Martes, Julio 17 2018

Croacia: ¡gracias!

Este equipo resume una nación. Su fútbol es más virtuoso que vistoso. Horadan al rival como la gota a la roca, con perseverancia. Son resultado de un proceso, no de una combinación.

Croacia: ¡gracias!
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

Y el mundo supo de Croacia. De la mano de un hombrecito grandioso llamado Luka Modric, esta selección ya se inscribió en la historia. Porque no hay que argumentarlo, por esos días la historia se escribe con una pelota. Es el bolígrafo que rueda sobre el papel de las canchas para dejar su huella indeleble sobre el pergamino virtual de las pantallas que interrumpe la cotidianidad del mundo. No tiene pinta de futbolista. Parece un hippie extraviado, un sesentero en miniatura con un anacrónico corte de cabello y una balaca sin marca en tiempos de la publicidad y el canto de sus sirenas. Su propaganda es el juego y su gancho mediático esa capacidad que tienen los bendecidos para hacer ver todo fácil en el fútbol. Y en la vida.

No es lo que Instagram reclama, pero es brillante, gigantesco. Su juego es el reflejo de su personalidad: cauteloso, mesurado y tremendamente efectivo. Jamás pierde la compostura y pocas veces el balón. Ha cumplido su cita con la historia con el estoicismo de quien sabe que no fue el invitado ilustre. Ni los resplandores de Ronaldo, las payasadas de Neymar o los números de Messi, modifican su tranquilidad. Sufrió tanto que en su personalidad no hay espacio para banalidades. Ayuda a la gente de su nación. A los niños amputados. A los que no tienen escuela. A los que necesitan un impulso para saberse en el mundo. Vive en Madrid y juega para el Real, pero no ha dejado nunca de habitar su patria. Los críticos hablan de nacionalismo extremo.

Llegó a ser llamado el Cruyff de los Balcanes, por esa propensión tan humana de los periodistas (y de los países pequeños) de copiar en vez de crear. Es una cuestión de referentes aseguran, pues ya a otro le habían dicho el Maradona de los Cárpatos. Digamos para no desentonar, que como el vino en algunas recetas, Modric es una excelsa reducción de Johan Cruyff. Lo que pasa es que se le quedó la nariz por fuera. Acaso esa -y una visión periférica de la cancha y del juego- sea la ventaja que tiene sobre el resto. Es un pulmón con piernas. Un cerebro hecho fútbol. La tranquilidad personificada. Sirve suculentos platos futboleros.

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En Colombia le han puesto la peluca del Pibe Valderrama y su cara al billete de mil pesos. Y a la bandera nacional, los cuadros rojiblancos de la croata. Son memes. Es humor. Folclor dirán algunos extraviados. Todo porque eliminaron a Inglaterra. Dice mucho de los que somos como nación: el país de la venganza eterna. Del regodeo porque ellos pudieron lo que nosotros no. La proeza de Croacia es haber vencido -más que a sus rivales-, el pasado de guerra y degradación al que fueron sometidos. En la edad de las naciones, fue un niño el que venció al rey. Su ejemplo trasciende el fútbol y se inscribe en la construcción de país que debe fundamentarse en los mismos principios: compromiso, disciplina, respeto, perseverancia, sacrifico, honor y trabajo colectivo.

Ellos pasarán a la historia como lo que son: una nación aguerrida, en la mejor acepción que tenga esa palabra. Y nosotros, como el país que se creyó eliminado cuando perdió el primer partido; se sintió clasificado cuando ganó el segundo; y se ufanó de campeón cuando ganó el tercero. En el cuarto lo superamos todo, menos a sí mismos. Primeros en el grupo para perder en lo tiros desde el punto penal, esa mezcla de azar, serenidad y precisión. Falló Uribe. Muchos quisimos que fuera otro. Serán cuatro años hablando de lo mismo.

Modric es apenas cinco años mayor que su país -que tiene 28 años- y con 12 juegos mundialistas es el croata que más veces ha defendido su nación en un campo de fútbol. Cuando los colombianos gritábamos a rabiar el gol de Rincón a Bodo Illgner en Italia 90, Modric apenas salía de su refugio y su país comenzaba a gestarse. Hoy la presidente de Croacia Kolinda Grabar-Kitarović, viaja para verlo y le recuerda al mundo que los recursos públicos son intocables. Ella paga sus propios tiquetes y el planeta fútbol poco habla de un proceso judicial en el que Modric ha sido citado porque habría incurrido en transferencias ilegales. El país le cree al diminuto crack porque su imagen es la de cuatro millones de compatriotas.

Son inmensos los titulares que han desplegado este jugador y sus compañeros. Se resisten a la individualidad. A ese cuento latinoamericano de que es fulano y diez más. No. Son un equipo. Todos corren, todos marcan, todos sufren, todos celebran. Tal vez por eso Mario Mandzukic, invitó cerveza a los habitantes de Slavonski Brod, su ciudad natal; e Ivan Rakitic nombró croata insigne al fotógrafo salvadoreño que arrollaron en medio de la emoción. Su jerarquía es la alegría de los suyos.

Ha sido viral el video de los bomberos croatas que a pocos minutos del pitazo final ante Inglaterra, salieron a cumplir con su deber. Así son los croatas, esa es su cultura, la disciplina. Emergen de las cenizas. Se destruyeron para independizarse de la tiranía yugoslava. Han alcanzado su mayor triunfo en Rusia, el país que estuvo más cerca de Serbia que de ellos en medio de la guerra. Son tierra de esa tierra. Son embajadores sin iguales de una nación honesta. La FIFA los ha sancionado por expresarse y el mundo los ha aplaudido por esforzarse.

Este equipo resume una nación. Su fútbol es más virtuoso que vistoso. Horadan al rival como la gota a la roca, con perseverancia. Son resultado de un proceso, no de una combinación. Esa es su fortaleza, su secreto a voces, el que refuerzan con la convicción nacionalista. En cada partido van a esa guerra sin muertos a dejar la vida. Son concientes de que están en la mejor vitrina, no para ser vendidos como estrellas (ya lo son), sino para proyectar a su país grande ante el universo. Ese es el honor que todos persiguen. Por todo lo anterior el mundo supo de Croacia y no resta más que darle las gracias.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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