, que la selección Colombia de Leyendas perdió con Resto del mundo 5-3. Aquí por lo visto tampoco iba a importar el resultado. Solo el encuentro entre amigos.

Todos los jugadores parecían salidos de una caricatura de Roberto Fontanarrosa. Barrigas y calvicies prominentes. Bastiones de la anorexia apátrida, de la metrosexualidad llevada al milímetro, de la negación a la cultura fitness. Mejor dicho, gordos. Barbas descuidadas y ojos desnudos, pues sólo Edgar Davids, otra leyenda holandesa del Barça; y Diego López García, un ilustrador independiente que jugó con los escritores, son capaces de jugarse la vida en un partido con gafas. Era el único también con los brazos tatuados, ínfima prueba de que en este partido iba a brillar alguna estrella del planeta fútbol.

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Lo atlético por ningún lado, pero ellos hacen parte de ese universo que gira en torno de un balón y que se divide en dos equipos tan grandes como efectivos: los que saben de fútbol y los que hablan de fútbol. 7.400 millones de personas.

Eso es lo bonito del fútbol, sentenciaba Gerardo Bedoya con ese seseo de niño bueno, mientras asestaba la patada más bajita a la altura de donde los generales llevan los soles. Y aquí no fue diferente. Fue bonito ver un partido tan malo. Buenas personas y jugadores perversos. Aún un mal partido permite hacer buena literatura, asegura Eduardo Sacheri, quien utiliza el fútbol en la literatura como puerta de entrada a cosas más importantes. A alguien puede no gustarle el fútbol, como a Borges, pero desconocer lo que genera en la cultura popular es descabellado. Ellos lo saben, con las letras se vuelve sublime aquello que las cámaras apenas captan. Un mal jugador –digamos, en una mala tarde- permite una buena crónica. Un árbitro regular, una frase memorable. Un gol, un paroxismo colectivo. Y un partido, la parálisis de una nación. Este no fue el caso. Periodísticamente hablando, se cubrieron ellos mismos.

Todos saltaron al campo con algún ritual copiado de sus ídolos. El terreno parecía un camper cross, entre arco y arco, con los costados impecables. Una batea. Y en uno de esos costados, algunos calentaron como se calienta un tamal cuando no se sabe cómo: mal. Los rivales en cambio, organizados y con un uniforme blanco y azul celeste -que de no ser por las rayas horizontales pasaba por argentino-, hacían calistenia como verdaderos profesionales. Profesores del Gimnasio Moderno que se jugarían el todo por el nada.

Los uniformes del equipo de los escritores gritaban incómodos y los espectadores, ávidos de una buena jugadita por amor de Dios. Tenían puesta la tricolor con un mensaje en el pecho: “Siente las ideas”. En la improvisada tribuna, sombrillas, llovizna, esposas, novias y una suplencia interminable. La idea era pasarla bien y rendirle tributo a la literatura. A las historias que giran en torno de un balón de fútbol, desde que en Sheffield–Inglaterra se inventara lo que, a pesar de todas las leyes del mercado, se sigue saliendo del libreto.

Juan Esteban Constaín se enfundó la 2 y se ubicó como mediocampista. Santiago Rivas con la 12 en la espalda, tomó posesión del área chica. Y Omar Rincón, con la 3 como estandarte, se sentó de donde nunca habría de pararse. De la banca. “Yo no sé qué hago aquí. Era para autores y escritores, yo no clasifico”. Era el único sin guayos. Tenía unos zapatos que parecían tenis y una barba que parecía de monje franciscano. Se necesita valor para ponerse pantaloneta en Bogotá y mucho más, con medias de calle.

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Petro, la plaza y el público

El árbitro pitó y comenzó la danza de las panzas. De los movimientos bruscos y temerosos. Los paramédicos atentos y la ambulancia lista. Alguien que deja pivotear el balón para dominarlo, no sabe qué es dominio, sentenció un vigilante escapado de su portería. La técnica huyó despavorida, mientras la táctica resignada, quería hacerse sentir. Un par de indicaciones con todo el aire que permiten los 2.600 metros sobre el nivel del mar, salieron de la boca de algún técnico improvisado. Los escritores sin duda, saben de teoría. El fútbol a sol y sombra, del maestro Eduardo Galeano, ha de ser su biblia; Juan Villoro y sus crónicas, su elegido; el gordo Oswaldo Soriano y sus relatos, su tótem; y César Luis Menotti y su fútbol estético, la reencarnación misma de Jesucristo. Bueno y Bilardo… Carlos Salvador Bilardo, el duque de Zubeldía. La proyección del todo vale, de la maña, de la picardía, de la quema de tiempo deliberada. Si señores, en el fútbol se quema tiempo, se enciende una hoguera que lo devora, que desespera y vuelve ceniza lo intangible.

Rusia está a la vuelta y Colombia y Argentina estarán presentes. El partido avanza en un 0-0 que avergüenza a los profes y enaltece a quienes apenas vinieron a verse de hoy, aunque se conocen desde siempre. “Yo ni siquiera sabía que varios de mis compañeros jugaban fútbol”, comenta el presentador de Los Puros Criollos, Santiago Rivas, que literalmente echaba humo al final del encuentro. En la banca se discute la estrategia distante, la no acontecida. Si Falcao está listo, si James jugará retrasado o más en punta. De pronto -acaso sin querer- alguien mete un zapatazo que levanta la mirada. Un balón tirado al corazón del área de los escritores se le pasa a todo el mundo, incluso al centro delantero del Gimnasio Moderno y gol. Un pujo del arquero termina en una exhalación colectiva. Los escritores se miran desconsolados. Santiago, con unos kilos de más, grita ¡vamos! El fútbol lo echa de menos. Es un buen defensa, combativo y efectivo en los despejes y los cierres. Lo del humo era vapor.

Todos son más hábiles con la pluma, o con el computador, hasta con la lengua, que con los pies. Su pasión es el narrar, el contar historias, las infinitas historias que tiene el deporte rey. Con su escritura puede hacerse un escalafón, pero en la cancha ninguno es tan bueno como todos juntos. Tienen más velocidad en el cerebro que en las piernas. Aun así, ella se deja tocar, consentir. Coqueta y burlona deja que ellos se emocionen, aunque poco sepan de hacerla sentir bien. Es la pecosa, la consentida, la caprichosa, la pelota. Podrán ser malos, pero no tontos. Ninguno se puso la 10. Saben que pesa tanto como las noticias de la guerra o de las campañas en la sala de redacción.

Ningún otro colegio como el que fundara don Agustín Nieto Caballero -hace poco más de un siglo-, ha graduado tantos personajes públicos en 104 años de historia. Empresarios, embajadores, artistas, periodistas, altos funcionarios y presidentes. De modo que el partido entre escritores rinde homenaje: es un encuentro de vasallos, de intelectuales arrodillados que se postran ante su majestad el gol y ante esa deidad llamada fútbol. Una congregación de troncos que siembra pasión con sus letras y tuerce como cualquier mortal, por el equipo de sus amores. Es un encuentro de amigos que escriben bien y juegan mal. Con el permiso de Eduardo Galeano, se debe recoger para ellos ese epígrafe memorable: ¡Ganamos, perdimos, igual nos divertimos!

Pertenecen al equipo de las 27 letras, del abecedario, de las palabras, del idioma.  Su plasticidad está en el relato, su efectividad en comunicar, su olfato en el dato revelador. Su marcación es al lector. Lo marcan como Gentile marcó a Maradona y a Zico en España 82. Sin dejarlos escapar jamás. El marcador aumenta. Otro profe del Gimnasio anota en contra del equipo querido, es decir, del más débil. Poner la pelota en el centro se hace eterno. Es una buena oportunidad para recuperarse y henchir de aire unos pulmones exhaustos.

Nos dejó dicho Soriano: “Batistuta es como una fiera que se la pasa enjaulada a pan y agua, de lunes a sábado. El domingo lo sueltan en el área”. Es domingo y la espléndida metáfora evoca al argentino. Constain corre cual Suricato payanés, suelto en la selva bogotana. Inquieto y alerta. No hay fieras en la cancha, pero si algo de circo. Hombres de letras que sienten y piensan bien el fútbol, pero cuyos cuerpos ya no obedecen. Cayó varias veces sin que nadie lo tocara.

Uno que otro destello. Algún taquito ingenuo. Un túnel sin culpa. Una falta que atiende más la mala coordinación, que la mala intención. Otro cabezazo temeroso contrario a lo que dictan los cánones: por las nubes y con los ojos cerrados. El balón es del contrario. Y de nuevo la redonda a descansar entre las piolas. Una mujer llega y tarde y pregunta: ¿Cómo va el partido? 3-0, le responden. Contra pregunta: ¿Y quiénes van perdiendo? (A leguas se nota que está por fuera de los 7.400 millones de habitantes del mundo) Los escritores, por supuesto. Y todos rieron. Entendí entonces que fue la pregunta correcta. No, quiénes van ganando, cuya respuesta hubiera sido obvia y aburrida.

Son futbolistas porque aman, traspiran y sueñan fútbol. Las camisetas están tan adheridas a sus cuerpos, como el fútbol a sus entrañas. Vociferan y gritan. No hay reproches, solo graciosos comentarios de resignación. El gol llegó tres veces. Una grata visita para los profes y desdichada para los escritores. No pudieron cumplir con el ritual sagrado: celebrar un gol. Su arquero recogió en tres ocasiones la pelota, como quien rescata entre sus brazos a un niño de una pesadilla. No pudieron rodear al héroe. Cantarlo como si fuera en plena final mundialista.

Los profes del Gimnasio Moderno son rodillones es cierto, pero se conocen, entrenan, tienen uniforme, juegan de memoria dijo Santiago Rivas, quien añadió: “Yo por ejemplo jamás había visto a Constaín en cortos”. Los escritores son apenas adultos que no han dejado de ser niños. Que sueñan y escriben lo que sueñan. Lo que piensan y sienten. Patean y fantasean. Aúllan los goles de ese país pequeño que quiere ser grande. Volvieron a casa con la esperanza de convertir en realidad todo lo que escriben sobre el fútbol. Es posible que el cuerpo esté magullado, pero el espíritu, vuelve redondito después de este partido. Perdieron. Era previsible, fue el partido de los guayos nuevos, comprados apenas para ir al encuentro con unos amigos de letras.

Otros textos de Lizandro Penagos: 

La boba y las balas

Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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