Viernes, Noviembre 15 2019

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Aulas de soledad

Todos sabemos que internet -y la tecnología en general- se ha desbordado de tal forma, que asistimos a una especie de angustia colectiva generada por la imposibilidad de asimilación directa o inmediata de la información que recibimos.

Aulas de soledad
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

No es una cuestión estrictamente generacional, pero en el Festival Internacional de Literatura Oiga Mire Lea; o en las carpas de la Feria Internacional de Libro de Cali, se ven sobre todo viejos. Digamos adultos, para que un amigo no se mortifique. Los mismos de siempre. Esa manada de dinosaurios que aún lee libros. Los jóvenes asisten más como turistas que como espectadores. Se dan un roce. Se toman algunas selfies para compartir en su estado. En este mundo vertiginoso y visual muy pocos están dispuestos a escuchar. A asumir la recomendación de Alfredo Molano: escuchar es una manera olvidada de mirar. A volver sobre el principio, sobre el diálogo como expresión y esencia del conocimiento. Y claro, se venden libros. Pero estos espacios no son solo un mercado donde suenan las cajas registradores, sino un torbellino donde fluyen las ideas, donde se arrojan y se pescan.

Todos sabemos que internet -y la tecnología en general- se ha desbordado de tal forma, que asistimos a una especie de angustia colectiva generada por la imposibilidad de asimilación directa o inmediata de la información que recibimos. Eso sin mencionar el razonamiento y la comprensión, procesos cognitivos de más hondo calado. Los libros ahora también deben luchar contra otro monstruo: lo digital. En medio de un evidente angostamiento de esta brecha, crece la sensación no confesa de que no es posible abarcar, confrontar y entender, el volumen de información que se produce o nos llega. Y eso ocurre en cualquier escenario o nivel socioeconómico. De ahí que todo aquello que en sociedad se había construido para entender el mundo, hoy está patas arriba. La cuestión es preocupante: aquello que se nos vendió con la idea de simplificar el mundo, hoy lo ha complejizado.

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Por lo mismo, cuesta entender que en las universidades, los eventos que se organizan (para dar información sobre cómo enfrentar la avalancha de la información), estén casi siempre semivacíos. La libertad de asistir a los mismos, pareciera inferior y no equiparable a la decisión de abandonarlos. Y lo anterior, sin el menor grado de conciencia sobre el irrespeto que ello suponía hace unos años. Las instituciones y sus organizadores, buscan estrategias para captar la atención de una generación de internautas autómatas que solo socializan en la nube. Para quienes consideren que esta es solo una nostálgica reflexión, no está de más recordar que el conocimiento siempre nos ha enfrentado a una gran cantidad de decisiones y de interrogantes, que si no estamos preparados para salir a su encuentro, terminan por llevarnos a un paralizante estado de indeterminación. La negación ante la impotencia.

Hay que mendigar asistentes. Entregar dádivas. Ofrecer décimas o puntos. Ya ni poner trabajos alusivos resulta efectivo. Todo está en la red. Terminarán por hacerse rifas o descuentos en las matrículas, para que los estudiantes asistan al encuentro con las experiencias que persiguen el conocimiento. Las redes han complicado las cosas. Y lo han hecho a tal punto, que se necesitan tutoriales para todo. Incluso para hacer que quienes asisten a una conferencia, no se comiencen a salir a los quince minutos. No importa el tema o el ponente, sus apoyos o estrategias, su versatilidad o carisma. Nada. El abandono de un recinto es la norma. El ejército de cabezas gachas, solo responde a las vibraciones de su teléfono móvil. Ya ni los estadios se llenan, solo en los conciertos.

El contenido ha dejado de ser el rey, en un mundo donde la conversación virtual es la reina. Se asombraría Charles Bukowski si leyera que además de los tugurios, los vertederos, los manicomios, los hospitales y las tumbas, de su poema A solas con todo el mundo, ahora también se llenan los centros comerciales, esos museos de los pobres, donde la gente va a mirar e ilusionarse, o a comprar lo que no necesita con el dinero que no tiene. También se llenan los balnearios, las discotecas, las iglesias, y todos esos lugares donde el ser humano busca la felicidad. Menos las bibliotecas, esos espacios de museo donde reina el silencio, la soledad y el aburrimiento. O las conferencias, donde las experiencias creativas dan cuenta de su relación con este mundo de redes, donde se le vaticina la muerte a todo aquel que no salte a su precipicio. Tampoco se llenan los salones o los auditorios. Si no es con influencers. Algo no está bien.

Si vivimos en la cultura del envase, como nos dejó dicho el maestro Eduardo Galeano, donde importa más el matrimonio que el amor, o más el ataúd que el muerto, pues habrá que capacitarnos en diseñar envases atrayentes, sin abandonar la idea de que el contenido debe ser igual o mejor. Pero solo nos están vendiendo paquetes. No importa si son noticias, papas fritas, condones o presidentes. Basta ver los niveles de aceptación de Trump, Bolsonaro o Duque y confrontarlos con sus propuestas. Hay una distancia tan grande, como la que hay entre la realidad, la inteligencia y la capacidad de análisis de sus electores. Ya nada es privado, porque ya todo es monitoreado a través de los aparatos que como apéndices han adherido a la humanidad. Click.

Cada día nos enfrentamos a estudiantes que solo quieren trabajos en grupo, porque allí está la posibilidad de no hacer nada. O muy poco. Porque saben moverse en el pensum como en un juego donde se esquivan obstáculos. La clave es no cursar asignaturas complicadas, que supongan esfuerzo, dedicación, compromiso, disciplina, en suma: trabajo. Y menos con profesores exigentes, esos son los malos. La participación en clase hay que promoverla más que la asistencia a un circo pobre. La puntualidad es un defecto y el rigor una aberración. Las notas no se asumen como una valoración, sino como un regalo que debe darse porque sí. La alegría de leer es una vieja cartilla de los abuelos. El examen es una tortura psicológica y el taller, una herramienta efectiva si las respuestas están al respaldo. Las cancelaciones no son obligadas por la dificultad sino por la pereza. El facilismo cunde como una peste de la que se ufanan los contagiados. Recorro la Feria y me encuentro a un alumno. Está leyendo. No es un libro mío. Hay esperanzas, no todo está perdido. Intercambiamos números y un par de ideas, que ustedes acaban de leer.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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