Lunes, Julio 6 2020

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Bocado de hambre

No hubo entonces mucho para celebrar en el Día Internacional del Trabajo. El panorama es más desalentador que el más pesimista de los pronósticos. Hoy los empresarios tienen todo el aval (qué coincidencia más nefasta) para hacer con sus empleados lo que les parezca, sin control político alguno.

Bocado de hambre
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

Ha sido un 1 de mayo atípico. Bueno, ha sido un marzo, un abril… y será un año atípico este 2020. Pero el día en el que escribo estas líneas pasará a la historia como el menos trabajado de los últimos cien años de un mundo frenético que desde la Revolución Industrial se había detenido solo con la gripe española y ahora debió no solo parar sino encerrarse a la fuerza. No se habló como hace ya un cuarto de siglo de la progresiva precarización laboral, porque lo que estamos viviendo es la antesala de la más profunda crisis del empleo como lo conocíamos. O del desempleo. Por estos días se ha desnudado del todo lo que los movimientos sindicales han venido denunciando y se ocultaba con mezquindad: la explotación laboral asumida como un privilegio. Hay mucho trabajo, pero poco empleo digno. El que lo ofrece explota y el que lo tiene soporta. No hay de otra. El sistema obliga. Y lo que se viene será peor que todas las muertes juntas provocadas por Covid-19, porque las medidas atienden la lógica del capital y no de la humanidad. Con las limosnas obligadas a los pobres -sacadas por ley de sus raídos bolsillos en forma de contribución-, se garantiza la fortuna de los ricos, que no echan mano de su capital para salvar empresas o trabajadores.

Uno quisiera ser optimista pero la realidad no lo deja. Comparto -con el respeto y las obvias distancias- esa apreciación de don José Saramago sobre la vida, sobre la condición humana y esa predisposición a que las cosas empeoren. O con el gran Emile Ciorán: “Cada uno se agarra como puede a su mala estrella”. No hay discurso político que no hable de lucha contra la corrupción, pero ésta en vez de reducirse, ha crecido con evidente perfeccionamiento de su accionar. Lo ven a uno borracho y lo empujan, dice un amigo. Tampoco se reduce la pobreza, ni se mejoran las condiciones de millones de personas en el mundo a las que no les llega el desprestigiado desarrollo, sin progreso claro. Hemos confirmado en el confinamiento que muchos trabajos pueden hacerse desde la casa y no son tan determinantes como otros a los que no se les valora en su real dimensión. La sociedad ha vuelto la mirada sobre el campesino o el médico; y la ha alejado del youtuber o el influencer. Será algo pasajero, la estupidez no sabe de lecciones o reflexiones. Tampoco la muerte de estadísticas. Cien de cien moriremos, solo que en breve la cifra por inanición será mayor.

Agonizaba abril y la conmemoración de las muertes de idealistas como Jaime Bateman o Carlos Pizarro, revolcaba -en medio de la inadvertencia que provoca la infopandemia mediática- luchas que hoy tienen tanto sentido como cuando ellos vivieron hace 30 años. O cuando existieron Cervantes, Shakespeare, Jorge Isaacs, Aimé Césaire, Gabo, Günter Grass o Eduardo Galeano. Todos muertos en abril, el mes que escogen los idealistas para abandonar este mundo. Esos que creyeron siempre en el cambio, en la gente y en las buenas intenciones de sus líderes, en las posibilidades de igualdad y calidad de vida para los más pobres. Los mismos que adelantados a su tiempo asumieron que eran posibles modelos armónicos cercanos a la lejana perfección y que hoy -como bien lo describen los imaginarios religiosos de la cultura popular- deben estar revolcándose en su tumba al ver cómo en medio de la más terrible crisis emerge el lado más oscuro de la condición humana. Y se ratifica la fragilidad de un sistema que hace más de dos siglos se sostiene sobre los hombros de la clase obrera y el hambre.

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Y entonces evoca uno el ‘gran sancocho nacional’ que proponía el revolucionario samario del cabello ensortijado, los huesos largos y las ideas claras, para cambiar el sistema y que los hambrientos no fueran mayoría. Y la súplica romántica disfrazada de ofrecimiento elemental, simple y sencillo, del ‘comandante papito’: que la vida no sea asesinada en primavera. Las luchas quijotescas contra monstruos reales, que dejaron de ser imaginarias. El dilema eterno de ser o no ser. El fortalecimiento de la educación para negros e indígenas -hoy siguen siendo clases menos favorecidas- que proponía el escritor caleño más importante de todos los tiempos. La reivindicación de las negritudes y el abandono del colonialismo, sugeridos por un negro brillante nacido en Martinica. Las estirpes condenadas a cien años de soledad sin una segunda oportunidad sobre la tierra. Verlo todo, no poder participar de nada y estar condenado a ser un enano social que incomoda con su tamborcito de hojalata. Y claro, esas venas de América que siguen abiertas. Sin duda estos hombres quisieron cambiar el mundo, pero murieron como reza el formidable poema de Harold Alvarado Tenorio, Proverbios, cumpliendo el cínico papel de hombres sabios. Y la vida sigue igual o, peor aún, execrable. Lo predijeron casi todo, menos la profundidad de hasta dónde podíamos hundirnos. Millones mueren de hambre mientras el mundo produce comida para el doble de la población de un planeta atestado, donde el egoísmo inconsciente lo cubre todo con su manto neoliberal y estrictamente financiero.

No hubo entonces mucho para celebrar en el Día Internacional del Trabajo. El panorama es más desalentador que el más pesimista de los pronósticos. Hoy los empresarios tienen todo el aval (qué coincidencia más nefasta) para hacer con sus empleados lo que les parezca, sin control político alguno. Amparados en medidas arbitrarias, supresión de los derechos y esa idea capitalista que asume el dejar de ganar como perder, sobrevendrán reducciones de salario y aumento de trabajo, so pena de despidos justificados por la desaceleración de la economía y la crisis del comercio a todos los niveles. Las cadenas de producción funcionan como nunca y los bancos como siempre, prestando la sombrilla cuando hace sol y quitando el paraguas cuando llueve. La desigualdad ampliará sus dominios, la pobreza reinará sobre la cúspide de la miseria, el hambre atrapará entre sus fauces no solo a los famélicos etíopes o a los somalíes ennegrecidos aún más por los nubarrones de moscas, porque las dificultades volverán a la esencia primitiva de conseguir lo básico para comer. La salud, seguirá siendo una quimera. Y la educación, un desafío.

La situación no es irremediable, pero bastará el anuncio de la vacuna, de la pócima redentora, para darle la razón a Discépolo y convencernos de que el mundo fue y será una porquería. No importa que haya muerto el siglo XX, porque nos dejó su inmundicia problemática y febril. Brotará la nueva potencia dominante, tal vez con ojirasgada visión, pero siempre con la explotación como estandarte. Sacará todas sus cabezas para engullirse a los más débiles, para endeudarlos hasta la asfixia y estrangular sus ilusiones. La presión tecnológica fortalecerá sus grilletes y la clase media obnubilada por sus aparentes privilegios estará más esclavizada que los condenados a la eterna pauperización. Dichosos los desconectados, por decisión u olvido. Como se proyectan las cosas, la vida no será para todos. Así ha sido a través de los siglos, pero ahora se fragua como el resultado de lo inevitable, de la venganza de la naturaleza, del designio de lo invisible, cuando es el resultado de malas decisiones históricas. De la marginalidad y la exclusión provocadas por todos los ismos posibles: eurocentrismo, colonialismo, imperialismo y ese monetarismo codicioso al que nada detiene.

Los huecos sociales en el mundo son troneras. La tragedia no es un virus, que pareciera selectivo y deliberado. El virus es el hambre, que se esparce como fumigación inefable. La bacteria es la pobreza que todo lo corroe. Los microbios los gobernantes y el mayor bacilo el poder económico imperante. Y nada de esta purulencia la remedia una vacuna. La ruindad humana no se detendrá porque murieron otro puñado de miserables y unos cuantos con privilegios. Los incompetentes seguirán gobernando porque el libre albedrío cedió su tarea a la manipulación cibernética que con algoritmos hace creer que se elige. Solo se muere una vez, pero el hambre mata un poco todos los días y la pobreza aprieta el cuello de los más débiles. El manejo de los asuntos públicos seguirá siendo privado y cada que necesiten volverán a encerrarnos para que no se nos olvide el miedo. Y para que el enemigo se proyecte en todos nuestros espejos. El ahorro será una utopía y darse por vencido un cataclismo de Damocles permanente. Volveremos a la antiquísima prioridad de vivir solo para comer. Al fin y al cabo, después de calmar el hambre el hombre lo perdona casi todo.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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