Miércoles, Noviembre 13 2019

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Ahí les dejo esos libros

Ojalá su entierro sirva para desenterrar sus libros. Ojalá las cenizas de su periodismo, se esparzan por todos los ríos de babas que corren por las facultades de la profesión que lo hizo grande.

Ahí les dejo esos libros
Crédito de foto: Especial para www.90minutos.co

Se ha ido Alfredo Molano. Ha muerto el hombre de la mirada infinitamente triste y los zapatos alegres. No pudo ver este país –que recorrió como ninguno- en paz. Ha desaparecido su cuerpo, porque su legado deberá acompañar a Colombia hasta que esta nación aprenda a escuchar al otro: sus razones e ilusiones, sus amores y sueños, sus tristezas y certezas. Hasta que sepa de una vez y para siempre, que matar no ha sido nunca la solución para nada. Nos deja sus libros, el testimonio escrito de una nación que se dedicó a oír con la convicción de que escuchar es una manera olvidad de mirar. Un cronista excepcional, un editor de voces distorsionadas cuando menos, olvidadas cuando más.

Enalteció el periodismo con historia subalterna por encima de la oficial, con sociología al servicio de los marginados, con antropología de cara a los desterrados, con sicología plena en la tarea de auscultar un territorio que se debate entre la realidad y la esperanza, y con todo cuanto se necesita para contar bien. Un hombre que confesó sin pretensiones, que lo único que hacía en sus textos, era editar lo que le contaba la gente. Así, de ese talente, con esa humildad, habló siempre. Jamás gritó, no hablaba duro, era muy pausado. Fuertes sí son sus libros, sus crónicas espléndidas, su historia con las historias de vida.

Se le metió a este país a las entrañas y lo respetaron todos. Entre trochas y fusiles narró la violencia sin violencia. Los años del tropel que no termina. La dignidad campesina. A lomo de mula o de lo que le tocará. De río en río. Del Llano llano a la montaña agreste. Del desierto a la costa. Ningún punto cardinal de la patria le fue esquivo, aún a pesar de haber estado en el exilio. Escribía desde las vísceras sin generar repulsión. Era capaz de contar la desgracia y la muerte con un lirismo que sensibilizaba sin denostar. Que sensibiliza, porque este tipo de hombres no se muere nunca. Basta ojear cualquiera de sus libros. Basta leerlo para quererlo.

Cuando en Colombia las armas no estaban empeñadas sino empuñadas, Molano se metió selva adentro, para narrar esa otra nación, ese revés que los medios no retratan y que sus compatriotas no conocen. Y lo hizo con la responsabilidad de quien respeta todas las versiones, pero las controvierte con evidencias y argumentos. Sus trabajos se zafaron de la densidad académica, de lo farragoso, de la conceptualización acartonada. Se dedicó como nadie, a contar este país desde el terreno y la esencia. Lejos de los escritorios y las salas de redacción, y cerca, muy cerca de la gente. Su escritura es una polifonía de voces transcritas con maestría.

Nadie como él supo hablar con los iletrados y transmitir su sabiduría desbordada. Su conocimiento básico, a veces instintivo, pero siempre tan eficaz. Con indígenas, con afros, con campesinos, con guerrilleros, con colonos y aventureros, con prostitutas, con pimpineros, con sicarios y paramilitares, con mineros, con raizales, con delincuentes y gamonales, con terratenientes y aparceros, con todos. Su vida fue un trasegar por el diálogo, por el entendimiento, por la paz, en suma, por la justicia social. En sin duda, el último sumo pontífice del periodismo nacional. El tendedor de puentes entre la sociedad y los hechos, entre los olvidados y el Estado.

Cada que este país necesite volver sobre su historia de muerte y sangre, deberá volver sobre las líneas que trazó Molano, que no están salpicadas de nada diferente a gente, a pueblo, a testimonio vital. Con el lenguaje y el tono que tienen las palabras cuando no están contaminadas, cuando su pretensión en contar el mundo tal y como les ha correspondido vivirlo, a quienes nadie cuenta ni tiene en cuenta. Los caminos que recorrió, son de plenitud, de satisfacción, de humilde mensajería, de traer desde los lugares más recónditos de la nación, un mensaje llevado en las andas de la sabiduría, la inspiración y la escritura eficaz.

Lejos de los conceptos científicos y la grandilocuencia, Molano -a quien lo menos que le dijeron fue utópico y cuya aspiración no va a morirse con él pero queda disminuida-, apostó por lo simple para acercarse a lo real. Escuchó y escribió sin usurpar los sueños, sin descalificar, sin abrogarse para él o para sus textos, un conocimiento exclusivo. Comprendió la tragedia desde la estrategia narrativa que una vez aprendió de los más humildes. En este país de todos los fierros, Alfredo Molano solo empuñó lápices. No trabajó con portátiles, solo con libretas. Con la fiereza de su puño y letra, relató con ternura la miseria humana y la desgracia nacional.

A Alfredo Molano le bastó una pluma para volar. Las garzas llaneras o los paujiles caqueteños, estarán hoy tan alicaídos como todos los que lo leímos con profusión y aprendimos de él que el periodismo nos debe permitir entender nuestra tragedia, pero también nuestros sueños. Se fue un hombre íntegro, un ser humano consecuente que articuló en todos los escenarios posibles: su pensamiento, sus opiniones y sus actuaciones. Un rango tan amplio y cercenado como el territorio mismo. Un ser aplomado. Un profesor como ninguno, de los que enseña con el ejemplo. Un amante de los caballos y de los toros. Un ser humano al que toda Colombia debería rendirle tributo por el aporte que le deja a las futuras generaciones.

Ojalá su entierro sirva para desenterrar sus libros. Ojalá las cenizas de su periodismo, se esparzan por todos los ríos de babas que corren por las facultades de la profesión que lo hizo grande. Ojalá su legado de testimonio, historia subalterna y creación literaria, no se haga trizas. Ojalá todos esos viajes a la identidad de personas y regiones, no se pierda en el desarraigo que provocan la mezquindad de los gobernantes y la manipulación de los dueños de todo. Ojalá la curiosidad cultural, su potencia creativa y el desacato a lo convencional, cundan como una plaga divina, en esta idea de nación que él tejió con el hilo de diversas disciplinas y una aguja sinigual: su escritura.

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