Martes, Diciembre 11 2018

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Primeras crónicas de un estado policivo

El Estado policivo ha puesto en funcionamiento, de manera exitosa, su arma más poderosa, la censura. Lo que está porvenir aterra.

Primeras crónicas de un estado policivo

29 de Enero de 2017, un día antes de la creación del Estado Policivo. El Estado social de derecho está a punto de terminar. El gobierno  logró que los miembros del Congreso, de manera casi unánime, aprobaran el Código Nacional de Policía. Bajo el pretexto de mejorar la convivencia y la seguridad de los ciudadanos se concedieron facultades excepcionales a la policía para capturar a las personas y allanar sus domicilios y residencias sin orden judicial, disolver manifestaciones y protestas por causas nimias, perseguir sin cuartel a los vendedores ambulantes, imponer multas a las personas a diestra y siniestra, inclusive por alzar la voz o discutir en la calle, privar de la libertad a los ciudadanos mediante las figuras de “traslado para protección” y  “traslado para procedimiento policivo”. El traslado para protección fue visto como una idea original de un joven asesor del gobierno pero en realidad este la había fusilado o copiado del régimen de “custodia protectora”, adoptado pocos días después del nombramiento del Adolf Hitler como canciller alemán y utilizado en contra de los primeros prisioneros de la dictadura nazi.

Era una mañana calurosa y en la casa de Diomedes aún se escuchaba la algarabía de los últimos borrachos que había dejado la rumba de la noche anterior. Un joven de unos 20 años se mantenía de pie pese a que había ingerido cerveza en grandes cantidades. A capela empezó a cantar lo que parecía ser un vallenato. Motivado por su propia voz salió a la calle y convirtió su desentonado canto en una gritería ininteligible. Sus camaradas lo miraban adormilados desde el interior de la casa y lo aupaban con risotadas.

Una patrulla policial advertida de la presencia del borracho acudió al lugar. Se trataba de dos jóvenes atléticos a bordo de una motocicleta. En cuanto estuvieron a unos metros el indisciplinado cantante salió corriendo. El conductor de la moto, que hacía parte del “primer cuerpo de policías protectores de ciudadanos indefensos o gravemente alterados” le gritó a su compañero: “es un 155”, haciendo referencia al artículo del Código Nacional de Policía con ese número y que los facultaba para capturar a las personas, cuando fueran sorprendidas deambulando en estado de indefensión o bajo el efecto del consumo de bebidas alcohólicas, con el fin de “brindarles protección”. Su compañero que no había asistido a los cursos de instrucción pero que  se mantenía informado por las redes sociales, le recordó que la ley entraría en vigencia al día siguiente. Pero el reclamo fue ahogado por el ruido del motor.

Los habitantes del Distrito de Aguablanca de la ciudad de Cali están acostumbrados a presenciar las persecuciones policiales, pero en esta ocasión la carrera del desesperado muchacho despertó curiosidad.

-¿Qué habrá hecho? Seguro mató a alguien. Se le ve en la cara-, comentaban las personas al paso del pequeño tropel.

Exhausto, el joven ingresó a la primera casa que vio con la puerta abierta al doblar una esquina. En una pequeña sala varios niños jugaban frente al televisor. Cruzó hasta la cocina en busca del patio. Una mujer preparaba algo de comer. Presa del susto no atinó a decir nada. El muchacho la miró  más asustado aún. Comprendió que la casa no tenía patio. Miró hacia la única habitación en busca de una cama para meterse debajo de ella pero solo había un enorme colchón sobre el piso donde yacía durmiendo un hombre. Se dirigió a la salida y cuando intentó cruzar el vano de la puerta los dos policías lo agarraron con fuerza.

Otras patrullas se habían sumado a la persecución, doce policías rodearon al prófugo. Aterrado, el muchacho se lanzó al suelo, mientras gritaba: – Suéltenme, yo no he hecho nada.

No dejaría que lo llevaran de nuevo a una estación de policía. Su cuerpo aún conservaba los moretones de la última vez que lo habían detenido. En esa ocasión estaban pidiendo documentos y él prefirió correr antes que  mostrarlos pese a que los tenía en regla.

Los dos policías intentaron infructuosamente subir al detenido a la moto. Los demás acudieron en auxilio. Un policía veterano se acercó y le propino un puño en la cara al reo. Medio nockeado el muchacho tuvo fuerzas para oponerse al arresto. Enseguida intervinieron los demás. Unos lo pateaban, otros lo golpeaban con los bolillos en las piernas y los brazos, y no faltaron los golpes en la parte baja de la espalda.

Los curiosos ahora indignados por la brutal paliza que la policía le propinaba al joven sospechoso de deambular en estado de indefensión y bajo los efectos del alcohol, lanzaban insultos a los uniformados. Las mujeres gritaban histéricas que no lo mataran.

-Miserables, por eso nadie lo respeta- balbucía un viejo, sorprendido por los acontecimientos mientras tomaba el sol en la puerta de su casa.

Para aliviar el dolor, pero también para evitar que lo subieran a la moto, el joven, tensionaba todos los músculos de sus cuerpo dando la impresión de sufrir un ataque de epilepsia.  Agotados, los policías desistieron del empeño y lanzaron al infractor al piso, cuatro de ellos lo inmovilizaron pisándole la cara y la espalda. Bajo el peso de la bota que apestaba a estiércol, el indisciplinado ciudadano a punto de perder la conciencia susurraba con las últimas fuerzas que le quedaban: “suéltenme, yo no he hecho nada”.

Una camioneta de la policía se abrió paso entre los vecinos que estaban a punto de convertirse en una turba furiosa.

-Súbanlo- ordenó el conductor. Los policías que lo mantenían pisoteado lo tomaron de los brazos y las piernas y lo subieron al plantón del vehículo.

-Y, ¿este qué hizo? – esputó de nuevo el conductor.

-Nada mi cabo – respondió en voz baja el único policía que no participó de la golpiza.

30 de enero de 2017. Entra en vigencia el Código Nacional de Policía. La página oficial de Facebook de CALI ES CALI, fue cerrada por haber publicado un video donde aparecen varios policías golpeando salvajemente a un indefenso ciudadano. En su cuenta de twitter @CaliesCaliCOL los blogueros censurados escribieron: “policías y familiares reportaron y eliminaron nuestra página”. El Estado policivo ha puesto en funcionamiento, de manera exitosa, su arma más poderosa:  la censura. Lo que está porvenir aterra.

La opinión de los blogueros no refleja el pensamiento editorial de 90minutos.co

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