sábado, febrero 20 2021

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Cali enchuspada

“Ándate en busca de una ciudad que se llama Cali. Qué todavía existe. Porque el día que Cali se acabe,  ese día se habrá acabado el mundo”. Andrés  Caicedo – Calicalabozo. Pongámonos de acuerdo: será muy difícil desmontar a Cali de esa vacaloca de que es la ciudad de la rumba y la capital de la salsa y …

Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

“Ándate en busca de una ciudad que se llama Cali. Qué todavía existe. Porque el día que Cali se acabe, ese día se habrá acabado el mundo”. Andrés  Caicedo – Calicalabozo.

Pongámonos de acuerdo: será muy difícil desmontar a Cali de esa vacaloca de que es la ciudad de la rumba y la capital de la salsa y otras yerbas. Toda su vida reciente -un siglo a lo sumo, tal vez un poco menos- sus gobernantes y líderes han montado su cuento desde unos imaginarios humedecidos con el sudor del baile, el tintineo de las copas de licor, las babas de la sexualidad y otros fluidos. En Cali hay más moteles, barras, bebederos y rumbeaderos, que en cualquier otra ciudad de Colombia metro por metro. Si a eso sumamos que es el gran lavadero de dineros del narcotráfico, pues el perico y sus excesos han trinado cada vez más desde que el visionario Jaime el Grillo Caicedo endureció el negocio. Y nada que la cultura popular copié con más ahínco que los malos ejemplos. Es más, si es que copia uno bueno, en menos de nada lo prostituye. De modo que pedirle frío y sensatez a la caldera del diablo, es poner al putas a repartir hostias.

Pocos han de saber que su existencia como ciudad es bastante superflua: un lugar de paso para descansar del viaje entre Quito y Panamá. Una estancia que tenía más conventos que Popayán y menos futuro que Buga o Caloto. Los tiempos y las personas cambian. Un lugar para descansar y aprovisionarse.  Humanos y bestias por igual. Y todos sabemos que donde hay descanso hay ocio; y donde hay ocio, hay licor y diversión horizontal. Y estipendio por eso. No en vano cuando el diablo fue expulsado de Cartagena de Indias, arrancó para Santiago de Cali y de poco sirvieron las Tres Cruces para que buziraco no se sintiera como en casa. Hasta a Changó fue a bailar hace poco. El de Cristo Rey es otro cuento asociado con la Guerra de los Mil Días, a la que hoy un puente le recuerda la paquidermia de sus dirigentes. Cali pues, era un villorrio que despegó gracias al ferrocarril de Cisneros y al empuje de una clase dirigente cuya fuerza fueron los negros esclavizados.

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La ciudad creció lento. Más en los últimos cincuenta años que en toda su historia. Más por tragedias sociales y catástrofes naturales que por planes y programas. Eso la hace tan colombiana como el resto es cierto, pero con unas particularidades que hoy se reflejan en esas fiestas callejeras que nadie puede controlar, hijas del aguaelulo y madres de todo el desorden que la tiene otra vez enchuspada. Toda esa migración interna es un hervidero de desarraigos y tradiciones que se reacomodan en la ciudad para hacer la vida posible. El andén pacifico con su negritud lidera el corrinche. También aportan en la barahúnda las indígenas chichas caucanas. Los sanjuaneros del Tolima grande. Los andariegos del eje cafetero. Los colonos de los antiguos territorios nacionales. Y en general, toda esa geografía social que se ha ido amontonando en sus barrios populares en una mixtura donde importa más el tamaño del bafle que el de la estufa. Que no se note la pobreza, es una expresión que prioriza el trago por encima de la comida.

Como centro migratorio del suroccidente colombiano -no por excelencia, sino por deficiencia de recursos para irse más lejos- Cali es un conglomerado de pequeños pero constantes destierros, de expatriaciones del terruño, de eternas huidas de esas patrias chicas que se vuelven inmensas en la nostalgia y en la distancia, de esos anhelos colectivos de querer hacer lo que se hacía en el lugar de origen. Por eso en cualquier cuadra de la ciudad la gente se reúne a escuchar su música, a tomar su trago y a bailar su género, para ahuyentar esa caterva de fantasmas que son sus penas. Las de su cruda y devastadora realidad. Las de sus obligadas andanzas y desventuras. Las de esa rumba llena de rambos miserables que quieren sacar la cabeza de la inmundicia de la marginalidad y la exclusión. Esas no son penas, dicen los que el sufrimiento les ha generado costra y les ha forrado el corazón con un caparazón más duro que las lápidas de las tumbas.

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En las zonas profundas del Distrito –así no más, en Cali nadie le dice su nombre completo- una rumba en la calle puede reunir 500 personas. Nadie respeta y menos le teme a la policía. Más bien, como en las favelas brasileras, los odian. Para que sepan que la comunidad es superior, los parceros dicen ser de la DEA: Distrito Especial de Aguablanca. Hay zonas vedadas para los tombos. Vojabés que en Cali hay parches tan calientes que derriten una fiesta de policías. O de bandidas. De ahí que ha sido con el Ejército que las autoridades han intentado desparchar las reuniones pro Covid. Al tapabocas y el distanciamiento les pasó como a la salsa choke, que se estrelló de frente con la resistencia de la otra Cali. Todo lo que venga o llegue a ciertas zonas populares de la ciudad -que son las que ponen el alcalde y mandan la parada cultural- genera obstinación y ellos responden con la misma actitud y más agresividad. Por suerte, el coronavirus no sabe de estratos.

En cualquier barrio popular de Cali -que es la abrumadora mayoría- rinden homenaje todo el año al villancico, y beben y beben y vuelven a beber, para que por cuenta de una muerte a la que no le temen, les digan ahora que hay que abandonar toda la costumbre, que nospi, que ya no se pueden descualquierar, que mirá ve que todo lo áspero hay que dejarlo, que si vajair a la rumba mejor quedáte en casa, que enchuspáte, que esa vaina es seria, que contagia, que mata, que no es solo una gripa pana, que a lo bien cubríte, tapáte, no abracés, no bailés covao, no moteliés, a metros con los boleros, con la hembra, con el duro, con el yenyeré… con eso que deberían explicarles de otra manera, con sus formas, en su lenguaje, con sus prácticas culturales, antes de llegar a las medidas coercitivas que los limitan y confrontan, y de paso, confirman el mal manejo de esta delicada situación.

Le llaman indisciplina social. Es probable que sea solo una de las infinitas consecuencias de una educación deficiente. Históricamente mala. Así es Cali. Así son las capitales. Así es Colombia. Pico y cédula. Ley seca. Toque de queda. Aislamiento. Distanciamiento. En los países con altos estándares educativos también se contagia la gente, por supuesto, pero no así. No voluntariamente.

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Acerca del Autor

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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