Domingo, Mayo 26 2019

.

Caldono sí

En un año la parroquia del pueblo cumplirá 280 años. En muchos aspectos, aquí el tiempo no ha pasado. O, mejor, es pasado. Un pasado eterno. Un tiempo estancado, como si la evolución no fuera una particularidad de cualquier organismo vivo.

Caldono sí
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

Siberia sigue fría, tranquila pero fría, serpenteante pero fría. Es de esos lugares donde pareciera no ocurre nada, aunque su ebullición es social, comercial sobretodo. El 65% de sus casas son negocios. Almacenes de todo, restaurantes de casi lo mismo, ventas de minutos y un tiempo como congelado. Es el paso obligado para llegar a Caldono. Fue atacada y tomada tantas veces por la guerrilla, que allí nadie se atreve a dar una cifra concreta. Solo que aportó para que Caldono fuera el segundo municipio, después de Toribío, con más ataques guerrilleros. Queda en el filo de una montaña. Es una tira larga de casas cuyos patios -sin excepción- son una parte de ladera por donde llegaban “los muchachos”. Así les dicen todavía algunos de sus habitantes a los guerrilleros. Era el supermercado de la subversión, el lugar de abastecimiento, de saqueo, de aportes obligatorios a una causa que se apoyaba ideológicamente, pero a la que los siberianos le huían cada que llegaban a llevarse el resultado de su trabajo.

Una solitaria camioneta de las Naciones Unidas da cuenta de la veeduría tripartita que garantiza que -por lo menos en el territorio-, se cumpla lo pactado en los Acuerdos. 17 kilómetros desde Pescador a Caldono se hacen eternos. Hay pavimento, pero tantos huecos como curvas. Después de Siberia el asfalto es reciente, la carretera está buena y el descenso es peligroso. Aquí la legendaria curva del violín en la vía que desde La Uribe sube a Sevilla –tan temida en las vueltas a Colombia en bicicleta- se repite una y otra vez, como la tonada incesante de esos reguetones exasperantes. Luego de cruzar el río Pescador, de nuevo la pendiente para coronar un pueblo que parece más corregimiento. Tal vez por su comercio y los visos de modernidad, Siberia parece más municipio que Caldono.

El musgo de los árboles del parque vuelve más lúgubre la mañana fría. El verano está lejos y tan desdibujado como la paloma pintada en el suelo de la plaza central. Hay paz y ello se reconoce, pero también que hay amenazas, miedo en las noches, temores infundados por rumores que hablan de nuevos grupos, de retaliaciones, de señores de la guerra que acechan con la intención de recuperar su negocio de sangre. Pero si algo no se les nota a los indígenas es el miedo. La vida sigue normal. Hay gente en el mercado, en la plaza, en el resguardo y en la alcaldía. Los niños están en la escuela y los jóvenes en el colegio. Nadie ausculta al forastero, pero todos lo miran. Un policía pregunta para qué son las fotos y luego de la respuesta sonríe como con un aire de presunción, que en realidad es certeza: “Aquí no pasa nada”.

Nada grave, pero en Caldono pasan muchas cosas. Es jueves, día de mercado. Reuniones, capacitaciones y filas por doquier. De maestros, de campesinos, de indígenas, de ex combatientes, de escolares, de funcionarios de la Alcaldía, de la Umata (Unidad Municipal de Asistencia Técnica Agropecuaria) y hasta de feligreses, porque la iglesia se quedó arreglada a la espera del encuentro que nunca ocurrió. Fue una de las opciones, pero ni al presidente Duque, ni a los indígenas les pareció que Dios, la Virgen del Carmen, cualquier santo de capilla o los muros de la iglesia, garantizara la seguridad para el diálogo que consolidaría la finalización del bloqueo impuesto por la Minga Indígena, el martes 9 de abril de un año complejo. Alguien habló de “Caldonazo”.

Vea también: 

De mí a mí en Miami

En medio del parque –como un transeúnte más- una yegua mora pasta con su potranco como escolta. Nadie la molesta. Ha dejado sus bostas como prueba fehaciente de que el que la hace, la caga. No se ven muchos guardas indígenas y todos los policías están en su refugio. La vigilancia es colectiva y debe ser algo de eso que el resto del país llama malicia indígena. Pañoletas que dividen su color entre el verde y el rojo, circundan el cuello de quienes portan bastones de mando con cintillas de sietes colores. También jigras y mochilas tejidas, que guardan sin esconder. Hay mucho colorido. Murales y ‘chivas’. Paredes y flores. Sombreros y ruanas. Cuesta creer que semejante luminosidad haya sido opacada algún día por una guerra que aquí quieren erradicar del territorio y de la mente.

Indígenas con manos fuertes y pies embarrados. Ya no hay alpargatas o cotizas de caucho y fique. Ahora todos los pies van cubiertos con marcas famosas. ‘Piratas’ claro, pero reconocidas en el mundo. Tenis Adidas, Puma o Nike, cubren los pasos de sus historias, de su lucha, del recorrido y la movilización de su palabra. Todas fabricadas en algún garaje de la China o de Soacha y vendidas a ellos como un elemento más del progreso. Tampoco hay muchos caballos. Solo motos y más motos. Enjambres de motos. De más progreso y desarrollo, con la diferencia de que los indígenas toman de la tecnología lo que les sirve sin perder sus arraigos. Aunque, por supuesto, hay casos excepcionales de jóvenes deslumbrados por las rutilancias de ciudad.

Con la pura lógica elemental -y la comprobación directa sobre el terreno-, uno puede afirmar que más vulnerable es la Casa Lúdica que el Parque Central del municipio. La primera queda a dos cuadras de la plaza, detrás del Comando de la Policía y al frente del cerro donde está ubicada la cruz que rige al pueblo y el lugar que sirve de mirador, donde se lee en letras gigantes YoCaldono. Desde allí cualquiera con una buena arma y algo de puntería, le puede acertar a un blanco que está a 500 metros. Debe aclararse que la Casa Lúdica (Casa de la Cultura) no es un espacio abierto en su totalidad. Pero en un país donde todo el mundo habla, pero pocos sostienen, varios conocedores del tema me aseguraron que el presidente y los indígenas no se reunieron, porque son igual de soberbios y se miden el aceite en cuestiones políticas.

Dos cuadras, escasos 200 metros, pero la cuestión es que hay 200 años de diferencia entre el mundo que representa el presidente Duque y el de los indígenas. “Nosotros gobernamos obedeciendo” dice una dirigente indígena. Por eso sus discusiones y decisiones se toman en grupo, en cabildos abiertos, no en recintos cerrados en horas de la madrugada y de espalda a quienes se verán afectados. En teoría así es la democracia: se elige a quienes nos representan y deben funcionar para nosotros. Pero en estricto sentido, eso no ocurre. Duque en campaña visitó resguardos, besó niños indígenas, se coronó de penachos y hasta se inclinó en rituales. “Pero ahora nada le sirve”, asegura un campesino de la zona que apoya la causa indígena, porque es su misma causa.

En un año la parroquia del pueblo cumplirá 280 años. En muchos aspectos, aquí el tiempo no ha pasado. O, mejor, es pasado. Un pasado eterno. Un tiempo estancado, como si la evolución no fuera una particularidad de cualquier organismo vivo. Tal vez por eso admiran el colibrí, porque sabe volar hacia atrás. Es gente pequeña, cuya unión la hace grandiosa. Son seres de rasgos fuertes y pieles cetrinas. Algo taciturnos, pero es solo una imagen en contravía de su incontenible proyección social. Todavía tejen con sus manos y hablan su lengua. Todavía saben cuándo sembrar y podar, cuándo cosechar y procesar. Cuándo va a llover, porque las hormigas trabajan con más ahínco; y las chicharras, se estallan de tanto cantar. Cómo se cura un dolor con una infusión o una herida con un emplasto de yerbas. Saben sobrevivir, lo han hecho siempre.

En Santa Rosa, a 25 minutos del casco urbano, está uno de los Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación de la región. El otro está a más de una hora, en Pueblo Nuevo, en la vereda San Antonio de Los Monos. Entre los dos albergaron medio millar de desmovilizados. Muchos partieron. Unos a buscar a sus familias y otros con rumbo desconocido. Pero todos saben que la guerra vuelve a llamar a quienes no saben hacer nada más. Proyectos agrícolas y artesanales, capacitación y aprendizaje, son ahora la esperanza para quienes no conocían otra vida, que no fuera la de tenerla siempre en riesgo. Su percepción, es que el ciudadano no aprecia la paz, porque no vivió la guerra. Caldono sí, este municipio se ha construido con sangre y muerte, pero también con una resiliencia que haría palidecer al ave fénix. Se ha levantado de sus cenizas, de sus escombros, de las balaceras y hostigamientos, de los tatucos y cilindros bomba. Y se sobrepone al asesinato de sus líderes sociales. El Cauca aparece en varios informes como el departamento más afectado por este flagelo y Caldono -junto a Miranda, Corinto, Toribío y Buenos Aires-, resiste con algo de frialdad.

Le puede interesar: 

“Yo te amo desde el día que nací”

Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

Noticias Relacionadas