viernes, junio 18 2021

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Cali se escribe con ce de Colombia

La veintena de muchachos asesinados en estos días aciagos -en la ahora Sucursal del Infierno- no era de universitarios, ni trabajadores formales.

Cali se escribe con ce de Colombia
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

Cali es hoy una Carnicería, Abierta, Loca e Inmunda. Una ciudad manchada con la sangre de quienes protestan -al margen de sus equivocaciones, resentimientos e infiltrados-, convertida en un escenario de matanza por la mal llamada ‘fuerza pública’; cerrada y bloqueada en muchos aspectos físicos por manifestantes, vándalos, soldados y policías, pero abierta a la resistencia producto de tanta iniquidad, de tanta marginalidad, de tanta desigualdad, de tanta inequidad e indiferencia; una ciudad vertiginosa que enloqueció de tanto horror, de tanto abuso, de tanta miseria cotidiana, de tanta melancolía represada, de tanta perdición y deliro por el acecho permanente del hambre y de la muerte; y sumida en la inmundicia por unos gobiernos y un estado demencial sordo al clamor de un pueblo. El centro migratorio de todo el occidente colombiano es un hervidero donde el 50% de su población es pobre y el 60% sobrevive de la informalidad (Dane) con la sombra del narcotráfico, la dinámica violenta del microtráfico y en el que el sentido de pertenencia se extravió, la ciudad es de todos y de nadie.

La veintena de muchachos asesinados en estos días aciagos -en la ahora Sucursal del Infierno- no era de universitarios, ni trabajadores formales, ni “ciudadanos de primera categoría”, ni “hijos de papi”, ni parte de la Generación de cristal a la que no puede decírsele ni criticársele nada, ni de “familias de bien que se guardan temprano”, como aseguró el miserable que con su tenso dedo derecho señala a dónde deben dirigirse las próximas balas. No. Todos eran pobres, marginales, rebuscadores. Todos de barrios como Siloé o El Pondaje. Como Villa del Lago o 7 de Agosto. Valle Grande o Potrero Grande. Arreados por el desplazamiento, por la inopia y por la carencia de oportunidades. Señalados y olvidados. Arrinconados en Aguablanca o Charco Azul, ahogados por el dedo inquisidor de quienes padecen de aporofobia, el término acuñado por la filósofa española Adela Cortina y al que se le teme más que al contagio de un covid-19 que en mayo del 21 pasó a un segundo plano.

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La palabra significa odio al indigente, aversión hacia los desfavorecidos, a los pobres. Y en Colombia esa franja suma 21 millones de seres humanos. 42.5% de la población. Cada día del año anterior (2020) diez mil colombianos cayeron en la pobreza. Los más afortunados sobreviven con diez mil pesos diarios, para satisfacer todas sus necesidades básicas. Para comer y transportarse, para pagar arrendo y servicios, para educarse, para curarse, para divertirse, para todo. Casi dos millones de nacionales en medio de la pandemia redujeron su número de comidas, que no siempre eran tres. Hay familias que comen carne una vez a la semana y cuya deficiencia proteínica confirma que la desigualdad viene desde el vientre, con madres desnutridas que ni siquiera pueden proveer bienestar al feto, menos a sus hijos. Sobre esto deberían informar y debatir los medios, los manifestantes, las redes, los estudiantes, los profesores, los líderes sociales, los artistas, porque el silencio de políticos y  gobernantes al respecto será, como siempre, sepulcral.

Nueve millones de pobres extremos, de personas que no logran un mínimo vital. Dirán algunos esos sí desadaptados: ¿para qué se reproducen? Son varias las razones, pero se destacan dos: por ignorancia (nuestro sistema educativo es tan o más precario que el de salud) y porque tal vez su única diversión sea la sexualidad. Por el confinamiento se cerraron 53.717 sedes educativas; 82% (43.853) del sector oficial donde los estudiantes son estrato 1 y 2. El 97% de las familias en estrato 5 y 6 tenía conexión a Internet, mientras que apenas el 17% de las familias que pertenecen al estrato 1 tenía este servicio. Otra evidencia y otra razón para protestar. Otra causa de más ignorancia futura y menos pensamiento crítico. La represión oficial pues, no es la respuesta. La delincuencia aprovecha para pescar en río revuelto y solo los pobres le ponen el pecho a las balas vengan de donde vengan e impacten al que sea. Porque claro, también hay policías heridos. Pobres con uniforme aupados por el Establishment para que los cuide de los explotados.

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Debe decirse que ser profesional no te hace ni rico, ni inteligente, ni nada per se. Solo profesional, una categoría que otorga un título, un cartón, una clasificación que no garantiza nada sin esfuerzo y trabajo. Quienes se forman, han tomado la vocería en estos momentos, pero son otros jóvenes sin estudio ni oportunidades en su mayoría los que están pagando con su vida esta ya sangrienta movilización. Colombia y el mundo, -pues uno de los efectos de la globalización y el predomino tecnológico es la deshumanización del conocimiento- están llenos de malos profesionales, de mediocres que no aprovecharon su exclusiva oportunidad, en una sociedad donde la educación es cada vez más un negocio y menos una vocación. Estudiar también es protestar. Las universidades están llenas de gente que va a todo, menos a estudiar. (Una de las razones debe ser, que también están llenas de profesores que van a todo menos a enseñar). Como en la vieja metáfora audiovisual de la canción Another brick in the wall (Otro ladrillo en la pared), de Pink Floyd, aún se gradúan profesionales con la misma técnica con la que se producen salchichas.

En Cali, o en cualquiera de las ciudades donde hay movilizaciones, disturbios y represión, en estos momentos todo importa menos contagiarse de algo que no sea indignación y solidaridad con quienes protestan. No basta con izar la bandera al revés, pareciera que es el momento de poner manos y patas arriba a la cantidad de sátrapas y corruptos que han llevado al país a semejante estado de postración. Y claro, los estudiantes universitarios se han pronunciado. Y se manifiestan en redes. Y se paran las clases. Y mueven sus estados de WhatsApp y sus publicaciones en Facebook e Instagram. Pero en realidad estamos al frente de una generación con vidas complejas que decidió complicarse aún más la vida, aunque tenga techo y alimento asegurados. Que oye hablar de transparencia en un mundo cada vez más corrupto y que sabe que solo funcionan los contactos y las influencias. Trasnochadora compulsiva que no ha podido madrugar a trotar sobre una banda en el gimnasio, porque es peligroso sacar el carro, pero que se comprometió con los que no tienen nada qué perder.  Es una generación extraña, no lee, pero corre a comprar lo que su Youtuber le dice, publica sin confirmar todo lo que le llega virtual y ahora despertó del letargo.

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Los colombianos estamos mal, muy mal. Con un buen número de jóvenes obnubilados por la pirotecnia tecnológica, que olvidaron que el indio es más importante que la flecha. Que es más importante ser que parecer, que votar es participar, que elegir bien es futuro, que cambiar el sistema es un obligación histórica que les ha correspondido siempre, en la Primavera de Praga o en la Universidad de Nanterre, en Woodstock con su Pace and Love o en cualquier lugar donde se haya dicho prohibido prohibir. Con universidades metidas en sus burbujas a las que poco o nada les importa, que un egresado salga a devengar menos del 1% de lo que sus padres -o él mismo ahorcado por el Icetex- invirtieron en su carrera. Y un Estado que no oye a la OCDE: “Colombia es el país con más desigualdad de Suramérica, el segundo más desigual en Latinoamérica después de Haití y el cuarto en el mundo”.

Y todos los análisis apuntan a la misma solución: mejorar la educación. Pero no, nos quedamos en registrar y comentar el vandalismo y la destrucción que pueden ser provocadas para deslegitimar la protesta. La vieja fórmula de poner al pueblo en contra del pueblo ha comenzado a aplicarse más que las vacunas y lleno de miedo incubado por la represión, el terror y los medios, los manifestantes comienzan a pensar en renunciar a su derecho a la protesta y su mundo miserable vuelve a carecer de sentido. Ya comienzan a escuchare voces desde las elites que reclaman la declaración de la Conmoción Interior -el viejo Estado de Sitio- para poder actuar como históricamente lo han hecho, con más poder dictatorial en esta remedo de democracia. Ya pronto vendrán las elecciones y no se avizora en el panorama ningún estadista que piense en las nuevas generaciones. Cali volverá a bailar salsa, Colombia a entretenerse con su selección y el pueblo a elegir a otro aparecido, inepto, mentiroso y locuaz.

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