Lunes, Marzo 25 2019

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Adiós abuelita

Quién en Cali no sabe de La Vorágine en Pance. Pues allí trabajó la abuela de sol a sol. Preparando el futuro a fuego lento. Con sabor y ese manejo del fuego que solo es comparable con el de la vida. Una vida que transcurrió en medio de luchas y adversidades.

Adiós abuelita
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

En los años cincuenta Colombia vivía una violencia sin cuenta. Los muertos de las incontables masacres se arrojaban por volquetadas a ríos cuando menos y a fosas comunes cuando más. Los pájaros de dos colores –liberales y conservadores- inundaron los cielos de sangre bipartidista. Al Tolima llegaba la violencia tardía no solo para quedarse, sino para enraizarse.  Había empezado a mediados de los 40´s en Chulavita, un municipio boyacense, con el asesinato de un grupo de conservadores y se intensificó con el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán en el 48 y el posterior Bogotazo.

En Alpujarra, como en todos los municipios del Tolima, la vorágine de la Violencia con ve grande, como la de victoria, llegó a través de la radio, cuando estos aparatos eran un privilegio exclusivo de los ricos. Y a través de los púlpitos, porque la iglesia también azuzó los ánimos de quienes hasta ese momento eran vecinos o amigos. Los periódicos hacían lo propio en las ciudades capitales, que comenzaban a ensancharse no por planes y programas, sino por hordas de huyentes, de gente humilde que huía de la muerte por el solo hecho de seguir un trapo rojo o azul.

Bajo esas circunstancias, la mujer que hoy acompañamos aquí, se debatía entre su fe y la crianza de una familia huérfana de padre. Enviudó a los 32 años. Jamás se volvió a casar y nunca buscó el apoyo físico, emocional o económico de ningún hombre. La movía solo el trabajo y la fe, el respeto y la rectitud reverencial a los principios católicos, en un pueblo godo hasta los tuétanos. A lo poco que había dejado su esposo, le cayeron como buitres rapaces unos familiares de esos que avergonzarían hasta a una manada de hienas.

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Fue entonces cuando tomó la decisión más importante de su vida, esa que cambió el rumbo de su destino, del de sus hijos y de toda una estirpe que hoy se reúne para despedirla. Salir del Tolima. Huir de la Violencia. Proteger la vida. Pero los recursos no eran suficientes y las mayores debían dar el primer paso. Flor Alba, Dally y Cora Emma fueron la avanzada. Buscaron horizontes en Cali, adonde también habían llegado unos parientes lejanos en las mismas circunstancias. Se ubicaron en el barrio Nacional y a través de la costura comenzaron a tejer la historia de esta familia.

La zozobra, que era como una sombra que lo cubría todo, no cesaba. En Tolima o en Cundinamarca, en Huila o Valle del Cauca. En toda parte rondaba la muerte. Y tras la explosión del 7 de agosto de 1956 en Cali, la abuelita no pudo resistir más en la distancia y se aventuró el paso de La Línea, esa carretera que con tantos años como ella no ha dejado de construirse nunca. Y lo peor, que no se ha terminado. Era memorable su relato de semejante travesía. Porque en medio de tantas virtudes, era una narradora excepcional. Escucharla recitar la fisionomía de Simón Bolívar, por ejemplo, era una lección de historia y de memoria sublime.

Llegó a Cali con el resto de sus hijos, todos menores, y con su mamá, con la abuelita Mónica, que también vino a morir a esta tierra. Se radicó en el barrio Los Libertadores, el mismo que fundaran esclavos libertos de la Hacienda Cañasgordas, en un espacio cedido. Después pudo pagar una renta en el Belisario Caicedo y más tarde, otra en Villacolombia. Hasta que con mucho esfuerzo pudo adquirir un lote en la Nueva Floresta, otra hacienda convertida en barrio a fuerza de necesidad. Sin servicios, sin agua, sin energía, sin transporte, sin nada. Solo con la ilusión de sacar adelante a una familia.

Un horno de barro fue el sustento. Y el trabajo duro en la cocina. Porque claro, también era una excelente cocinera. Quién en Cali no sabe de La Vorágine en Pance. Pues allí trabajó la abuela de sol a sol. Preparando el futuro a fuego lento. Con sabor y ese manejo del fuego que solo es comparable con el de la vida. Una vida que transcurrió en medio de luchas y adversidades. De mucho esfuerzo y esperanza. De trabajo y sazón. Debió enterrar al pequeño Antonio, a la joven Venus Elda y hace poco, al tío José Ferney. Acompañó la viudez de mamá. Fortalecía a todo el mundo. No se derrumbaba. Era un roble, pero las maderas finas también sucumben al tiempo.

Superó a todos sus hermanos. A Ernestina, a Teresita, a Gentil, a Julio Enrique y a Clemencia, a Clemita, con los que ya estará en este momento escuchando y viendo cómo su legado se reconoce y valora. La vida ejemplar de una mujer excepcional se mide por la capacidad de forjar una familia y mi abuelita lo hizo. Sacó a sus hijas e hijos del absurdo torbellino bipartidista y los salvaguardó en la distante Cali. Lejos de la Violencia, pero muy cerca de su corazón, de su protección. Trabajó y luchó con honestidad y perseverancia. Así educó, con el ejemplo como estandarte. Hoy varias generaciones tenemos una vida gracias a su decisión y esfuerzo.

Gracias eternas abuelita por casi 99 años de buen ejemplo. Por poco menos de un siglo de vida que enaltece el hecho de vivir. Hoy estamos aquí para despedirte con agradecimiento. Sin remordimientos. Sin arrepentimientos tardíos. No puede ser de otra manera con un ser humano cuya vida no fue en vano. Que deja huella. Que enaltece la condición de mujer. Un ser humano íntegro que parte de este mundo terrenal, pero que vivirá por siempre en el corazón y la mente de quienes jamás te olvidaremos. Ya llegará el momento de volver a escuchar tus historias y sentir tus afectos. Descansa en paz. Adiós abuelita.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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