Domingo, Diciembre 16 2018

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¡A Tu Salud!, por Humberto Pupiales

Una sobredosis de indolencia humana: Nos arrebató a Carlitos  “Quien no vive de algún modo para servir a  los demás, Tampoco vive para sí mismo” Michel de Montaigne Sígueme en Twitter: @hpupiales Al momento de escribir esta nota, sus padres, dos humildes campesinos, lo lloran al pie de la urna mortuoria. En la distancia, también …

¡A Tu Salud!, por Humberto Pupiales

Una sobredosis de indolencia humana:

Nos arrebató a Carlitos

 “Quien no vive de algún modo para servir a  los demás,

Tampoco vive para sí mismo”

Michel de Montaigne

Sígueme en Twitter: @hpupiales

Al momento de escribir esta nota, sus padres, dos humildes campesinos, lo lloran al pie de la urna mortuoria. En la distancia, también lo lloro. Con él muere una ilusión mía. En pocas horas su pequeño cuerpo será llevado al cementerio.

Vi por primera vez, a Carlitos Andrade, hace cuatro años en su humilde rancho en la vereda La Ovejera, de El Tambo, Nariño. Pero lo conocí, realmente, 6 años después, el día previo a su muerte. A través de su sonrisa pura, como el agua cristalina, propia de su niñez, de su origen humilde, de sus doce años.

Ese día sus ojos tenían un brillo especial, cargados de una alegría infinita. Ese día se enteraba que alcanzaría su anhelo, que podría salir de su vereda para estudiar en el colegio del pueblo.

Luego entendería que esa alegría, era, también, premonitoria. Y sería la última vez que lo vería con vida.

Eran las 9 de la mañana, del pasado sábado, 6 de diciembre. 30 minutos antes de que el pequeño acudiera, con su madre, a la cita médica y que sería el comienzo de un largo y trágico día, que terminaría con su vida.

El médico de consulta externa, del hospital San Luis, de El Tambo, escucharía el mismo relato que me hiciera minutos antes: padecía un dolor agudo recurrente en el pecho, a la altura del corazón. Cansancio y fatiga al caminar, con sensación de ahogo. Y dolor de cabeza.

El corto relato en nuestro encuentro, alertó a la médica que estaba conmigo de manera casual. Allí mismo le hizo una evaluación física básica que la preocupó aún más.

Y allí mismo escribió en un papelito una nota dirigida al médico que lo atendería, en el hospital, en la que recomendaba tomar un electrocardiograma y seguir la evolución del estado del niño, por lo menos durante 24 horas.

Una nota que no tuvo respuesta. Ni una llamada devuelta al número del celular anotado al final del papelito.

Una nota que atendida en un 10% habría sido suficiente para salvarle la vida.

Por el contrario, cuenta doña Bertha Andrade, la madre de Carlitos, con desaire y desconsuelo, que el médico les dijo que el equipo para tomar el electrocardiograma estaba dañado. Que el corazón del niño estaba bien y los mandó devuelta a casa, con aspirina para el dolor de cabeza. Que volvieran en 15 días.

Así regresaron a la vereda. Ella aferrada a Dios y a fuerza de fe que fueran “verdad” las palabras del médico. Y Carlitos, absorto en la ilusión de su nuevo colegio: de su matrícula, de sus cuadernos, del nuevo uniforme que luciría el primer día de clases.

Pero el pequeño volvió a ponerse mal en la tarde de ese mismo sábado. Estando en casa de un vecino volvió a sentir la misma fatiga, el mismo dolor en el pecho y se desmayó. Lo rescataron sus padres. Y en brazos lo llevaron devuelta a casa.

¿Qué pueden hacer dos padres campesinos, sin un puesto de salud en la vereda y el Hospital más cercano, a una hora larga de distancia. Una distancia inalcanzable para una emergencia, sin medios de transporte disponibles. Y, además, con aquella respuesta del médico en la mañana, daba lo mismo que hubiera hospital.

La única vía que comunica a la vereda con la cabecera municipal, es una trocha de lodo y piedra, por donde una chiva y algunos camperos y motocicletas, se atreven a cubrir el transporte únicamente los sábados.

Qué podían hacer dos humildes campesinos, impotentes, en medio de la pobreza extrema, sin la capacidad para pagar un transporte particular. Y así tuviesen el dinero, tampoco había transporte.

La Ovejera es una de las veredas más pobres de Colombia. La miseria se ensaña y campea entre un bellísimo paisaje andino, de colosales montañas cubiertas por una colcha de retazos en casi toda la gama de los verdes.

El 90% de sus habitantes sobrevive con menos de la mitad de un salario mínimo y cada familia tiene un promedio de entre tres y cinco hijos. No tienen los recursos básicos de agua potable. La energía llegó hace apenas dos años.

LA ODISEA

Con agüitas aromáticas mejoraba por raticos y teníamos la esperanza de que no fuera grave.” Así comienza el relato de la odisea, Efraín Andrade, el padre de Carlitos. Cabizbajo, sus ojos negros se humedecen. Por más que se esfuerza, el duro hombre de campo, no puede ocultar la profundidad de su tristeza. Su voz se quiebra.

Y así pasaban las horas – de acuerdo con el relato del campesino – entre la esperanza y la incertidumbre, entre la tensa calma y el miedo, mientras el problema avanzaba y las crisis de Carlitos se hacían más intensas.

Sería en la noche, cuando se agudizaría la tragedia. Una lluvia pertinaz, antecedió a un torrencial aguacero, que hicieron aún más larga y tormentosa la noche en la humilde estancia campesina. En esas condiciones era imposible conseguir transporte.

La última alternativa era llamar al Hospital e implorar una ambulancia. El niño se moría.

“Las ambulancias son únicamente para las embarazadas”, fue la respuesta cortante que recibieron, cada vez que llamaron, cuenta doña Bertha. La angustia se apoderaba. Carlitos empeoraba.

Sólo hasta las 4 de la mañana, gracias a la solidaridad de otro campesino, de la Asogue, la vereda vecina; en una vieja camioneta, por entre el fango de aquella trocha y en pleno aguacero, los campesinos, con el niño, se aventuraron una marcha forzada en busca de salvar al niño.

Hasta un árbol caído se atravesó en su destino, cuando el aguacero era más intenso y la marcha se hacía más tediosa. Con un serrucho, debieron cortar el tronco en pedacitos para poder rehabilitar el paso. Y así lograron llegar al pueblo y tocar la puerta del  curandero e implorarle que salvara a su niño.

Después de aquellos desplantes del hospital, el instinto de padres, les hacía creer que quizá el curandero podría ayudarlos.

Y los ayudó. Fue hospitalario al abrir a eso de las 5 de la mañana, las puertas de su casa. “Estaban totalmente emparamados, los padres y el niño. Temblaban del frío. Por lo menos aquí tendrían el calor de este humilde techo”, dice el hombre que funge de médico de aquellos que han perdido su fe en la medicina o no tienen acceso a ella.

 De aspecto bonachón, oriundo de Santiago, Putumayo,  experto en yagé, dice que ejerce la curación desde los 13 años, por un don sobrenatural, que le ha permitido salvar la vida a tantos desahuciadospor la medicina convencional y hace un gesto con la cabeza, para hacer referencia al niño.

Cuenta que atendió al pequeño, en su improvisado consultorio: dos sillas rimax, dos pequeñas vetustas mesas de madera, que soportan algunas yerbas y envases medio llenos con líquidos. De la pared penden en desorden imágenes religiosas, algunas hierbas secas y una típica serie de bombillitos navideños.

Cuenta el curandero que “sopló” al niño y con un rezo particular, una especie de conjuro, intentó ayudarlo, mientras el pequeño, sudoroso, respiraba con dificultad y su cuerpo por momentos se desmadejaba en sus brazos.

Luego del conjuro, el curandero y su esposa, una locuaz campesina, alojaron a la familia, en una gélida habitación en la parte posterior de la humilde vivienda: el niño en una cama y los padres en el suelo. Llovía torrencialmente. El frío era penetrante.

“No paraba de llover, hacía mucho frío. Era todo lo que podíamos ofrecerles”,dice la esposa del curandero.

Ella describe paso a paso los últimos minutos de vida del niño. Su sabiduría o quizá su instinto le advertían que agonizaba. Cada vez que regresaba a la habitación así lo confirmaba. Pareciera que era la única que sabía la realidad. Los padres se aferraban a Dios y al curandero y el curandero al poder de sus conjuros, que tantas veces le había funcionado.

Y fue ella quien indujo al curandero, para que buscara la ayuda urgente.

Y fue el curandero quien buscó “auxilio” en el hospital, pero sin respuesta. Cuenta que insistió, sin lograr su objetivo. No paraba de llover.

Ya todo se había hecho. Al fin y al cabo, fue el único que hizo algo y todo por el niño. A pesar de tanta ignominia, fue la mano tendida. Bajo el gélido invierno y el aguacero que nunca amainó, tuvo el calor humano y su humilde techo donde el niño agonizó.

Cuenta el curandero que sólo al rayar el día hasta su casa llegó la camioneta del hospital y se llevó al menor. “Estaba vivo. Tenía pulso. Yo creo que en el camino hacia el hospital debió morir”, asevera.

El niño llegó muerto. Sin signos vitales”, dice la médica de turno que recibió a Carlitos.

Era el desenlace fatal. Trágico. De una noche larga, triste y angustiosa. Cargada de esperanza. De incertidumbre. De impotencia. De dolor.

El sol se levantó brillante y majestuoso sobre un cielo azul sobre de aquel domingo de diciembre. Para aquella madre, la humilde campesina, era el día más doloroso de su vida. Estaba allí, en el mismo hospital, donde 21 horas antes un médico le decía que su hijo estaba bien y la devolvía a casa, sin practicarle el examen al niño y con aspirinas…Allí, en el mismo hospital, otra médica le decía que su Carlitos estaba muerto.

En ese instante entró en una especie de ´shock´. De desconexión con el mundo. Una reacción propia de la naturaleza humana, de autoprotección, ante un impacto de tal magnitud.

Cuando salió de aquel letargo o tregua de la naturaleza, volvió a su realidad: no lograba entender cómo y porqué su niño ya no estaba. Su dolor fue infinito. Sintió que le faltaba la respiración. Fatiga. Sintió un piquete agudo en su pecho. Sintió el ahogo. Quizá lo mismo que padeció toda la noche su pequeño Carlitos. Y se desmayó.

El atribulado esposo, ese campesino curtido por el sol, por el agreste campo y la ruda  pobreza, alzó por fin su voz de angustia y pidió ayuda para su esposa. Sus brazos que sostenían a la mujer no resistían el peso de tanto dolor.

–          La médica de turno ordenó el electrocardiograma.-  

Y el electrocardiograma se tomó.

Luego… ¿El equipo no estaba dañado, doctora?  “Nunca ha estado dañado”, respondió la médica.

Al preguntarle a la enfermera jefe que estuvo de turno esa mañana del día anterior, y a cargo del equipo y de las órdenes médicas para la toma de exámenes, contó que nunca recibió la orden médica para tomar el electrocardiograma a Carlitos.

Carlitos murió por una sobredosis de indolencia humana. Aunque todo confabuló para que este pequeño campesino, un colombiano humilde, no pudiera salvarse: La naturaleza, la pobreza y la indiferencia humana.

¡Carlitos se fue! Ese niño, que en la inmensidad de su dolor, acarició y vivió a plenitud en pocas horas su más grande sueño. Su ilusión de ir a estudiar al colegio del pueblo. Con un sabor amargo y dulce…me queda el consuelo de haber sido el portador de su última alegría, de ese su último sueño.

 

Colofón:

Desde ese fatídico día, miles de pensamientos se revuelven en mi mente, para llegar a la conclusión de una confabulación siniestra, donde cada pieza encaja de manera precisa en la trama:

Un médico, que estoy seguro no pensó en que el niño se iba a morir y no ordenó un examen que habría sido definitivo. (Ni siquiera él lo tomaría) Una pieza clave para que el destino se cumpliera.

Una naturaleza que se ensaña, con su inverno crudo, que hasta un árbol atraviesa, como si no fuera suficiente aquella trocha intransitable. Un tiempo perdido que también pudo haber sido definitivo en la emergencia.

Un Hospital anacrónico con sus reglamentos. ¿Acaso la vida que está en riesgo es sólo la de las embarazadas? Y los niños y los adultos mayores, que tienen prelación, hasta por Constitución, ¿dónde quedan? Cualquiera de los 25 mil habitantes del municipio puede estar en riesgo de morir… sin acceso a una ambulancia.

Una institución que discrimina y es indolente, porque mira al paciente por su origen y a unos padres, en su pobreza, que ignoran sus derechos.   

Dicen que nada sucede por casualidad y que todo sucede para enseñarnos. A veces, como en este caso, a través de una tragedia tan dolorosa. ¿Voluntad de Dios?

Gran enseñanza para el médico. En medicina, nada puede dejarse al azar y todo lo que se haga no será suficiente, cuando de por medio está la vida de un ser humano.

Para las directivas del hospital, que les cabe una gran responsabilidad tanto en el caso, como en el futuro de una comunidad tan necesitada. Debe revisar sus códigos y el comportamiento humano de su personal.

 Para el mismo hospital, para las autoridades del municipio, para quienes investigan, que deberán implementar programas y extremar medidas de control, para que el hospital, ofrezca una atención digna y humanizada.

Para los tambeños, a despertar su dignidad y su sensibilidad, ante estos hechos que desdicen de su sentido de la humanidad, la solidaridad, el amor y la compasión, que los ha caracterizado.

 

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Acerca del Autor

Humberto Pupiales

Periodista de la Universidad de la Sabana de Bogotá. Maestría en Periodismo, en Buenos Aires, Argentina. Ejerce el periodismo científico desde hace 15 años. Actualmente es el Jefe de Comunicaciones y Prensa del Centro Médico Imbanaco de Cali

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