viernes, enero 15 2021

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Apelotonamiento

La población se aferra al azar, a la idea de que esto es más ficción que realidad, que la letalidad no es tal, que, si bien a cualquier puede darle esta gripa diferente, no a todos los va a matar.

Apelotonamiento
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

“Nadie encuentra jamás al otro. Los tugurios se llenan.
Los vertederos se llenan. Los manicomios se llenan.
Los hospitales se llenan. Las tumbas se llenan.
Nada más se llena”.
Charles Bukowski

Hay algo que no cuadra con respecto a las medidas contra la pandemia. Y no de ahora, sino desde hace siete meses largos, pero digamos que en la tal nueva normalidad hay unas normas disfrazadas de recomendaciones -o, al contrario- que rayan en la arbitrariedad y el absurdo. Que a todas luces profundizan las brechas sociales y que terminan pagando los de siempre, los que no tienen otra alternativa. Se puede ir a un bar, pero no a la universidad. Se puede ir al gimnasio, pero no al colegio. Se pueden llenar los supermercados, pero no las escuelas. Las iglesias, los moteles, las tiendas, las barras, las cigarrerías, los sistemas de transporte, todo se llena y debe advertirse el yerro del poema de Charles Bukowski. Hay una especie de cuidado selectivo, por el que se paga y pareciera garantizar inmunidad.

Entre picos, aplanamiento de curvas y nuevas olas, los medios informan y deforman otras realidades para seguir cosechando rating y pánico. Si en algunos países de Europa se toman decisiones sobre un nuevo confinamiento y toques de queda, pues corremos a alarmar y copiar sin analizar las circunstancias particulares. Hemos visto en medio de esta situación el Tour de Francia, el Giro de Italia y la Vuelta a España. Y hemos visto poca gente, pocos seguidores. Hay conciencia del autocuidado. Son 150 corredores en promedio, sudando, escupiendo, apeñuscados, dándose de codazos, orinando sin bajarse de la bicicleta, sometiéndose a fríos extremos, a vientos y neblinas intensas, a calores caniculares, a cambios abruptos de temperatura que son el caldo de cultivo perfecto para cualquier gripa. Y tapabocas para atender medios. Pero aquí montar en bicicleta es una provocación a las autoridades, que exigen de todo para lograr alguna dádiva.

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En los gimnasios donde los fluidos emanan como el ego y el autoestima se empaña como los espejos, el distanciamiento es el de siempre. Cada uno espera su máquina, las indicaciones del instructor y a veces una limpieza del amoníaco, la urea, las sales y el azúcar que empapan la trusas y licras de los obstinados Hércules y Ónfales de ciudad. Valga recordar que tanto el amoníaco como la urea son desechos que el cuerpo produce al procesar las proteínas y que el sudor es una manifestación de salud que sin desodorante o aseo se convierte en la mejor forma de distanciamiento social. Una mezcla de olor a cebolla, ajo y hamburguesería de mala muerte que aleja al o la que sea. Hay quienes llevan su toallita al cuello como el legendario Tirofijo y van armados con el frasquito de alcohol, pero de ahí a que el protocolo sea estricto hay una distancia considerable.

No se pueden hacer reuniones familiares. En teoría, claro. Fiestas, parrandas, ágapes o sangapus (un acrónimo que solo entenderán algunos involucrados y algunas sacrificadas. Me refiero por supuesto, a las gallinas). De malas a los que pillan o a los que no tienen amigos en la policía o plata para sobornarlos. En Colombia no se ha reducido la venta del licor una gota. Las celebraciones de cualquier cosa no solo no han parado, sino que se han incrementado porque se aduce desesperación y necesidad de socializar. La cuestión es que los bares han abierto y se cercan con una vallas, una especie de chiquero donde se debe pagar un poco más por ese espacio. Así como los pasajes de bus en el transporte intermunicipal, donde se paga el doble para ir solo en un puesto que es para dos. O los conciertos donde también se paga por un cuadrante donde los ocupantes del carro puede disfrutar del concierto sin someterse al rastrillo de desconocidos.

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Un solo destino

El fútbol sin público ha sido una desastre. Falta alma. Los fanáticos no puede asistir a los estadios, pero si llenar otros lugares. No se pueden aglomerar 40 o 50 mil en un escenario, pero si millones en sitios donde se bebe, se fuma, se grita, se abraza, se pelea, se sufre y se goza. Tampoco se pueden hacer torneos de barrio o jugarse los picaditos donde se apuesta la canasta de cerveza. Es decir, el fútbol recreativo se controla, pero no la multinacional. Esa no puede parar, así Cristiano Ronaldo sea positivo para Covid-19. O James se lesione las bolas y el equipo le pare más bolas a ese golpe que los gobiernos a la cantidad de personas en el mundo para quienes jugar fútbol o montar en bicicleta o bailar o ir al gimnasio son parte de la existencia vital. Una razón del existir. Del vivir atado a una práctica. Cuerpo y alma.

Embotellamientos en las ciudades. Amontonamiento en los pueblos. Apiñamientos en las galerías y centros de abastecimiento. Congestión en las plazas de mercado y en las carreteras. Hasta en las casas de lenocinio el gentío es la norma. Los vendedores ambulantes o los estacionarios o los callejeros no tienen otra alternativa que tirarse a las calles a rebuscarse la vida. Y los tapabocas se ponen mal o no se ponen. O son de materiales inadecuados. Y se venden manoseados. Sucios. Manipulados. Como se venden empanadas o jugos. Como se vende cualquier cosa en cualquier calle de Colombia o Latinoamérica. En cualquier parte de este mundo desequilibrado. De modo que los protocolos son también una cuestión de clase. Como la alimentación o la atención hospitalaria. Como la diversión o la lúdica. Veremos qué pasa con la noche de los niños y cuántas máscaras se caen. En los adultos que no es necesario desenmascarar.

En esta suerte de lotería que es el contagio, la población se aferra al azar, a la idea de que esto es más ficción que realidad, que la letalidad no es tal, que, si bien a cualquier puede darle esta gripa diferente, no a todos los va a matar. Y un poco de verdad hay en toda esta situación que llegó para afectarlo todo, aunque no logre cambiar nada en esencia. Pareciera que la educación siguen siendo la última de la fila. Solo las aulas siguen vacías. La presión de la virtualización pende como una espada de Damocles. Las ideas de Paulo Freyre de que los cambios en este campo no vendrán de quienes lo organizan a su conveniencia para perpetuar la ignorancia, son ahora una certeza para la que tienen la disculpa de la pandemia.

“Y nadie encuentra al otro.
Pero siguen buscando de cama en cama”.
Charles Bukowski


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Un abrazo

Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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