Lunes, Diciembre 10 2018

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Así como nosotros perdonamos

Leí la frase que voy a citar a continuación en el libro "Dime quién soy" de la escritora Julia Navarro. Es una frase que anoté en un lugar especial y la traigo a reflexión, porque me parece de una profundidad interesante. La frase es:"No hay deudas entre las personas que se quieren". Y digo que …

Así como nosotros perdonamos

Leí la frase que voy a citar a continuación en el libro "Dime quién soy" de la escritora Julia Navarro. Es una frase que anoté en un lugar especial y la traigo a reflexión, porque me parece de una profundidad interesante. La frase es:"No hay deudas entre las personas que se quieren".

Y digo que es interesante, porque nos invita a pensar si en verdad actuamos de esa manera, o por el contrario, vamos anotando en la libreta de "cuentas por cobrar", cada cosa que alguna persona nos hace y no nos gustó, incluso por parte de aquellos a quienes amamos.

¿Es usted de los que "borra y olvida" cada ofensa que su pareja le hace sin que quede ninguna cicatriz, aún si la ofensa fue de tamaño monumental? ¿O tal vez pertenece usted al grupo de los que dicen "yo perdono, pero no olvido", y a la primera oportunidad pasan a su pareja la correspondiente cuenta de cobro?

Si es del primer grupo, mis felicitaciones. Si es del segundo, permítame pedirle que siga leyendo este texto, para que encontremos alguna luz al respecto.

El matrimonio es el estado ideal para un ser humano. Dios lo instituyó, más que como un sacramento mediante el cual un hombre y una mujer se unen para compartirlo todo hasta que la muerte los separe, como la oportunidad ideal para que el ser humano se realice en pareja. Y esto parece sencillo de entender, pero es bien difícil de practicar, porque estamos hablando que es para toda la vida.

Compartirlo todo es compartir lo bueno, lo malo y lo feo (y aún lo terrible) que la vida pueda traer. Y con las tres primeras tal vez no hay tanto problema, pues compartir lo bueno es fácil, compartir lo malo puede ser llevadero y compartir lo feo puede hacerse con algo de esfuerzo y dedicación.

Sin embargo, cuando se trata de compartir las cosas terribles, ya hay que tomar el tema con pinzas: es terrible tener que compartir (y sobrevivir) una enfermedad catastrófica. Es terrible compartir una crisis financiera profunda después de haber disfrutado las mieles de la abundancia.

Y es terrible compartir (y perdonar) una traición que te ha roto el corazón y la vida en mil pedazos. Y justamente por lo difícil que es asimilar una traición, es que la vida está llena de personas que nunca hubiesen sido infieles, pero que lo fueron cuando descubrieron que su pareja lo fue primero.

Es el famoso "ojo por ojo y diente por diente". Quienes hacen esto son personas comunes, que reaccionaron movidas por el dolor profundo, y que muchas veces ni siquiera tuvieron la oportunidad de reflexionar si cabía alguna posibilidad de perdonar. Simplemente actuaron como reacción a una acción, y quizás a los pocos minutos ya se habían arrepentido de lo que acababan de hacer.

Y ese "arrepentirse" ¿es suficiente para "perdonar y olvidar" y comenzar una nueva vida sin el lastre de ese intercambio de traiciones? Tal vez no. Tal vez se necesita mucho más para lograr reparar un corazón roto y una esperanza perdida. Tal vez lo que hay que hacer se resume en estas tres cosas:

a.)   Lo primero es botar a la basura la libreta de "cuentas por cobrar".

b.)   Sí no hay libreta, no hay anotaciones. Es decir, que cada situación que llegue (porque llegarán) debe resolverse de inmediato y sin que queden pendientes de ninguna índole. ¿Y cómo hacer esto? Entendiendo que esa persona que está a tu lado es tu mitad, no es "otra" persona, es parte de ti, de tu naturaleza, es parte de tu cuerpo y de tu alma. Es entender que si uno de los dos pierde, pierden ambos, y que si a uno le duele algo, les debe doler también a los dos. Así las cosas, ¿para que pasar cuenta de cobro alguna?

c.) En efecto, hay que arrepentirse y fijar el compromiso auténtico de no repetición de esos actos que ofenden, lastiman y hieren en lo profundo del alma y la dignidad. Es imprescindible entonces hacer pactos indelebles de comportamiento, para reconstruir la confianza y la esperanza perdidas. Compromisos y pactos que deben autenticarse, no en una notaría, ni delante de jueces, abogados o apoderados, sino delante de Dios como garante de la unidad, como testigo de la verdad.

Si así actuamos, sin duda cobrará sentido para nuestras vidas esa frase que citamos al comienzo: "No hay deudas entre las personas que se quieren".

Y si luego de esto todavía quedan dudas, es necesario traer a la memoria otra frase más profunda aún, pronunciada hace dos mil años por un sencillo carpintero: "perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden…" 

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