Vie, 10/09/2015 - 09:38
En ocasiones, cuando pasamos una enfermedad severa, algunos decimos que la enfermedad nos "enseñó" cosas y que vamos a tratar de cambiar costumbres, hábitos o errores.
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Foto: Especial para: www.90minutos.co

Tal vez sea una obviedad lo que voy a plantear, pero me es necesario hacerlo: en medio de la salud todo resulta más fácil. Mientras estamos saludables somos alegres, estamos más dispuestos, avanzamos, somos más "dueños" de nuestra vida, y en general todo fluye mejor a pesar de las dificultades cotidianas. Pero por un momento hagamos memoria de cómo somos y/o cómo actuamos cuando estamos en medio de la enfermedad.

Sin duda usted y yo hemos sufrido al menos un quebranto de salud en la vida. Bien sea desde una leve gripa, pasando por una virosis de esas que nos manda a la cama tres o cuatro días, o tal vez hasta hemos padecido una enfermedad severa de hospitalización, exámenes, tratamientos complejos, cirugías etc.

Pues bien, sea cuál sea el caso, lo usual es que la enfermedad cambia nuestra manera cotidiana de actuar. Nos volvemos vulnerables, sensibles, algunos hasta "consentidos", nos vemos casi obligados a ver la vida de otra manera, y llegamos incluso a tener pensamientos que jamás habíamos tenido, por ejemplo sobre la familia, sobre la muerte y aún reflexiones acerca de Dios. La enfermedad nos aterriza, nos baja la aceleración y en no pocos casos nos hace frenar en seco. Estar enfermos es como ser otros (¿más auténticos quizá?)

Bueno, y entonces ¿qué pasa una vez la enfermedad se va? Pues en la gran mayoría de los casos volvemos a lo de antes. A la vida "normal", a los aceleres, a nuestras viejas costumbres, a nuestras conocidas maneras, en fin, a ser como siempre hemos sido. 

En ocasiones, cuando pasamos una enfermedad severa, algunos decimos que la enfermedad nos "enseñó" cosas y que vamos a tratar de cambiar costumbres, hábitos o errores. Entonces es cuando mencionamos que dejaremos de fumar, que es mejor dejar un poco (sólo un poco) el trago, que haremos dieta, que vamos a preocuparnos menos, o que vamos a bajar el ritmo frenético de trabajo, etc, etc. Es allí cuando apreciamos más todo: cuando nos damos cuenta que amamos más a nuestra esposa (o), a nuestros hijos, que no debemos ser tan severos y que en general "algo" debe cambiar. Y de hecho algunos de verdad cumplen estas "promesas de enfermo", y sus vidas experimentan cambios en muchos casos interesantes que les servirán para el resto de sus vidas. Pero tristemente otros (la mayoría) no, porque simplemente superado el mal rato, borrón y cuenta nueva y todo quedará como una anécdota más.

Pues bien, mi reflexión es que si pertenecemos a este último grupo, hemos desaprovechado una oportunidad valiosa para aprender y hemos cerrado una puerta que tal vez necesitábamos abierta para cambiar. Creo con certeza, que la enfermedad no es una casualidad, ni un mero accidente, y menos un castigo de Dios. Creo que la enfermedad es una parte cierta de nuestras vidas y no tiene otro propósito que "sacarnos" de la comodidad cotidiana, para llevarnos a ver cosas que de otra manera tal vez no hubiésemos llegado a ver.

No creo en la enfermedad cómo una fatalidad aún si es grave o catastrófica. Lo que creo es que es una oportunidad maravillosa para detenernos, para analizar, para reflexionar, para replantear y para actuar, para subir de nivel. La enfermedad nos hace vulnerables, porque quizá en la salud somos arrogantes. Nos hace débiles, porque en la salud tal vez somos autosuficientes. Nos lleva a pensar en la muerte, porque quizános creemos dueños de la vida, o peor aún: inmortales.

Entonces me pregunto: ¿No es todo esto una oportunidad única para ver la vida de otra forma? ¿No es la enfermedad un escenario mucho más real para enfrentarnos a nosotros mismos, y vernos tal cuál somos? ¿No es la enfermedad un tiempo oportuno para dejar por un momento de vivir en las emociones y lo material, y más bien darnos un pequeño viaje hacia lo espiritual?

Pues creo que las respuestas a esas preguntas determinan si de la enfermedad podemos obtener un provecho trascendental, o se queda nada más en la insignificancia de un papel que indica de cuantos días fue nuestra incapacidad laboral.

En resumen, veo la enfermedad como una estación de parada en el viaje de un tren. Podemos dejar nuestro camarote, bajarnos del tren, estirar las piernas y tomar un poco de aire o un refresco, y volver a subir para continuar el viaje como si nada. O por el contrario, podemos bajarnos y tomar un momento para observar desde afuera todo el tren completo, con su locomotora y todos los vagones que no son otra cosa que nuestra vida misma. Y entonces podremos ver cosas que no hemos visto por estar "dentro" del tren. Por ejemplo: qué estamos haciendo bien y qué no, qué necesitamos cambiar y qué no. Y sobre todo, tendremos una oportunidad de oro para entender que esa enfermedad que nos ha hecho frenar, no es un tiempo malo, ni es una fatalidad, y que incluso más bien puede ser una bendición, si aprovechamos para ver y entender a través de ella lo que en la salud nos cuesta mucho observar y comprender.

No quiero decir que la enfermedad sea buena, pero independiente del dolor y aún de las secuelas, sí puedo afirmar que es una oportunidad única para crecer y trascender. No tengo duda que si se lo permitimos, Dios usará esa tribulación a nuestro favor de manera extraordinaria, si le damos la oportunidad de hacerlo y no nos atravesamos en sus propósitos.

Creo que el Señor en su infinita sabiduría usa la enfermedad para recordarnos de dónde venimos: (del barro). Para que no olvidemos quiénes somos: (simples mortales). Y sobre todo creo que la usa, para que no perdamos de vista ni por un instante cual es la más grande de nuestras realidades: (que nos ama infinitamente y que nuestra vida está en sus preciosas manos, pero que también de nuestra fe depende el resto del viaje y el final del mismo). Es cuestión de creer, para poder ver.