Jue, 09/17/2015 - 15:50
En efecto, toda pasión (excepto una, y ahora lo veremos) tiende a su propio fin, porque en símisma es finita, porque en algún momento satura, desborda y se lleva con ella todo lo entregado, todo lo invertido
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Foto: Especial para: www.90minutos.co

Parece ser que la mayoría (¿todos?) los seres humanos tenemos en algún momento de nuestra vida, o en una buena parte de ella, un objeto (persona o cosa) al que damos toda nuestra atención, nuestro tiempo, y le entregamos tanta pasión que llegamos al extremo de la adoración.

Algunos ponemos como objeto de nuestra adoración al trabajo. Y las razones por las que lo hacemos son diversas: Es frecuente por ejemplo, que lo hagamos porque es la actividad que escogimos como modo de vida y nos produce el dinero necesario para subsistir. O también porque es la actividad que nos da satisfacciones, o porque aunque no nos las dé, nos ocupa todo el tiempo y terminamos por acostumbrarnos tanto a ella que la vamos santificando hasta adorarla, por encima de Dios, de nuestra pareja y de nuestros hijos, en muchos casos.

Otras veces inventamos objetos de adoración como un carro, una casa, un deporte, una afición etc. Basta que empecemos a invertirle tiempo, interés y recursos, para ir pasando de una sana afición, a una enfermiza adoración.

En otros casos el objeto de nuestra adoración es una persona. Pasamos del amor sensato, mesurado, a la adoración de una esposa (o), de un padre, de un hijo, de una amante etc. Y sacrificamos nuestras propias vidas por la vida del otro. Y en apariencia no estaría mal, pero visto con cuidado, encontramos que pasar esa línea delgada que separa la admiración, el amor filial, o aún el enamoramiento para dar paso a la pasión desenfrenada y obsesiva no es para nada normal, y más bien nos puede llevar a extremos de peligroso desenlace.

Roberto Bolaño en algún pasaje de su libro “El gaucho insufrible", dice: “Todos terminamos convirtiéndonos en víctimas del objeto de nuestra adoración, tal vez porque toda pasión tiende —con mayor velocidad que el resto de las emociones humanas—a su propio fin, tal vez por la frecuentación excesiva del objeto del deseo.

En efecto, toda pasión (excepto una, y ahora lo veremos) tiende a su propio fin, porque en símisma es finita, porque en algún momento satura, desborda y se lleva con ella todo lo entregado, todo lo invertido. Un pasión obsesiva no es otra cosa que un trágico final anunciado. No hay nada loable, ni verdadero, ni puro, ni hay virtud alguna en llegar a tales extremos.

Bueno. ¿Y cuál es entonces la excepción? La respuesta es fácil de encontrar. Estáal comienzo de la Biblia en Deuteronomio 6:5 Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas".

En efecto, Dios es y debe ser nuestra única posibilidad de adoración. Por las mismas razones que ningún otro ser, ni ninguna otra cosa creada pueden serlo: porque Dios es infinito, omnisciente, omnipresente, Todopoderoso y eterno. No hay nada que se compare con el amor que Él puede entregarnos a cambio de nuestro limitado amor humano. No hay nada que se parezca mínimamente a Él y tampoco existe nada que pueda ni siquiera hacerle la más pequeña sombra. Porque Dios es  Dios y lo serápor siempre.

Permítame invitarle a reflexionar en esto: Es Dios quién debe ocupar siempre el primer lugar de nuestros afectos, de nuestro interés y de nuestra vida entera. Después, y con la ayuda maravillosa de su Espíritu Santo, podremos amar sanamente a los demás en su orden: esposa (o), hijos, padres, hermanos, familia, amigos etc. Nada ni nadie nos debe apartar del amor de Dios, porque es desde allíque podemos recibir para poder dar a otros, porque Él es fuente de agua viva, para vida eterna.