Martes, Julio 16 2019

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Blancorexia

Hace unos años los diseños de sonrisa eran una opción a la que solo podían acceder miembros del jet set criollo, uno que otro cantante con sueños de figuración en la alfombra de nuestra ‘farsándula’ y casi todas las modelos que aparecen en los videoclips de música popular.

Blancorexia
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

Debo advertir, tengo los dientes amarillos. Completos, sin caries, sin placa, sin piorrea, sin gingivitis, pero amarillos. Damas y caballeros, debo confesarles: los dientes, son amarillos. Bueno, amarillos lo que se dice amarillos no, pero si nácar, algo beige, un cafecito en leche clarito. Mejor dicho, color hueso. Y es lógico, están hechos de lo mismo, de calcio. No son uñas pero tienen esmalte; y marfil, no solo en los colmillos, sino en toda la dentina; son más fuertes que el concreto y también tienen cemento; y, aunque parecen huesos pulidos, tienen pulpa. De modo que no insista, no pueden ser más blancos que la nieve. Si considera lo contrario, usted padece blancorexia, una obsesión enfermiza por tenerlos más blancos que nalga de albino, para pelarle la muela al mundo.

Metido ya en este laberinto, me da lo mismo blanco que tinto. De modo que va otra confesión. El color de mi muelamenta es el resultado de tres factores básicos: la predisposición genética, el tinto, las bebidas oscuras y todas las porquerías del cigarrillo, que cada vez con menos periodicidad, pican mis pulmones. No porque algún temor comprobado por todos los cánceres del mundo me prive de tal placer, sino porque cada vez el goce infundado en todos su aspectos, le pasa a mi maltrecha humanidad unas cuentas de cobro impagables. Jamás el desaseo -por si alguna persona de blanquecina persiana se atreve a insinuarlo- ha sido razón para mi acaramelado frontis, que combina perfecto con las camisas marrones.

Pero vivimos tiempos extraños. La gente va por las calles con sus dientes blancos, muy blancos y su conciencia oscura, muy oscura. (Iba a decir negra, pero…) O con su mente en el mismo estado, que el color de sus dientes, en blanco. Ahora bien, las empresas farmacéuticas y de cosmetología venden la idea de los dientes blancos, como se vende ‘blanca’ en Nueva York. Carísima. La publicidad ofrece pócimas mágicas que está comprobado, no solo no blanquean los dientes, sino que producen caries por el alto contenido de azúcar y saborizantes para tener un aliento cool o muy fresh. Ustedes saben, el inglés lo pule todo. El resto lo hace el fhotoshop, ese invento que desde 1998 eleva la autoestima.

Los odontólogos entre tanto, recomiendan la crema sugerida por los visitadores médicos, que tampoco sirve de mucho, pero que como la lotería, es un costoso boleto a la ilusión. Nuestros abuelos utilizaban una mezcla de sal, arena fina y ceniza, que servía para el aseo bucal. Este se realizaba con el dedo, antes de acostarse y una hoja de naranjo o cualquier planta aromática como cepillo. Las cosas no han cambiado de manera sustancial, los ingredientes siguen siendo los mismos, solo que pulverizados, humectados y aromatizados con diversas esencias. Bueno, y los cepillos, que tienen más tecnología de las zapatillas Nike o Adidas.

En cualquier caso, jamás se volverá a la práctica de los antiguos romanos que se juagaban la boca con orines, en lugar de cepillarse tres veces al día. O de los egipcios, que pulverizaban piedra pómez, uñas de buey, cáscara de huevo, sal, pimienta y mirra. Ciertos pueblos asiáticos masticaban –y aún lo hacen- pepas de betel. Los hindúes, jengibre; los indígenas latinoamericanos, coca; y los hippies cardamomo. Algunos pueblos nacirema, utilizaban cerdas de marrano ungidas con brebajes para la limpieza bucal. Otros, como los esquimales, no utilizan nada. Tal vez por eso el beso no existe en su cultura. ¡Fo! En cuanto al hilo dental pude averiguar que nació en las playas de Ipanema, cuando por allá en los setentas las dos presas del demonio engulleron el bikini en su parte trasera, en busca del bronceado total. Yo utilizo palillo.

Lo cierto es que esta es una generación de resultados rápidos, no de procesos, entonces para tener unos dientes blancos aparecieron las soluciones mágicas: las fachadas. Unas chaquetillas que cubren el diente original, unas corazas que entrompan la dentadura de quien se somete a estas extensiones bucales. Dicho de otra forma, si el aguardiente es la versión líquida del fhotoshop, estos baldosines son la versión sólida de la felicidad, porque si usted quiere reconocer unos dientes artificiales, limítese a contar cada cuánto sonríe el portador de la falsaría dentición. Y los blanqueamientos, unos procesos más abrasivos que las esponjillas bombril y más peligrosos que el mismísimo escorbuto.

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Hace unos años los diseños de sonrisa eran una opción a la que solo podían acceder miembros del jet set criollo, uno que otro cantante con sueños de figuración en la alfombra de nuestra ‘farsándula’ y casi todas las modelos que aparecen en los videoclips de música popular. Pero hoy están al alcance de cualquier mueco. Sigue siendo costoso, pero para eso existen los chinos, que lo copian todo y lo venden más barato. Y los odontólogos chimbos, que sin graduarse o con un cartón de higienista o asistente, le repellan las muelas por una módica suma. Suma de riesgos claro está, porque nada pareciera detener la atávica fijación humana de aparentar.

Supe de alguien que por pura imagen tuvo brackets. No los necesitaba, pero estaban de moda. Sus dientes no estaban chuecos, pero si su cabeza. De hecho, aún me pregunto cómo puede alguien torturarse por el simple hecho de proyectar una imagen física que le pide la sociedad. Y lo más grave, sin interesarse por las otras imágenes que conforman la personalidad: la espiritual, la sentimental, la conceptual, la intelectual si se quiere, la que forja el carácter y nos proyecta ante el mundo. Espero claro que la persona aludida no se ofenda, pues solo estoy informando sobre dónde están abiertas sus heridas. Enjuague e Isodine solución.

Pero volvamos a las carillas y coronas dentales, esas son las que vemos y de corazones poco sabemos. Las hay de resina y de porcelana. Las primeras son una mezcla de materiales sintéticos, cuya apariencia no es tan natural. (En realidad, nada como la realidad). Las otras, son menos costosas que las de zirconio, pero funcionan como fundas para mejorar la sonrisa, en términos de apariencia y algo de funcionalidad. Es obvio que algunos diseños no son muy naturales que digamos y que es más fácil reconocerlos, que curarle la caries a un mandril, pero vivimos la tiranía de la sonrisa perfecta. De la blancorexia infame que ha llevado a muchas personas a cometer peligrosos excesos, que no solo ponen en riesgo su salud, sino la imagen…del paciente y del odontólogo.

Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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