Jue, 12/10/2015 - 08:32
Cuando me preguntan por qué creo, la única respuesta que tengo, es que me mueve la certeza de ver a Dios en todo lo que me sucede, y por eso no tengo manera de no creer en Él.
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Foto: Especial para: www.90minutos.co

Para el ser humano, uno de los temas más complejos de abordar en cualquier escenario, es el tema de la fe, el tema de creer o no creer. Siempre suscita toda clase de controversias, discusiones, y polémicas. ¿Por qué? Tal vez porque es un tema que llevamos tan arraigado dentro de nosotros, que no toleramos la más mínima intromisión, ni contradicción. Ese es uno de los temas más complejos en los que la humanidad no ha podido ponerse de acuerdo, ni siquiera de lejos. La fe genera más controversia que la política, porque ya hoy no nos matamos como en los años sesenta por ser conservadores o liberales. Hoy cambiamos de partido político como cambiar de camisa, porque los políticos de turno nos dieron y nos siguen dando lecciones magistrales de "voltiarepismo", "transfugismo", y varios "ismos" más.

No, ahora no nos matamos por el color político, nos matamos más bien, por el color de la camiseta de nuestro equipo. Hoy, a diferencia de los sesenta, un comentario desafortunado sobre nuestro equipo del "alma", nos puede llevar no sólo a discusiones de alto calibre, sino como vemos en televisión, a enfrentamientos que no pocas veces terminan en el hospital o en la morgue. Hoy las pasiones se desatan en el estadio, no en el congreso; es la estupidez humana que va cambiando de escenario.

Y así como no es fácil el tema de la fe, tampoco es menos fácil tratar de explicar por qué es que algunos creemos y otros no. Tal vez es que las palabras no son suficientes para hablar de algo que no se mueve en el ámbito de lo conocido, sino mucho más allá, más adentro, más cerca y la vez más lejos: cerca del corazón, pero lejos del ruido del mundo. ¿Cómo explicar que Dios es real? ¿Cómo pintar en un tablero el tamaño de su poder y de su misericordia con nosotros? Y más aún, ¿cómo hacer para que otros vean lo que algunos vemos, si no estamos hablando de ver con los ojos, sino con el corazón?

Todas esas preguntas se quedan sin respuesta, porque cada vez que intentamos hablar de Dios, no hay suficiente diccionario para hacerlo. No basta hablar de milagros, no basta hablar de amor, ni de poder, ni siquiera es suficiente decir que Él es el creador de todo, porque de inmediato sale el argumento de los escépticos: Si Él creótodo, ¿quién lo creóa Él?

Por todo eso, es que el tema de la fe es quizá (a mi juicio) el tema más difícil que se haya planteado en hombre en toda su existencia. Aún por encima de otros temas también complejos, como son su propia existencia, el infinito, el tamaño del universo, la vida en otros planetas etc.etc.

Cuando me preguntan por qué creo, la única respuesta que tengo, es que me mueve la certeza de ver a Dios en todo lo que me sucede, y por eso no tengo manera de no creer en Él. Sus innumerables milagros, su presencia diaria en mi vida, su influencia constante en todo lo que me sucede desde que le conocí, son para mí argumentos enormes que me mueven a creer que Él existe, que no es un invento del hombre, ni de la historia, y por el contrario, me confirma y me reafirma que fue Él quien escribióla historia y todas las historias porque es el creador de la vida.

Cuando quiero explicar por qué creo en Él, se me agotan las palabras y me invade la impotencia de no poder argumentar lo suficiente para convencer a otros de lo que siento. Entonces me hago a un lado, me retiro por un rato a orar, y en medio de esa oración aparece su Santo Espíritu que me alivia, me conforta y me dice que nos soy yo quién debo convencer a nadie, porque cada uno de los hombres y mujeres en esta tierra, tenemos la misma oportunidad de elegir creer o no creer. Porque para eso recibimos de sus manos el regalo más maravilloso que es nuestro libre albedrío, y con eso podemos darnos el lujo de aceptarlo o rechazarlo, aunque desde el principio de los tiempos Él sepa con exactitud quién lo va a aceptar y quién lo va a negar. Igual que sabía desde siempre, que Pedro lo negaría tres veces antes que el gallo cantara al amanecer.