lunes, septiembre 28 2020

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Campo

Una nación a la que ya nada asombra, en la que pasa de todo y no pasa nada, no la sorprende el campo porque no lo conoce, porque lo asume como un escenario de veraneo en un puente festivo o ese lugar de privilegio al que le dicen finca, pero no pasa de ser una casa algo distante de la ciudad.

Campo
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

En un país donde ocho millones de personas -de sus más importantes ciudades- se acuestan con hambre, a los gobiernos debería importarles más el campo. Pero no, históricamente en sus agendas no hay campo para el campo. O si lo hay, es muy estrecho, solo para calificar a sus habitantes de auxiliadores de la guerrilla o de cualquiera que con un fusil al hombro llegue donde el estado no se aparece o llega por allá cada vez que se habla de paz. Y eso. O para entregar cualquier par de azadones el Día del campesino y anunciar ayudas que no llegarán jamás. O para consolidar alguno de esos planes asistencialistas con los que engrasan las ruinas de las viejas maquinarias bipartidistas. Porque ya ni para embaucarlos en elecciones, ellos poco les creen y los señores delegan sus visitas en peroratas de alcaldes de pacotilla, pues saben que los votos están en los cordones de miseria y en las trencillas de ignorancia de los vetustos estratos sociales de las ciudades. De los agricultores necesitamos tres veces cada día, sin embargo, nadie pareciera acordarse de ellos.

Si la sensatez fuera una característica de los colombianos, la situación que hoy padece el mundo debería atender mejor las difíciles condiciones del campesinado de la nación. Una de las tantas buenas lecciones en medio de esta infoxicación pandémica, evoca la sentencia del viejo sabio de la nación comanche: el dinero no se come. Con él se compra comida claro, pero ganárselo es una suerte de lotería cotidiana que los dirigentes despachan con la desgastada alusión a la pereza de los pobres. Este luminol llamado nuevo coronavirus, ha puesto al descubierto las manchas sociales que ha dejado el río de sangre que ha surcado el suelo patrio, pero sobre todo en el campo. Las brechas sociales son abismos y las cicatrices heridas supurantes que a la menor friega vuelven a sangrar. Los que hoy deben salir o salir a rebuscarse la comida y la vida en las ciudades, son campesinos empujados a las urbes incipientes por la violencia, la pobreza y la falta de oportunidades. El campo no ha parado, no se puede enjaular el futuro o el afán de sobrevivir.

Difícilmente un campesino -por pobre que sea- se acuesta con hambre. Cierto es que el campo se ha empobrecido y los terratenientes extendido sus fauces, y que los niveles de miseria que hoy se miden con tantas variables, los dejan ver como los más necesitados dentro de los llevados a la miseria. Pero el plato de comida no se embolata, dicen con esa humildad que pareciera aceptar su situación como algo insalvable. Siempre hay algo para echarle a la olla, ratifican con esa inteligencia elemental que tanta falta hace en las ciudades y que en ellas se convierte en rebusque, esa especie de reciclaje de lo vital. Del cafetal un plátano, un cachaco, un popocho, un banano o un guineo. De la huerta una yuca o una arracacha o una zanahoria. Del corral los huevos y de vez en cuando darle cuerda al pescuezo de una gallinita vieja con la huevera cansada. Si hay algún modo adicional, la leche, la mantequilla o el queso de la única vaquita. Aunque una botella de leche cruda en cualquier pueblo de Colombia vale la mitad de lo que cuesta la gaseosa más famosa del mundo.

Después del trago amargo del dato anterior (no hay derecho a la que la publicidad nos ordeñe de tal forma), entiende uno a los indígenas que promueven el consumo del té de coca y la siembra de sus semillas ancestrales, y no las impuestas por las poderosas multinacionales. Y no entiende uno cómo la influencia de los medios y de la Internet ha llevado a la gente de los campos a dejar perder las guayabas, las mandarinas o las naranjas del árbol, que se pudren en el suelo, para enviarles a sus hijos jugos de caja en sus loncheras y paquetes de papas y plátanos procesados. Sí, en muchos aspectos el campo también ha sido permeado por el consumismo. El caballo fue reemplazado por la moto y el diálogo por el celular, la siembra por la comida chatarra y el jornal por el engañoso subsidio que engorda marranos sociales. El sembradío o el ordeño no saben de festivos, pero a algunos se les olvidó. En el campo se vive la complejidad de lo sencillo, lo que enseña la naturaleza, lo que alumbra el sol cuando despunta y los reflejos que le presta a la luna.

En términos de seguridad alimentaria el futuro es el pasado: el campo. Ni las legumbres o las hortalizas se dan en el supermercado. La comida de los veganos o los omnívoros se produce en el campo. Donde los grillos anuncian y vigilan la noche más que los perros y los gansos, las chicharras se alinean para ser la banda sonora del verano y las hormigas trabajan presurosas ante el invierno inminente. Donde las guacharacas no son armas sino pájaros más escandalosos que los gallos y madrugan a despertarlo todo. Claro que el campo tiene sus riesgos, porque hasta los campesinos se han olvidado de saberes elementales. Los alacranes buscan su acomodo lo mismo que las culebras o las arañas. Lo seco, lo oscuro, lo que los resguarde de otros depredadores diferentes al ser humano. A las casas ya no las rodean acequias artificiales que fungen como insecticidas. Ya no se siembran en las huertas o patios plantas aromatizantes que espantan bichos y refrescan el respirar. En el campo hasta los ratones son diferentes, no son ratas negras de alcantarilla sino pícaros pericotes silvestres que hacen tanto daño como las del Congreso.

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Una nación a la que ya nada asombra, en la que pasa de todo y no pasa nada, no la sorprende el campo porque no lo conoce, porque lo asume como un escenario de veraneo en un puente festivo o ese lugar de privilegio al que le dicen finca, pero no pasa de ser una casa algo distante de la ciudad. Las fincas producen comida, así como las haciendas ganado. El recreo de los urbanitas en algunas zonas se ha convertido en el trabajo de muchos campesinos. El señor que cuida, que busca y corta leña, que atiende el jardín y algún frutal, que vela por algún animalito; y la señora que cocina como nadie lo que hemos comido toda la vida, pero que cambiamos por lo rápido, por esa comida instantánea con la que el ser absurdo cree acelerar el tiempo para morirse antes de tiempo. Con la que se engaña creyéndose el cuento del ahorro de tiempo. El tiempo en el campo no se ahorra, se aprovecha. Por eso se madruga, por eso se duerme temprano. Por lo mismo se come a horas y no hay obesidad, ni necesidad de dietas o gimnasios, porque lo que se ingiere se gasta trabajando.

La armonía del campo es maravillosa. Su silencio es ensordecedor pero extraordinario. La lluvia estremece y cada gota reclama su golpeteo sobre los tejados. Mientras el viento silva en los alerones y mueve todos los verdes como en un cuadro vivo de Van Gogh. La sinfonía de los animales es un arrullo cadencioso y equilibrado. Cada uno hace lo que le corresponde. Nada más, nada menos. El ternero brama por la madre ausente cuyo aparte es el principio del ordeño. El caballo relincha para sacudirse de la jornada y la yegua pasta con su potrillo como satisfecha por el trabajo de su macho. El sapo sigue siendo feo, pero valorado, lo mismo que la lagartija, porque su control es infalible. Todos los pájaros trinan de verdad y vuelan libres como las abejas o los murciélagos que no cesan en su trabajo. Es una cuestión de raíces culturales y de savia de la que emana su sabiduría.

El campo es un motor que suena, pero no contamina. Una empresa que no jubila. El eje de la preservación de lo que ha de sostenernos. De ahí que deba atenderse y cuidarse. Allá nada se desperdicia -incluido el tiempo- porque todo funciona de conformidad con lo que se tiene y se necesita, en este suelo pródigo de bondades sin importar el piso térmico. Se equivoca refrán castellano, tanto como todos los gobiernos colombianos, la vida en el campo no es para tontos ni para santos, sino para personas sensatas a las que no deslumbran las luces de la ciudad que no dejan ver las estrellas. Creo más bien como en el tango legendario que la cabra al monte tira y una vez más razón tuvo el refrán. El desespero provocado por el virus inefable ha comenzado a reversar la migración -y eso que apenas comienzan los tiempos más difíciles con el subregistro de cinco millones de desempleados- y los campesinos están volviendo al campo, justo ahora que la sangre ha comenzado a derramarse de nuevo.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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