sábado, mayo 8 2021

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De Charro Negro al Charrito Negro

Pero volvamos a los charros. A los nuestros. A los que definieron la historia macabra de este país. Las raíces latinoamericanas compartidas con México.

De Charro Negro al Charrito Negro
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

Comandante Mariachi, ¿usted por qué se hizo bandolero?

– Perdón, ni comandante ni bandolero.

He sido simplemente un campesino víctima de la Violencia.

Fragmento entrevista de Germán Castro Caicedo a Jesús María Oviedo.

Suena y resuena en el sur de Tolima una canción escrita por Juan Gabriel e interpretada en 1979 por Tony El Lobo, un émulo de don Antonio Aguilar que con el mariachi Los Cósmicos inscribió su bigote, sus patillas y su nombre en el cuadro de honor de los meros charros. En mi pueblo, 40 años después, la canción Mi fracaso en la voz de El Charrito Negro (Johan Gabriel González) comienza a sonar más que Quererte fue un error, un clásico de la música popular que tomó ribetes de himno en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. No es extraño, la influencia de México en Colombia la resumió con destreza en su ensayo ¿Dónde está la franja amarilla? el escritor tolimense William Ospina: “En Colombia los ricos quieren ser ingleses, los intelectuales franceses, la clase media norteamericana y los pobres mexicanos”.

Es preciso recordar que la influencia manita en los colombianos se marcó profundamente desde el Ciclo de oro del cine mexicano con Pedro Infante, Javier Solís, Vicente Fernández o Chavela Vargas, que nació en Costa Rica para demostrar que “los mejicanos nacemos donde se nos da la gana”; y en otros factores como la literatura, que desde México se extendió a toda Latinoamérica con Alfonso Reyes, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis o Elena Poniatowska; la televisión y sus lacrimógenas telenovelas a cargo de esos monstruos llamados Televisa y TV Azteca; la gastronomía con sus pozoles, tacos, tortillas y ajíes; el baile mezclado con comedia, romance y picardía; y hasta el humor con referentes como Resortes, Tin Tan, Cantinflas o Chespirito. Por si quedan dudas hoy Espinoza Paz y Christian Nodal son más exitosos en Colombia que en cualquier otro país de todo el continente americano.

Pero volvamos a los charros. A los nuestros. A los que definieron la historia macabra de este país. Las raíces latinoamericanas compartidas con México se reflejan en varios aspectos pero en la música retumban como trompetas. Los corridos -demos por caso- aquí asumieron la condición de prohibidos y están incrustados hoy en nuestra música popular; las rancheras con esa marcada tendencia al dominio patriarcal y machista, son repertorio obligado de quien quiera sonar en este ámbito; y un factor que se puede inferir la mayoría desconoce y ese es el impulso revolucionario surgido desde los campesinos sin tierra y levantados en armas; y por supuesto, el narcotráfico cómo problemática sociopolítica. De ahí que en los innumerables análisis que del origen de nuestro conflicto se han hecho, pocos se han detenido en un principio más romántico y se quiere novelesco que por estos días estuvo de cumpleaños: el asesinato de Charro Negro por orden de Mariachi.

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Todos se desencadenó cuando José María Oviedo, alias Mariachi, de quien la historia dice fue paramilitar armado por el Ejército, asesinó a Jacobo Prías Alape, alías Charro Negro, en enero de 1962, no solo el mejor amigo de quien fuera el líder de las Farc-Ep, Manuel Marulanda Vélez alias Tirofijo (Pedro Antonio Marín), si no su cuñado, pues estaba casado con Rosa Marín. Otro hecho visto como anecdótico, pero clave para entender esta histórica influencia, es que los asesinos encargados por Jesús María Oviedo alias Mariachi para cometer el crimen: Belalcázar, Contrafuego y Puñalada, una vez perpetrado el hecho hallaron bajo la cama de Charro Negro, un encargo que oficiales de la sexta Brigada y el Batallón Tenerife les dijeron que buscaran hasta hallarlo, y este era una máquina rusa de proyectar películas de cine de dieciséis milímetros con la que el occiso había alcanzado a proyectar dos cintas: El Acorazado Potemkin, de Sergei Eisentein, y una versión cinematográfica de México Insurgente.

Ese asesinato acabó con el pacto de beneficios generado por el acuerdo con las guerrillas liberales del presidente Alberto Lleras en 1959, que incluyó una amnistía con la que dejaron la rebeldía, más no las armas y con la que decidieron crear las autodefensas campesinas. Tirofijo que amnistiado trabajaba con el Estado (nombrado por el ministro de Obras Virgilio Braco Vargas) en la carretera Planadas-Marquetalia, volvió a las armas y la clandestinidad para vengar la muerte de su cuñado. De modo pues, que con Mariachi y Charro Negro, dos nombres de combate, y con la mencionada película, México está presente en uno de los momentos más cruciales de Colombia: el reinicio de un conflicto de insurgentes que nos azoló medio siglo y que tras las firma de los Acuerdos, en Cartagena (26 sep. 2016) y el Teatro Colón (24 nov. 2016), pareciera avanza en un nuevo ciclo en la historia de guerras recicladas que desangran a Colombia hace ya más de cien años, no precisamente de soledad.

Es preciso anotar que en el caso Charro Negro y Charrito Negro no hay una relación directa entre el personaje histórico y el cantante, pero si un vínculo contextual dado por la relación cultural con México que se refleja a través de la música y la letra de canciones como los narco corridos mexicanos y los corridos prohibidos colombianos. De hecho, la canción que le valió el reconocimiento nacional a El Charrito Negro es El Guerrillero, tema de culto en la guerrillerada de cualquier bandera. Asimismo, resaltan la gran importancia de estos dos personajes al ser construidos y reconstruidos socioculturalmente, lo que les da un alto grado de historicidad, pues pertenecen a dos épocas distintas, pero son los imaginarios y las representaciones sociales los que los unen o por lo menos los ubican en un mismo contexto. Y para recoger la vieja metáfora de la moneda, podría decirse que en términos culturales algunas prácticas tienen más de dos caras, dada su complejidad.

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Charro Negro duró tendido desde las 7:00 de la mañana hasta las 4:00 de la tarde en un andén de Gaitania (un pequeño caserío de Marquetalia nombrado así en homenaje a Jorge Eliécer Gaitán) porque nadie quería recogerlo debido a que a la gente le daba miedo hacerlo por las retaliaciones. Fueron tiempos de tensión entre Limpios y Comunes, entre campesinos liberales que solo querían salvar su vida y trabajar la tierra; y otros con ideas comunistas de quitarles tierra y riquezas a los gamonales. Entonces Darío Franco, un dentista que había llegado de Marquetalia al sur del Tolima, se lo llevó para las montañas de Uribe (Meta) y allá lo enterró. Y en breve comenzó a germinar el mito, el héroe, el hombre a quien Tirofijo en una hazaña mítica en 1952 había salvado del fusilamiento en la plaza pública de La Gallera y se había ganado ese remoquete de fina puntería.

Rosa Marín, hermana de Pedro Antonio Marín, Tirofijo, se convirtió en la mujer de Charro Negro luego de una ceremonia oficiada por guerrilleros en el caserío de Río Chiquito. Además, Charro le enseñó a leer a Tirofijo y lo acercó al comunismo. Marín, era un joven quindiano serio al que la guerra había madurado prematuramente. Charro le vio tanta disciplina y empeño a todo lo que asumía, que lo nombró Jefe Militar de la Guerrilla, y cuando vinieron las contradicciones con los liberales, Charro Negro tuvo que combatir contra ellos sin su cuñado, que peleaba contra la policía chulavita por el oeste. El mismo año que murió Charro Negro, 1962, nació Johan Gabriel González, El Charrito Negro, el 15 de febrero, 35 días después de la muerte de Prías Alape.

Vuelve a sonar en la radio Mi fracaso en la voz de quien comenzó su carrera a los 16 años cuando viajó de Ceylán a Caicedonia – Valle del Cauca, para participar y ganarse un concurso de cantantes aficionados. Y entonces la última estrofa enciende la idea para escribir el primer párrafo de esta columna que se mueve entre la historia, la música y la aversión:

Muchas gracias, te agradezco

Los momentos de felicidad;

Te deseo buena suerte

Porque no me verás ya jamás…

Jamás, jamás… ¡jamás!

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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