Martes, Julio 17 2018

Creer Para Ver, por Nixon Ruiz

  Las conexiones de oro   Los inventores de Facebook, se basaron entre otras cosas, en que con 6 conexiones podemos conocer a cualquier persona en el mundo. En efecto, esa teoría dice que si conocemos a alguien que conoce a alguien, y ese alguien conoce a otro y este a otro, y así hasta …

Creer Para Ver, por Nixon Ruiz

 

Las conexiones de oro

 

Los inventores de Facebook, se basaron entre otras cosas, en que con 6 conexiones podemos conocer a cualquier persona en el mundo. En efecto, esa teoría dice que si conocemos a alguien que conoce a alguien, y ese alguien conoce a otro y este a otro, y así hasta el nivel seis, llegaremos a conocer a cualquier ser humano sobre esta tierra. Interesante, ¿no?

Pues bien, dentro de esas seis conexiones pero por encima de ellas, hay unas muy especiales. Hablemos entonces de esas otras conexiones, aún más interesantes y que llamaremos las "conexiones de oro". ¿Y eso que es? Son aquellas conexiones que se dan con otros, y cuyas consecuencias no podemos explicar a simple vista. Trataré de hacerme entender: ¿no le ha pasado que usted conoce a alguien y justo esa persona era la que usted necesitaba para resolver un problema o lograr algo que hasta ese momento no había podido? Esa es una "conexión de oro". Muchas veces la explicamos como una coincidencia, otras como buena suerte etc. Pero la verdad verdadera es que pasan y quedan como algo que no se pudo explicar a entera satisfacción.

Las principales características de una "conexión de oro" son: no es casual, no depende de nosotros, viene de arriba y trae un propósito. Decimos que son "conexiones de oro" para significar su gran valor. Si aprendemos a distinguirlas y a discernir su propósito, sin duda nos llevarán por caminos de sorpresa y bendición.

 

Estos son los tres tipos de "conexiones de oro":

1.) Cuando la "conexión de oro" viene por la persona menos esperada. Es cuando Dios usa a alguien que en apariencia no está a nuestra altura moral, intelectual, espiritual, etc., es decir, usa  a un ser humano común y corriente. Tanto, que casi nunca esperamos nada de ellos, porque son invisibles, los ignoramos, y sin siquiera pensarlo los hacemos víctimas de nuestro desdén. Sin embargo, cuando se da esa "conexión de oro", algo extraordinario va a pasar: una enseñanza, una forma diferente de ver algo, un regalo, o tal vez un mensaje. Quién sabe (Nunca subestimemos a nadie).

2.) Cuando la "conexión de oro" te lleva lejos a un lugar que ni siquiera imaginabas. Y allá, justo allá, conociste a alguien que era precisamente la persona que necesitabas para algo específico, pero que no habías podido encontrar cerca de tu casa, de tu trabajo o incluso de tu ciudad. Tuviste que ir a otro lugar lejano para toparte con ese alguien que de alguna manera esperaba por ti. Muchas veces entorpecemos esa "conexión de oro", porque nos da jartera ir a un sitio, o rechazamos una invitación que no encaja en nuestros gustos.

3.) Cuando tú mismo eres la "conexión de oro" para otros y tal vez no te has dado cuenta. No sé si te ha pasado. Algo dentro de ti te dice con insistencia que hagas algo por alguien. A veces hacemos caso. Otras no, porque de nuevo nos da jartera, o simplemente no nos da la gana.

Bueno, si afinamos nuestra mente y más aún nuestro espíritu, quizá podamos entender mejor y más rápido la naturaleza de una "conexión de oro" que esté delante de nosotros y actuar en consecuencia. No siempre la ganancia será para uno mismo, pero sin duda al hacer lo que tenemos que hacer habremos contribuido con eso que algunos llaman la "armonía del universo", y que yo llamo los "propósitos de Dios". Así de simple.

Todos en algún momento hemos experimentado esas "conexiones de oro", sólo que no las hemos analizado o entendido bien, y las explicamos a la carrera como un evento curioso pero sin mayor trascendencia.

En el cronograma de Dios Él puede ponernos en un lugar, o en un momento, o frente a alguien, para que pase lo que tenga que pasar y que sólo Él conoce. Hagámonos un favor: si no vamos a ayudar, al menos no nos atravesemos en sus propósitos. Basta con entender, basta con creer para poder ver.

 

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Creer Para Ver, por Nixon Ruiz

 

Mi Valor

 

A la gran mayoría de los mortales nos suele pasar que en nuestra personalidad llevemos arraigado un temor natural al qué dirán.

Desde los primeros años (o antes, porque el asunto puede ir enredado en los genes) vamos acomodando nuestra manera de actuar, de pensar y de comunicarnos, basados en el referente delqué dirán. Nos importa, y mucho, qué piensan o pensarán de nosotros los demás, en especial aquellos a quienes ni siquiera conocemos. Y con eso en mi mente (o en el inconsciente), es que escogemos vestirnos de cierto modo, hablar de cierta manera, y aún asumir posiciones políticas, culturales, filosóficas o religiosas pensando en el qué dirán.

No es lo usual encontrar personas que se muestren tal y como son, auténticas, con sus fortalezas y debilidades a flor de piel. Quizá lo hacen así por temor al qué dirán. En cambio es mucho más fácil toparnos a cada vuelta de esquina, con personas que "tratan" de comportarse de tal o cual manera sólo con el objetivo de quedar bien. Intentan mostrar su mejor lado pero no logran convencer. Exponen su mejor sonrisa pero no se percibe sincera. Y de diversas maneras pretenden parecer auténticos pero el tema les sale mal.

Dicho esto, la reflexión es: ¿por qué necesitamos tanto la aprobación de los demás? Sería entendible que buscáramos ser aprobados por nuestra pareja, por nuestros hijos e incluso por la misma suegra, pero ¿por qué nos importa tanto la opinión aun de los desconocidos? Parece que el asunto funcionara al revés, es decir, que con los allegados nos mostramos más como somos, pero delante de los extraños recurrimos a la impostura que nos haga ver mejores, más inteligentes, más bellos, etc.

Para no entrar en honduras sicológicas, me arriesgaré a decir que tal vez una de las respuestas a esos interrogantes está en algo que se llama Mi Valor. Y esperandono caer en lugares comunes, debo mencionar que lo usual es que yo tenga puesto Mi Valor en uno de dos aspectos: en lo que tengo, o en lo que soy. Y ambos son errados.

Yo puedo tener dinero, posición, apellidos, belleza, habilidades, destrezas, experiencias etc., etc. Pero nada de eso puede ni debe determinar mi verdadero valor.

Yo puedo ser inteligente, exitoso, famoso, habilidoso etc., etc., pero tampoco esto debería definir mi valía.  Menos aún las circunstancias del nacimiento deberían determinar Mi Valor, porque se dice que hay niños que al nacer "valen" fortunas, sencillamente porque sus padres son millonarios, famosos o las dos cosas, y empiezan a facturar millones por una simple foto en la portada de una revista farandulera.

De modo que el tema puede ser un tanto más complicado ya que si el asunto no está en el tener ni en el ser, ¿dónde está entonces Mi Valor?

Permítame decirle que Mi Valor en realidad está en otra parte. Está en otro orden de valores que no cotiza en bolsa, ni se mide en moneda alguna, ni se puede tasar. Está en cuánto valgo yo como un ser único e irrepetible, con todas mis fortalezas pero también con todos mis defectos y debilidades. Está en mi condición de individuo hecho a imagen y semejanza de Dios, y como tal, en mi naturaleza de Hijo de Dios.

Esto significa que Mi valor está en lo que Dios piense de mí, no en lo que los demás piensen. Mi Valor está, ni más ni menos, en lo que dirá Dios un instante después de que yo deje de respirar. ¿Cuál será su opinión de mí? ¿Cómo verá Él lo que hice o dejé de hacer en esta tierra? En últimas, ¿Cómo me calificará?

Tal vez allí, en la esperanza de esas respuestas, podamos, usted y yo, vislumbrar que sin importar cuántos años aún nos queden por vivir, tenemos todavía la más hermosa y única oportunidad de construir lo necesario para que al morir, podamos ver en el rostro de Jesús, la más bella sonrisa que jamás hayamos logrado imaginar. Y tal vez allí, justo en ese instante de absoluta claridad, podamos entender, usted y yo, que todas las venias y concesiones que le hicimos al qué dirán, no sirvieron para nada y no fueron más que tiempo perdido y vana falsedad, porque el momento de la verdad está en eso que llaman el juicio final, y que no es otra cosa que el comienzo de la eternidad.

 

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Creer Para Ver, por Nixon Ruiz

 

Malo y medio

 

Uno de los refranes que más aplicamos al pie de la letra en nuestras vidas es "ojo por ojo, diente por diente". Y otro, menos conocido pero igual de agresivo, es "si alguien es malo contigo, tú debes ser malo y medio". Estas, y otras muchas enseñanzas similares y perversas, nos fueron inoculadas desde la infancia y la mayoría de las veces sin querer. Nuestros mayores nos decían con ingenuidad y sin medir lo que estaban sembrando que "el que pega primero pega dos veces", o también "no te dejes, si te golpean, ve y golpea más duro". Y así, sin querer, nos programaron para que fuéramos por la vida "cobrando" todo aquello que a nuestro juicio necesitara ser cobrado. Así construimos nuestras relaciones de pareja, de amigos, laborales y demás. Tal vez ahí se explique en parte nuestra violencia ancestral, y a la que desafortunadamente nos hemos acostumbrado tanto.

"Ojo por ojo, diente por diente". Cuántas veces a la sombra de esta sentencia cometimos unas injusticias del tamaño de una catedral. Cuántas veces perdimos a una persona extraordinaria, porque simplemente le cobramos "algo" que nos hizo y no nos gustó. Incluso cuántas veces hicimos algo que nunca hubiésemos hecho en condiciones normales, pero terminamos haciéndolo porque "esto no se va a quedar así".

"Malo y medio". ¡Qué sentencia dolorosa! Olvidamos, o tal vez ni siquiera nos hemos enterado, que Jesús cuando vino a darse una vuelta por esta tierra, nos enseñó que: "Si alguien les da una bofetada en una mejilla, pídanle que les pegue en la otra. Si alguien quiere quitarles el abrigo, dejen que también se lleve la camisa. Si alguien les pide algo, dénselo. Si alguien les quita algo, no le pidan que lo devuelva. Traten a los demás como les gustaría que los demás los trataran a ustedes. Si sólo aman a la gente que los ama, no hacen nada extraordinario. ¡Hasta los pecadores hacen eso! Y si sólo tratan bien a la gente que los trata bien, tampoco hacen nada extraordinario. ¡Hasta los pecadores hacen eso! Si ustedes les prestan algo sólo a los que pueden darles también algo, no hacen nada que merezca ser premiado. Los pecadores también se prestan unos a otros, esperando recibir muchas ganancias. Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada a cambio. Si lo hacen, el Dios altísimo les dará un gran premio, y serán sus hijos. Dios es bueno hasta con la gente mala y desagradecida. Ustedes deben ser compasivos con todas las personas, así como Dios, su Padre, es compasivo con todos.” (San Lucas 6:29-36 TLA)

Se me ocurre que un buen escenario paraleer este texto sería en la mesa de La Habana. Tal vez nos ayudaría a averiguar si es que de verdad hay luz al final del túnel. Porque como van las cosas, la paz sigue embolatada. Unos, queriendo firmarla para pasar a la historia, sin importarles el reguero que quede luego de un acuerdo mal negociado y mal manejado. Otros, que han asesinado, traficado, y destruido sin piedad a esta nación por cincuenta años, que no ven más allá de su nariz, y que buscan en la firma de la paz, un nuevo negocio que les resulte más cómodo pero igual de rentable como lo ha sido el de la coca hasta ahora. Pareciera que quieren quedarse con el abrigo y la camisa… y con lo que queda de país.

Señor Presidente, Colombia le puso la otra mejilla a usted al elegirlo para un segundo período, pero las cosas en la mayoría de los temas siguen igual o peor. Ahora es su turno.

Señores de la guerrilla, de igual forma el país entero les ha puesto la otra mejilla por décadas, derramando la sangre de tantos inocentes y aguantando su discurso incoherente y su precaria ideología carente de toda verdad. Ojalá no desperdicien esta hermosa oportunidad. También para ustedes es quizá el último vagón del último tren, que está partiendo para nunca más volver.

 

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  El cataclismo de Damocles   Por estos días estoy haciendo lo que quizá muchos también: releyendo a nuestro Nobel, Gabriel García Márquez. Empecé con la Cándida Eréndira, seguí con El Otoño del Patriarca y luego con un título tal vez no tan conocido (si puede decirse esto de alguna obra de Gabo) Yo no …

Creer Para Ver, por Nixon Ruiz

 

El cataclismo de Damocles

 

Por estos días estoy haciendo lo que quizá muchos también: releyendo a nuestro Nobel, Gabriel García Márquez. Empecé con la Cándida Eréndira, seguí con El Otoño del Patriarca y luego con un título tal vez no tan conocido (si puede decirse esto de alguna obra de Gabo) Yo no vengo a decir un discurso. En este último, que es una recopilación de discursos escritos por el autor con la intención de ser leídos por él mismo en público, ante una audiencia, y que recorren prácticamente toda su vida. Desde el primero, que escribe a los diecisiete años para despedir a sus compañeros del curso superior en Zipaquirá, hasta el que lee ante las Academias de la Lengua y los reyes de Españaal cumplir ochenta años. Encontré uno que para mí es un diamante maravilloso, por su profundidad, por su realidad (que no es realismo mágico) y por su constante actualidad (parece escrito hoy).

Con su venía amigo lector, voy a ceder este espacio a unos apartes de ese discurso, y que me perdone Gabo por no pasar el texto completo:

"Un minuto después de la última explosión, más de la mitad de los seres humanos habrá muerto, el polvo y el humo de los continentes en llamas derrotarán a la luz solar, y las tinieblas absolutas volverán a reinar en el mundo. Un invierno de lluvias anaranjadas y huracanes helados invertirá el tiempo de los “océanos y volteará el curso de los ríos, cuyos peces habrán muerto de sed en las aguas ardientes, y cuyos pájaros no encontrarán el cielo. Las nieves perpetuas cubrirán el desierto del Sahara, la vasta Amazonía desaparecerá de la faz del planeta destruido por el granizo, y la era del rock y de los corazones trasplantados estará de regreso a su infancia glacial. Los pocos seres humanos que sobrevivan al primer espanto, y los que hubieran tenido el privilegio de un refugio seguro a las tres de la tarde del lunes aciago de la catástrofe magna, sólo habrán salvado la vida para morir después por el horror de sus recuerdos. La Creación habrá terminado. En el caos final de la humedad y las noches eternas, el único vestigio de lo que fue la vida serán las cucarachas.

Esto puede ser la visión anticipada de un desastre cósmico que puede suceder en este mismo instante: la explosión —dirigida o accidental— de sólo una parte mínima del arsenal nuclear que duerme con un ojo y vela con el otro en las santabárbaras de las grandes potencias. Así es: hoy, 6 de agosto de 1986, existen en el mundo más de 50.000 ojivas nucleares emplazadas. En términos caseros, esto quiere decir que cada ser humano, sin excluir a los niños, está sentado en un barril con unas cuatro toneladas de dinamita, cuya explosión total puede eliminar 12 veces todo rastro de vida en la Tierra. La potencia de aniquilación de esta amenaza colosal, que pende sobre nuestras cabezas como un cataclismo de Damocles, plantea la posibilidad teórica de inutilizar cuatro planetas más que los que giran alrededor del Sol, y de influir en el equilibrio del Sistema Solar.

La UNICEF calculó en 1981 un programa para resolver los problemas esenciales de los 500 millones de niños más pobres del mundo, incluidas sus madres. Comprendía la asistencia sanitaria de base, la educación elemental, la mejora de las condiciones higiénicas, del abastecimiento de agua potable y de la alimentación. Todo esto parecía un sueño imposible de 100.000 millones de dólares. Sin embargo, ése es apenas el costo de 100 bombarderos estratégicos B-1B, y de menos de 7.000 cohetes Crucero, en cuya producción ha de invertir el gobierno de los Estados Unidos 21.200 millones de dólares.

En la salud, por ejemplo: con el costo de 10 portaviones nucleares Nimitz, de los 15 que van a fabricar los Estados Unidos antes del año 2000, podría realizarse un programa preventivo que protegiera en esos mismos 14 años a más de 1.000 millones de personas contra el paludismo, y evitara la muerte —sólo en África— de más de 14 millones de niños.

En la alimentación, por ejemplo: el año pasado había en el mundo, según cálculos de la FAO, unos 565 millones de personas con hambre.

En la educación, por ejemplo: con sólo dos submarinos atómicos Tridente, de los 25 que planea fabricar el gobierno actual de los Estados Unidos, o con una cantidad similar de los submarinos Typhoon que está construyendo la Unión Soviética, podría intentarse por fin la fantasía de la alfabetización mundial. Por otra parte, la construcción de las escuelas y la calificación de los maestros que harán falta al Tercer Mundo para atender las demandas adicionales de la educación en los 10 años por venir, podrían pagarse con el costo de 245 cohetes Tridente II, y aún quedarían sobrando 419 cohetes para el mismo incremento de la educación en los 15 años siguientes.

Un gran novelista de nuestro tiempo se preguntó alguna vez si la Tierra no será el infierno de otros planetas. Tal vez sea mucho menos: una aldea sin memoria, dejada de la mano de sus dioses en el último suburbio de la gran patria universal. Pero la sospecha creciente de que es el único sitio del Sistema Solar donde se ha dado la prodigiosa aventura de la vida, nos arrastra sin piedad a una conclusión descorazonadora: la carrera de las armas va en sentido contrario de la inteligencia.

Y no sólo de la inteligencia humana, sino de la inteligencia misma de la naturaleza, cuya finalidad escapa inclusive a la clarividencia de la poesía. Desde la aparición de la vida visible en la Tierra debieron transcurrir 380 millones de años para que una mariposa aprendiera a volar, otros 180 millones de años para fabricar una rosa sin otro compromiso que el de ser hermosa, y cuatro eras geológicas para que los seres humanos a diferencia del bisabuelo pitecántropo, fueran capaces de cantar mejor que los pájaros y de morirse de amor. No es nada honroso para el talento humano, en la edad de oro de la ciencia, haber concebido el modo de que un proceso milenario tan dispendioso y colosal, pueda regresar a la nada de donde vino por el arte simple de oprimir un botón.

Con toda modestia, pero también con toda la determinación del espíritu, propongo que hagamos ahora y aquí el compromiso de concebir y fabricar un arca de la memoria, capaz de sobrevivir al diluvio atómico. Una botella de náufragos siderales arrojada a los océanos del tiempo, para que la nueva humanidad de entonces sepa por nosotros lo que no han de contarle las cucarachas: que aquí existió la vida, que en ella prevaleció el sufrimiento y predominó la injusticia, pero que también conocimos el amor y hasta fuimos capaces de imaginarnos la felicidad. Y que sepa y haga saber para todos los tiempos quiénes fueron los culpables de nuestro desastre, y cuán sordos se hicieron a nuestros clamores de paz para que ésta fuera la mejor de las vidas posibles, y con qué inventos tan bárbaros y por qué intereses tan mezquinos la borraron del Universo".

 

 

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  El Libre Albedrío   No es frecuente que nos demos a la tarea de pensar en el Libre Albedrío. Nos resulta tan natural, tan obvio, tan corriente, que incluso ni nos damos cuenta que lo tenemos. Simplemente vamos por la vida decidiendo a cada paso, frente a cada situación, de forma tal que parece …

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El Libre Albedrío

 

No es frecuente que nos demos a la tarea de pensar en el Libre Albedrío. Nos resulta tan natural, tan obvio, tan corriente, que incluso ni nos damos cuenta que lo tenemos. Simplemente vamos por la vida decidiendo a cada paso, frente a cada situación, de forma tal que parece más bien un acto involuntario. Como respirar.

Desde los albores del nacimiento venimos con la capacidad y el "poder" de decidir por nosotros mismos. El bebé decide tirar un juguete para que su mamá lo recoja, o decide dormir con el peluche que más le gustó. De ahí en adelante la vida será un permanente decidir. Será una cadena de cientos de decisiones diarias, desde las más intrascendentes como escoger entre un té o un café, hasta las más importantes como tener un hijo. Y todas ellas, grandes y pequeñas, son decisiones que dependen de nuestro Libre Albedrío.

Sin embargo, si usted se toma unos minutos para pensar en ello, sin duda reconocerá la magnitud de lo que esas dos palabras pueden significar. El Libre Albedrío, esa arma poderosa que igual nos sirve para hacer el bien que para hacer el mal.

Usted en este momento, por ejemplo, puede levantarse de su silla e ir a dar un golpe en la cara a la primera persona que se le pase por delante. Pero no lo hace, porque usted no quiere, tiene valores, ética, cordura, y muchas cosas más, pero en plata blanca no hay "nada" que se lo impida, es una decisión que está dentro de usted, a merced de su voluntad. Supongo que así ocurre con un asesino de niños, que sin más, en un momento de locura, toma su arma y mata quince de ellos en una escuela primaria.

Usted también puede levantarse de su silla y regalar una sonrisa sincera a la primera persona que pase, pero no lo hace porque no hay un motivo o simplemente porque no le da la gana. Igual es una decisión que está en usted, en el ámbito de su Libre Albedrío.

Con esto en mente, podemos decir sin embargo, que hay algunas "cosas" bien importantes que también dependen de nuestra voluntad, pero que, ¡sorpresa!, no nos hemos dado cuenta y creemos que dependen de otros o de las circunstancias. ¿Cómo cuáles? Pongamos sólo tres ejemplos, que se entrelazan de manera extraordinaria:

Amar: Amar es una decisión. Y no hablo de ese amor colegial, poco profundo que nace y muere en unas pocas semanas. Hablo de amar a su pareja de toda la vida. A su esposo (a). Hablo de amar a esa persona que en principio no es ni siquiera pariente suyo, pero que cuando llega a su vida le cambia todas sus prioridades. Esa que va entrando en su alma y en su corazón hasta el extremo, con el paso de los años, de llegar incluso a parecerse a usted.

Hablo de la decisión de amar a esa persona con más defectos de los que usted quisiera reconocer. A esa del mal aliento en la mañana, a la desordenada, la terca, a esa persona que con el tiempo sabe más de usted que usted mismo.

Amar a esa persona es entonces una decisión, tal vez una de las más bellas decisiones, quizá la decisión más inteligente de nuestras vidas, porque usted decide que la honrará, que le será fiel y sobre todo leal, que la amará por encima de todo y que compartirá con ella el resto de sus días, en la abundancia o la escasez, en la salud o en la enfermedad.

Perdonar: Perdonar es sin duda alguna una decisión. No puedo dejar de sentir pena cuando escucho a alguien decir cosas como: "es que yo no siento perdonar", o "algún día, cuando sea el momento, perdonaré". Déjeme decirle que tal vez nunca llegará usted a sentir el anhelo de perdonar.¡Usted decide perdonar y ya! Sin tanto preámbulo, sin tanto análisis. No importa el tamaño de la ofensa que le hayan hecho, no importa lo que le haya dolido o le esté doliendo aún.¡Usted decide perdonar y ya!

¿Y sabe por qué usted lo debe decidir? Porque usted entiende que odiar o no haber perdonado (con frecuencia es lo mismo), es algo que sólo lo afecta a usted. Mientras usted carga con ese fardo para todas partes por meses o años, esa persona, la que aún no ha recibido su perdón, va tranquila por la vida sin tener ni idea tal vez, el precio que usted está pagando por no perdonar.

Creer: Creer es una decisión. ¿Hay alguna duda? Usted decide cuándo, cómo, dónde y en quién o en qué creer. Usted es el amo y señor de su fe, usted la pone en lo que le plazca y es algo de su Libre Albedrío. Punto. Sin embargo, déjeme decirle que creer no sólo es una decisión, es una forma de vida.

Cuando yo decido creer en Dios y mejor aún, creerle a Dios, yo adopto un estilo de vida distinto, nuevo, uno donde pasan cosas diferentes, maravillosas, extraordinarias. Uno donde a cada rato sucede lo sobrenatural, uno donde, ¡vaya coincidencia!, me puedo dar el lujo de amar y perdonar a todos sin esfuerzo alguno. Como respirar.

 

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  ¿Cómo es el cuento de la fe?   Según las dos primeras acepciones del Diccionario de la RAE, fe es 1.) En la religión católica, primera de las tres virtudes teologales, asentimiento a la revelación de Dios, propuesta por la Iglesia, y 2.) Conjunto de creencias de una religión. Wikipedia dice por su parte …

Creer Para Ver, por Nixon Ruiz

 

¿Cómo es el cuento de la fe?

 

Según las dos primeras acepciones del Diccionario de la RAE, fe es 1.) En la religión católica, primera de las tres virtudes teologales, asentimiento a la revelación de Dios, propuesta por la Iglesia, y 2.) Conjunto de creencias de una religión.

Wikipedia dice por su parte que La fe (del latín fides) es la seguridad o confianza en una persona, cosa, deidad, opinión o doctrinas o enseñanzas de una religión. También puede definirse como la creencia que no está sustentada en pruebas, además de la seguridad producto en algún grado de una promesa.

Según la Biblia (versión RV1960) dice en Hebreos 11: 1 Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.

Todos estos conceptos describen bien, estemos de acuerdo o no, el acto simple de tener fe. Sin embargo, más importante que tenerla es ejecutarla (llevarla a la acción), hacer de ella algo dinámico y si se quiere "real". No es suficiente con tener fe, es necesario vivir en fe. Es ir más allá de la mera creencia y dar lo que algunos llaman el salto de fe, que no es otra cosa que pasar de un estado contemplativo, a otro en el que la fe cobra vida.

Sí hiciéramos una encuesta preguntando quiénes creen en Dios, sin duda un gran porcentaje respondería afirmativamente. Pero si después afinamos la pregunta diciendo quienes le creen a Dios, después de pensarlo un poco tal vez muchos ya no responderían igual. Creer en Dios es una cosa y creerle a Dios es otra.

Creer en Dios es casi un acto reflejo, muchas veces de naturaleza pasiva, que con frecuencia es el resultado de una formación familiar y/o escolar, mediante la cual nos enseñaron que existe un Dios en alguna parte, y que debemos creer en Él, porque eso es lo que toca, porque eso es lo que hay que hacer sin mayores cuestionamientos y casi sin ninguna profundidad. Y junto con eso nos enseñaron que podemos creer en Dios pero tener la fe puesta en cualquier cosa: en la suerte, en el horóscopo, en los agüeros, y aún en nuestra propia autosuficiencia y verdad.Poner la fe en cualquier cosa, es ni más ni menos que estar perdidos y sin rumbo (cuando uno no sabe para dónde va, cualquier bus le sirve).

Creerle a Dios es otra cosa. Y lo primero es entender que no tiene que ver con religión, pero si con relación. Tener nuestra fe atada a un concepto insustancial de una religión (cualquiera que sea), sin cultivar una auténtica y profunda relación, nos pone en riesgo de perder el norte y terminar con los ojos puestos en actos humanos, en dogmatismo, o en distracciones que nos alejan de la verdad.Para establecer una relación con Dios, necesito comprender que no es suficiente con saber que Él existe, sino que debo anhelarle, conocerle, entenderle y tomar la decisión de seguirle.

Creerle a Dios es vislumbrar que no es un Dios lejano que habita en los confines del Universo, sino que está en todas partes, ejerciendo su majestad como un Dios vivo, como parte integral de nuestras vidas. En esencia como parte de nosotros mismos (tal como en la relación más hermosa de un Padre con su hijo amado).

Creerle a Dios es saber en mi interior, que Él no está muy ocupado en otros asuntos superiores, sino que se ocupa y se preocupa de lo que a mí me pueda ocurrir. Él respeta mi libre albedrío, por eso me lo otorgó para que yo lo ejerza a voluntad, pero se interesa en saber las consecuencias de mis decisiones (de nuevo, como cualquier buen Padre lo haría con un hijo en capacidad de decidir).

Creerle a Dios es entender el tamaño de su poder y saber que todo lo puede. Es creer con total certeza y plena convicción, que me puede curar de un cáncer, de igual modo que me puede ayudar a conseguir un taxi en medio de una fuerte tempestad. Es saber que puede resucitar a un muerto, con la misma facilidad que hace crecer una planta, sin que nuestros ojos lo puedan ver.

En definitiva creerle a Dios es tomar la firme decisión, de abandonar con desdén todo camino fácil de vano deslumbramiento y estéril fascinación. Es poner a un lado nuestra propia verdad, nuestra autosuficiencia y ese afán de imaginar que lo controlamos todo, para permitir que Él nos compruebe una y otra vez, como en efecto lo hará, que es Él quien está al control.Es comprender que las cosas suceden (las grandes y las pequeñas), porque hay propósitos que solamente Él puede determinar, y que no existen la casualidad ni la suerte porque al final, después de intentarlo todo, nos damos cuenta que el verdadero camino es Él.

 

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  ¿De qué estamos hechos?   Respetado lector. Permítame agradecer de antemano su amabilidad e interés al leer estas líneas. Espero llenar sus expectativas, para poder encontrarnos cada tanto con temas que ojalá logren inquietar su corazón y su espíritu. ¿De qué estamos hechos? Es una pregunta que en algún momento de la vida deberíamos …

Creer Para Ver, por Nixon Ruiz

 

¿De qué estamos hechos?

 

Respetado lector. Permítame agradecer de antemano su amabilidad e interés al leer estas líneas. Espero llenar sus expectativas, para poder encontrarnos cada tanto con temas que ojalá logren inquietar su corazón y su espíritu.

¿De qué estamos hechos? Es una pregunta que en algún momento de la vida deberíamos tratar de responder, para aproximarnos a entender mejor la montaña rusa de nuestra existencia.Estamos hechos de cuerpo, alma y espíritu. Y hago énfasis en que las dos últimas no son sinónimos.

Del cuerpo no vamos a hablar aquí. Lo conocemos bien, vivimos con él 24 horas al día, lo soportamos o lo cargamos con orgullo, lo mimamos y a veces lo maltratamos, pero en todo caso lo llevamos con nosotros a todas partes, todo el tiempo.

Del alma debemos saber que en ella está nuestra mente, nuestro intelecto y nuestras emociones. Es allí donde habitan todos los sentimientos buenos, regulares y malos (y perversos), que pueden afloran en cualquier momento, a veces incluso en contra de nuestra voluntad.

Allí está el amor pero también el odio, la alegría y la tristeza, la compasión y la indiferencia, la generosidad y la avaricia. Sentimientos tan cercanos unos de otros, que basta a veces un pequeñísimo detonante, para pasar de uno de ellos a su opuesto, en tan sólo un instante fugaz. "Del amor al odio hay sólo un paso" dice el conocimiento popular.

Y si en el alma está la mente, por supuesto es allí donde están nuestros pensamientos. Todos. Desde uno sencillo, como el pensar en un helado de chocolate, hasta el más elaborado, como un enorme proyecto empresarial o un altísimo razonamiento científico de la más alta complejidad.

Y cuando esos tres elementos: mente, intelecto y emociones se mezclan (lo cual ocurre todo el tiempo), cualquier cosa puede pasar. Puede aparecer una idea genial, como puede llegar otra que te lleve a fracasar. Puede aflorar un bonito gesto de solidaridad, como puede salir todo el egoísmo del que eres capaz. O puedes pasar del más desolado sentimiento, a la euforia total por un gol del equipo que llevas arraigado en el corazón (o en el estómago).

Bueno, ¿y del espíritu qué? El espíritu es el más difícil de definir, tal vez porque no nos detenemos mucho a pensar en él, quizá porque es "algo" que no alcanza a despertar nuestro interés. Tomemos a manera de apoyo, una definición del pensador Leonardo Boff, que nos invita a dejar de lado definiciones clásicas y modernas, para tomar ésta (contemporánea), que se acerca a lo que aquí quiero expresar: "El espíritu posee la misma antigüedad que el universo. Antes de estar en nosotros está en el cosmos. Espíritu es aquella capacidad de inter-relación que todas las cosas guardan entre sí. Forma urdimbres relacionales cada vez más complejas, generando unidades siempre máss altas. Espiritualidad es toda actitud y actividad que favorece la relación, la vida, la comunión, la subjetividad y la trascendencia rumbo a horizontes cada vez más abiertos. Al final, espiritualidad no es pensar en Dios sino sentir a Dios como el Vínculo que pasa a través de todos los seres, interconectándolos y constituyéndonos, a nosotros y al cosmos".

Tal vez está definición resulte un poco compleja, pero repito, ilustra bien mi sentir. Y si quisiera resumirla, me bastaría con decir que el espíritu, es lo que nos ayuda a subir a niveles más altos y al final, nos permite comunicarnos con Dios.

Debemos entender también que el espíritu es el que menos involucrado está en nuestra cotidianidad. Casi no lo usamos. Tal vez porque no somos conscientes de él o porque ni siquiera lo imaginamos. Pareciera incluso que no lo necesitáramos. Pero bueno, a pesar de esto último, déjeme decirle que es el espíritu la parte más importante de nuestro ser. Porque trasciende, porque no está sujeto a las debilidades de la carne, a los avatares del tiempo, ni a los caprichos de la emoción. Es allí, en el espíritu, donde reposan fortalezas y capacidades que tal vez ni logremos imaginar. Veamos un ejemplo: si nos ataca una enfermedad grave, lo primero que nos afecta es el cuerpo y casi de inmediato el alma, porque allí están las emociones, y vienen entonces el dolor, el temor, la duda, la angustia y tantas otras cosas más.

Pero la enfermedad no puede tocarnos el espíritu, y por agresiva o devastadora que ella pueda ser, hasta allá no alcanzará a llegar. Por esto, podemos concluir que no es desde la emoción desde donde podemos combatir, como tampoco lo es desde nuestra mente, y menos aún desde nuestro intelecto.

Es entonces desde el espíritu que podemos enfrentar cualquier enfermedad. Es desde allí y nuestra comunión con Dios, que podemos encontrar los elementos, los argumentos y la fuerza para soportar, para luchar, y por supuesto para ganar esa y otras batallas que debamos encarar. He ahí uno de los usos del espíritu. Sin duda hay muchos más.

 

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