Jue, 08/04/2016 - 12:33
Todo el país habla de ello, y muchos acomodan a su antojo la moralidad y las sanas costumbres, con el machacado argumento de que que la Constitución de Colombia contempla el "libre desarrollo de la personalidad".
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Foto: Especial para www.90minutos.co

En estos tiempos el tema de la sexualidad en los niños está en todos los titulares: niños violentados, niños abusados, menores forzados a la guerra, prostitución infantil, identidad sexual temprana etc.

Y este último aspecto, que tiene que ver con el cómo debemos enfrentar la identidad sexual de los menores, está particularmente (y tristemente) de moda.

Todo el país habla de ello, y muchos acomodan a su antojo la moralidad y las sanas costumbres, con el machacado argumento de que que la Constitución de Colombia contempla el "libre desarrollo de la personalidad".

 El gobierno con su Ministra de Educación a la cabeza, impulsa manuales de convivencia para los colegios, en donde le dicen al niño que él o ella no tienen sexo definido y que pueden ir desarrollándolo por el camino, según a cada uno se le antoje, en otras palabras "inventarse a sí mismo".  También les dicen de manera explícita, entre muchas otras perlas, que el tema de los uniformes no importa, y que los niños varones pueden ponerse faldas si así lo desean. Es ni más ni menos, que desaparezca la diferencia entre lo permitido y lo prohibido.

 En el lado opuesto (por fortuna) aparecen algunas voces que se atreven a ir contracorriente y expresan, como pueden y en algunos medios que les abren espacio, sus argumentos en contra de semejante equivocación. Tales son los casos de la Diputada Santandereana Ángela Hernández y la Congresista  Viviane Morales, quienes han sido atacadas desde todos los flancos (en especial desde la prensa cautiva), por sólo expresar que se debe pensar primero en la protección de los niños, que en la mal llamada ideología de género (adefesio equivocado que pretende mal orientar la sexualidad infantil).

 ¿Equivocación? Sin duda ninguna. Veamos: La sociedad moderna ha tenido a bien aceptar poco a poco, y dar cabida en todos los ámbitos, a las llamadas "minorías" como los negros, los indígenas, los homosexuales etc. Y pongo el término entre comillas, porque cada vez dejan de ser minorías y van transformándose en estruendosas mayorías. Es de aplaudir que la inclusión de todos en la sociedad sea un logro que ha vendido alcanzando la humanidad con el paso de los años. Bienvenidos todos sin distingo de raza, credo, orientación sexual o cualquier otra diferencia. Bienvenida la convivencia pacífica entre iguales aunque seamos diferentes. "Todos somos iguales delante de Dios".

 Pero una cosa es que la igualdad sea la medida que pretendamos aplicar a la convivencia moderna, y otra bien distinta es que pretendamos "forzar" conductas hacia uno u otro lado, simplemente porque ese lado es el que a mí me gusta. Si mi hijo nació varón, pues yo espero que se desarrolle como tal y no me interesa, como padre responsable que soy, abrir espacios para que el pequeño "piense y decida" si quiera seguir siendo niño o mejor niña o quedarse en la mitad. No quiero y no me interesa, lidiar con un niño que hoy quiere usar pantalones y mañana faldas, sólo porque se puso de moda entre sus compañeros. De ahí a pintarse los labios y usar tacones solo hay un paso.

 ¿Podemos pretender acaso que un pequeño de tres o cuatro años haga en su mente discernimientos, análisis, formulaciones hipotéticas y que llegue a conclusiones profundas sobre su sexualidad? De ningún modo. El Niño come helado porque ve a otros comiendo helado, y si lo que ve son niños con faldas y labial, pues eso es lo que va a querer. Simple.

 Como dice aquella vieja frase tropical: "una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa". Una cosa es la inclusión de todos en la sociedad moderna, llámense gays, homosexuales, bisexuales, lesbianas, travestis y varios etc., y otra es ir construyendo, como ya lo empezó a hacer nuestra Ministra de Educación, espacios donde en aras de la libertad, se promueva el caos, el desorden, el libertinaje, y toda clase de comportamientos que hoy sabemos donde comienzan, pero jamás donde terminarán.

 Como padre responsable, exijo mi derecho a levantar a mis hijos varones como hombres, y a mis niñas como lo que son y serán, unas hermosas mujeres, bendecidas por el Señor con unos dones maravillosos que les regaló: la ternura, la delicadeza, la comprensión, la maternidad, y muchos otros que sólo ellas como mujeres pueden tener.

 Me niego, como padre responsable que soy, a aceptar que el género es una construcción cultural y de moda, porque estoy seguro que el Señor no se equivocó cuando a mí me hizo hombre, a mi esposa mujer, y a nuestros hijos les otorgó una identidad sexual definida, sin ambages ni dualidades.

 Me niego como padre responsable que soy, a permitir que mis hijos entren en la confusión y el error. Los acompaño y acompañaré en cada una de sus decisiones de vida, pero no seré yo quién fomente y aplauda desde el albor de sus primeros años, conductas impropias, comportamientos desenfrenados, ni escenarios perversos que los lleven a dudar sobre la identidad sexual que recibieron de Dios, para venir a participar de este mundo.