miércoles, septiembre 30 2020

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¡2020 sorpréndeme!

Ahora sí vino lo peor. De un momento a otro, el mundo encaró algo nefasto: Una cosa nanoscópica que apareció a causa de las muy particulares preferencias gastronómicas de Oriente.

¡2020 sorpréndeme!
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

El 31 de diciembre de 2019 todos teníamos sueños. Esperanzas. Expectativas. Planes.

Para algunos de nosotros fue un año complicado, especialmente al final, entre mis amigos, conocidos, personas en las redes sociales y yo misma, noté un común denominador: muchos tuvimos pérdidas dolorosas e irreparables. En mi caso, como si fuera poco, el 24 de diciembre tuve que pasarlo en cama, seguido de 5 días de fiebre que no bajó de 40 grados. Creo que me picó un mosquito porque eso definitivamente fue dengue. Antes de que anunciaran la epidemia del famoso mosquito.

Por eso el 31 de diciembre, debilucha como un muñeco de papel mojado, soñaba como mucha gente con que al día siguiente empezaría un año mejor. Fresco. Con una agenda nueva y llena de hojitas en blanco para llenar de cosas bonitas.

Y el bisiesto 2020 efectivamente nos sorprendió.

Se dejó venir con un tsunami de eventos desafortunados: Incendios en Australia, terremotos en Puerto Rico e Irán, accidentes aéreos, incendios…

Pero: No empezó la tercera guerra mundial que amenazaba por alguna pataleta del señor anaranjado del norte; por lo tanto una amenaza nuclear estaba descartada. No cayó un meteorito gigante. Tampoco hubo llegada de aliens –aunque como va el año no la descarto. Del 2020 se puede esperar cualquier cosa.

No hubo un terremoto global que, aparte de dejar a su paso una estela de destrucción, cambiaría el eje de la tierra. Nada de super volcán en Yellowstone. No hubo un cataclismo que hundiera un continente.

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No tuvimos que construir un Arca, pues aunque tenemos un espantoso calentamiento global, los polos no se derritieron de repente, ni desataron una repentina inundación catastrófica. Tampoco la Falla de San Andrés se activó. No hubo una devastadora llamarada solar ni una alineación planetaria o un cometa.

No fue una rebelión de las máquinas (aunque según lo pienso, con ese poder y responsabilidades que les delegamos, estamos cada vez más cerca). Y no aparecieron los zombies. Aunque ver gente pegada del celular 24 horas al día, a veces pienso que sí los hay.

Y si sigo regándome en prosa acerca de las posibles causas de un apocalipsis a lo Maya, seguro no acabo. En fin, no fue ninguna de esas causas macro que he mencionado, aunque hay gente que en broma dice que el Maya que diseñó el calendario era disléxico y el fin del mundo no era en el 2012 sino en el 2021.

Ahora sí vino lo peor. De un momento a otro, el mundo encaró algo nefasto: Una cosa nanoscópica que apareció a causa de las muy particulares preferencias gastronómicas de Oriente.

Una palabra a la que muchos no le dieron importancia: Coronavirus. No me voy a poner a explicar qué es un coronavirus en detalle. Grosso modo es un bicho minúsculo que aparte de estar muerto (es solo material genético recubierto de grasa y proteína) se mete en una célula y se replica cuantas veces puede. La célula se revienta y el ciclo sigue ad nauseam.

Todo empezó en China en noviembre de 2019 y la actitud del gobierno fue guardar hermético silencio. El médico que quiso advertir al mundo fue sancionado y al final terminó muriendo a causa del mismo bicho del que si hubiera podido alertarnos, la historia sería muy diferente: Virus contenido y todo el mundo en paz.

En un mundo tan hiperconectado como el nuestro, el silencio fue lo peor. Cualquier enfermedad puede darle la vuelta al mundo en 48 horas o menos. Y obviamente, fue el caos.

Y el 11 de marzo de 2020 vino de la OMS la palabra pavorosa: PANDEMIA.

No repetiré lo que nos dicen los noticieros a diario. Todo el mundo está sobre informado y cansado. Lo que intentaré hacer, es sacar algo positivo de lo que estamos viviendo, (aunque para muchos es de verdad muy complicado).

Acabó temporalmente con cosas sin las que creímos que no se podía vivir. Canceló torneos de fútbol, giras de conciertos y hasta los Juegos Olímpicos. Pero… ¿han visto cómo a pesar de todas las cosas adversas que han pasado, están sucediendo otras que no habíamos vivido?
¿No les parece extraño como algo que parecía imposible y pavoroso hace algunas semanas, ahora se siente extrañamente “normal”? Aunque estamos asustados y prudentemente escondidos o muy protegidos, siempre encontramos dentro de nosotros la fuerza para enfrentar lo que está pasando. Eso requiere coraje.

¿Y no es tranquilizador que, aunque la vida como la conocíamos está patas arriba, todavía somos capaces de ver y disfrutar lo simple y lo pequeño?

A veces se pierde la fe viendo como algunos estamos encerrados en un bunker familiar mientras otros no entienden que es malo salir a las playas, a los centros comerciales y a “cortarse el pelo” (Leí eso en un cartel de protesta y me dieron ganas como de halarle ese mismo pelo que quería cortarse)

Está bien sentirse como en una montaña rusa. Algunas veces esperanzados y otras, muy tristes. Hay una sensación de duelo por momentos y al rato la gratitud nos inunda. Estamos experimentando compasión. Por otros (para algunos este es un concepto nuevo) y por nosotros mismos. Cada quien tiene un universo en su cabeza.

Cada día amanecemos un poco más valientes. Más amables. Listos para enfrentar las altas y bajas juntos. Gente que parecía de piedra se ha quebrado y ahora es humana y proveedora de afecto y en lo posible de apoyo a otros.

Hemos visto gente ayudando a los demás. Gente dando clases de aeróbicos desde las terrazas. Romances de techo a techo con dron incluido llevando notitas de amor. Hemos escuchado nuevas canciones hermosas y otras de antaño que se han convertido en himnos de supervivencia. Cantantes famosos dando conciertos gratuitos por medio de las redes sociales. La naturaleza con la cual estábamos siendo tan desagradecidos está aprovechando este tiempo en el que la dejamos en paz, para renovarse a una velocidad alucinante.

Mientras tanto la humanidad está aprendiendo que lo importante siempre quedaba aplastado bajo lo urgente. ¿Cuántos padres pudieron y podrán darse el lujo de ver a sus bebés dar los primeros pasos? ¿Cuántas galletas o pasteles estarán horneando madres e hijos en medio de carcajadas? ¿Cuántos padres “altos ejecutivos” andarán con un trapeador en la mano y aprendiendo a hacer oficios varios porque no hay ingeniera de limpieza, a la que de todas maneras se le paga su sueldo? ¿Cuánta gente estará conociendo a sus hijos que eran un enigma? ¡Y ellos a sus padres! ¿Cuántas parejas a punto de divorciarse no habrán recordado por qué se enamoraron y están reconstruyendo sus matrimonios?

La humanidad –lo estoy presenciando- no es tan horrible como parecía. Algunos siguen con su ambición y sus malos actos; y esos se están perdiendo la increíble oportunidad, que si la miramos bien, es única y valiosísima a pesar de su lado oscuro.

La próxima vez que el mundo decida lanzarnos un desafio, ojalá recordemos cuán resilientes, valientes y capaces hemos sido. Ojalá seamos capaces de mirar atrás y darnos el crédito que nunca nos damos.

¿Estamos viviendo una situación pseudo apocalíptica? Sí. Y la humanidad ha vivido varias y ha prevalecido pese a todo. Varias pestes, dos guerras mundiales, pruebas nucleares… un diverso menú.

¿Vamos a morirnos? Desde que nacimos nos estamos muriendo. El cómo y el cuándo, nadie lo sabe. Para nosotros los creyentes la fecha y la hora solo las sabe Dios. Ni los Mayas, ni Nostradamus ni otros adivinos lo han podido vaticinar.

Hay una palabra japonesa que me gusta mucho: Kintsugi, “carpintería dorada”, es el arte japonés de reparar la cerámica rota reparando las áreas de rotura con una mezcla de laca con oro en polvo. Como filosofía, trata la rotura y reparación como parte de la historia de un objeto, en lugar de algo para disfrazar la falla.

La fealdad de la pieza rota desaparece con las “puntadas” de oro. Ahora el tazón se valorizó debido al delicado proceso de reparación. A su historia. A sus cicatrices doradas.

Mi palabra Kintsugi es totalmente afín a la situación actual. A esa famosa “reinvención” que tendremos que atravesar para salir al otro lado. A pesar de todo, muchos lo estamos haciendo bien. Un día a la vez. Volveremos reparados con el oro que estamos descubriendo en estos días tan duros para la raza humana.

Les un abrazo lleno de esperanza. No un codito ni un puñito.

Juntos vamos a salir de esto.

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Acerca del Autor

Diana Serna

Hija de periodista y madre con mucho talento musical. Estudié Comunicación Social en la Universidad Autónoma de Occidente. Soy Adicta al cine y la tecnología. A los siete años, un locutor me sugirió dedicarme a otra cosa porque cantaba muy “pasito”. Efecto: he cantado con algunos de los más grandes y tengo una mención de Grammy Americano en la pared. El nuevo reto es este blog. Imposible no existe. Solo hay gente incapaz.

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