Lunes, Junio 25 2018

Carta a Laurita

Con todos mis sistemas que han de estar tan deteriorados como el de nuestra salud que justo cuando le llega un ministro inteligente y capaz, se le atraviesa un cáncer linfático. Y emerge el resentimiento para menospreciarlo, como al de próstata del presidente.

Carta a Laurita
Crédito de foto: David Vega especial para 90minutos.co

Tomé la decisión de comenzar a escribir un libro contigo cuando tenías poco más de año y medio y se acabaron las páginas cuando superaste los tres añitos. Era un compromiso con la vida. Consistía en llevar un cuaderno de notas para cada sábado, cada que salíamos. Sobre sus páginas puede leerse entrelíneas mucho de lo que sentí, pensé y conversé, acerca de una situación particular: nuestra relación luego de la separación marital. (Me suena mejor que conyugal, por aquello del yugo). Presté mi mano, mi voz, mis letras y algunas ideas, para que tus manitas, tu vocecita, tu agudeza perceptiva y tus preciosos garabatos, me permitieran contar con poca rigurosidad y mucho amor las experiencias vividas.

No era un diario. Solo un libro, donde amparado en la arbitrariedad que entregan la edad y el hecho primordial y maravilloso de ser padre, consigné -en primera persona tuya- todas esas situaciones que consideré de aprendizaje en la tarea de ser padre. Yo lo pensaba y tú lo escribías con tu propia caligrafía y tus palabritas a media lengua. O bien, lo pensabas y yo lo escribía, como se quiera. La cuestión era no dejar que momentos trascendentales de la vida se perdieran en medio de lo cotidiano. Muchos recuerdos de los hijos se pierden en las memorias atormentadas de padres preocupados por tantas cosas, que sentí un deseo irreprimible de plasmar recuerdos que  no me pertenecen a mí únicamente. Debo precisar que no fue sobre todos los sábados, ni sobre todas las cosas. Solo lo extraordinario.

Era sólo una más en la lista interminable de decisiones que tomamos por nuestros hijos. Una más que se torna irrisoria si la comparamos con la de escogerle a uno la madre o el padre, el nombre, o tantas otras cosas. Si bien en ningún momento dejamos descansar nuestro poder de decisión, no lo es menos que en los primeros años decidimos instintivamente. Y algunas veces, en esa primera etapa de la vida, tomamos decisiones que son más obligaciones impuestas por la visión de los adultos. Cuando digo que escribiste conmigo soy literal, yo ejecuté el acto de la escritura, pero fuimos los dos quienes a partir de nuestras experiencias construimos las historias. Fue una dinámica donde lo afectivo superó lo físico, lo tangible, lo escritural. Tú hablas con mi voz y yo veo por tus ojos.

Todavía es así. Laurita, ahora eres mayor de edad. Tienes 18 años, pero sigues siendo la princesita de mi corazón. Has subido otro peldaño de la escalera de la vida. Eres bachiller. Entraste a estudiar Medicina. Yo sé que curarás incluso males de alma y que serás capaz de entender que es posible morirse de amor. Yo me muero por ti. Querías un estetoscopio como regalo de grado. Estás afiebrada. Pude convencerte de posponer ese presente, pero no de la situación del sector de la salud en Colombia. Tu vocación es inamovible. Seguro que no fue de mí que heredaste tal firmeza de carácter. A punto del medio siglo sigo anhelando ser otras cosas, la mayoría de ellas inconfesables.

Alguna vez leí que los médicos arrastran y pagan karmas. Por su situación en nuestro país, lo creo con el corazón, mi cielo. Bueno y con el hígado y el cerebro. Con todos mis sistemas que han de estar tan deteriorados como el de nuestra salud que justo cuando le llega un ministro inteligente y capaz, se le atraviesa un cáncer linfático. Y emerge el resentimiento para menospreciarlo, como al de la próstata del presidente. Sí, a ellos los atienden rápido y no les hacen el paseo de muerte y menos les formulan solo ibuprofeno, pero son tan vulnerables como todos. Y eso, debe sensibilizarlos, así sea un poco. Y si no, pues que las células hagan su desorden.

Ojalá seas una excelente doctora, como los veterinarios, que no pueden preguntarles nada a sus pacientes, solo curarlos. Decías chiquita que querías ser doctora de animales, pues bien, adelante. Debes saber que es una profesión venida a menos, pero que aún conserva el aura mágica que alberga esa ilusión tan humana de vencer a la mortalidad. En todas las profesiones y oficios se venden ilusiones, mi niña. No se te dañará la letra por tomar apuntes a millón durante siete años, ahora el portátil será tu vademécum. Espero que las limitaciones del sistema, no te impongan barreras en el alma. En este mundo de consecuencias, busca siempre las causas. Muchos médicos son simples mecánicos de organismos descompuestos. Y muchos pacientes, buscadores de magos. Lee mucho a Hipócrates, es el único padre sustituto que soporto. Y no olvides jamás, al final el enfermo se encuentra con el cura.

Hay un libro de los dos, de tu primera infancia, pero seguiremos escribiendo el de la vida. Algún día espero que reconozcas el intento de tu padre por respetar desde lo más profundo de una relación distante, pero no lejana, la autonomía de hacer lo que se quiere en la vida. Como hacer públicas cuestiones privadas en este blog. Ha de ser esa pulsión periodística de la que no puedo zafarme: ser esclavo de lo que se dice y no amo de lo que se calla. No puedo más que fortalecer tus raíces y tus alas. Vuela cuanto puedas mi amor. El nido de mi corazón estará siempre dispuesto.

Te amo mi vida.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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