Vie, 03/04/2016 - 09:09
Ser periodista -todos aquí lo sabemos-, es una profesión de alto riesgo. Tan alto es el riesgo, como bajo es el salario. De ahí que al más mínimo asomo de heroísmo ante la intimidación o la amenaza, lo primero que el periodista pierde es el trabajo. Trabajo, porque muy pocos cuentan con empleo.
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Foto: Especial para: www.90minutos.co

Cada vez amenazan y matan menos periodistas, dicen los gobiernos, es cierto. Es que cada vez hay menos, dice Alfredo Molano, con su mirada infinitamente triste. Y añade, que por cuenta del temor, a la larga la literatura ha ganado lo que ha perdido el periodismo. Con mucha cautela, los periodistas hemos aprendido a escribir con metáforas y alegorías en las revistas y con mucha retórica y simples alusiones en los periódicos, a opinar con recato y anonimato en la radio, y a mostrar con moderación y sutileza en la televisión, para no ir en detrimento de la pauta cuando menos y de tantos poderes, legales e ilegales, cuando más. Sabemos que hay límites, que hay cosas que no se pueden remover porque con la sacudida caen, cuando menos actos de corrupción, y cuando más, cadáveres de muchas personas, casi todas valientes que se atrevieron a decir algo.

El poder, que se disfraza de mil formas, acecha en todo momento. La tiranía se agazapa en la censura que ahora tiene máscaras sutiles y mecanismos para alinear con fuertes mordazas, que -debe decirse- solo en casos excepcionales, recurre a la violencia física para acallar del todo. Ha corrido tanta sangre como tinta. La cifra habrá que decirla más adelante, pero es preciso decir antes que hay muchas formas de matar a un periodista sin necesidad de derramar su sangre. Lo más triste, es que la mayoría de las veces el pastor es el lobo y es el mismo medio el que impone la mordaza. Por supuesto, como último eslabón de una cadena de poder que se rompe por la argolla más débil. Pero bien vale evocar a Juan Villoro, lo importante no es la sangre sino la vida que se pierde con la sangre. Si bien cada vez asesinan menos periodistas, cada vez la verdad está más lejos de la información, está secuestrada y esa, es una terrible simbiosis, una asociación que nos afecta a todos.

Colombia es uno de los países donde más periodistas han caído víctimas de la censura, la mordaza, las balas y los bombazos. Y casi siempre, se busca el ahogado aguas arriba. Algo debía. Quién sabe en qué andaba metido. Debieron ser razones personales. Algún drama pasional. Fue en un intento de robo. Negocios oscuros. Cualquier argumento falaz es válido para desviar la atención sobre el asesinato de un periodista. Y claro que se han registrado casos donde cualquiera de las múltiples formas de violencia alcanza a un comunicador. Américo Viáfara estaba en el lugar equivocado. Yesid Marulanda miró la hembra de un traqueto. Didier Aristizábal se metió con la mujer que no era. Bernabé Cortés hizo negocios con quien no debía. Todos asesinados en Cali. Casi todos asesinatos impunes. Todos estos, periodistas rasos.

Más allá de prestar su nombre a fundaciones y premios de periodismo, el asesinato de periodistas en Colombia -además de quedar la gran mayoría en la impunidad- pareciera no haber servido para nada más que para amordazar la verdad y provocar la autocensura. Solo en uno de los 143 asesinatos ocurridos entre 1977 y 2015 la justicia condenó a tres personas. Por supuesto, hay sub-registros y se habla de 152, 167 y hasta 175 comunicadores muertos. Bueno, si hay tres cifras diferentes sobre el número de municipios que tiene Colombia, qué podemos esperar. Un informe auspiciado por el Centro de Memoria Histórica asegura que solo en 2014, 164 comunicadores fueron amenazados o agredidos. Hoy hay 100 comunicadores con medidas de protección. Y uno tristemente célebre, por inventarse panfletos amenazantes para acceder a carro blindado, escoltas y chaleco: Yesid Toro.  

En Cali, Alirio Mora Beltrán es asumido como otro barrio marginal y peligroso, y no como el nombre de un periodista asesinado con un arma oficial. A don Raúl Echavarría Barrientos, un señor de 70 años asesinado por la espalda, le rinde homenaje una medalla que otorga el Concejo de Cali. Más que un reconocimiento, un estigma. A Orlando Sierra, subdirector de La Patria, que recitaba de memoria ‘Cien años de soledad’, se le reconocerá como el único caso en el que el autor intelectual está en la cárcel: el político Ferney Tapasco. A Gerardo Bedoya lo mató un sicario en la sala de los pobres. En la calle. Así le decía. Y la riqueza del indigente. Calle igualitaria y democrática. Más del 50% de los casos ha prescrito y ya nadie sabrá quién los mató. Aunque todos sepan, por qué los mataron. Cuánto más lejos de Bogotá, más lejos de la justicia, más difícil el ejercicio, más precaria la atención y la protección del Estado. Quien tiene las condiciones, va al exilio.

Ser periodista -todos aquí lo sabemos-, es una profesión de alto riesgo. Tan alto es el riesgo, como bajo es el salario. De ahí que al más mínimo asomo de heroísmo ante la intimidación o la amenaza, lo primero que el periodista pierde es el trabajo. Trabajo, porque muy pocos cuentan con empleo. Es decir, contrato, prestaciones, derechos de ley, etc. Muchos trabajan a cambio de cupos, espacios publicitarios que deben vender y allí, en la factura de valores, se les van fragmentos de conciencia, de ética y de moral. Es barato comprar periodistas. Por eso la funesta metáfora de ser los perros guardianes de la democracia, es ahora más nefasta: los nuevos perros guardianes del poder. Perro es perro.

Hace 30 años el periodismo colombiano recibió uno de los golpes más duros en toda su historia. La mafia asesinó al director de El Espectador, Guillermo Cano, a quien nunca le tembló el pulso para denunciar el tenebroso poder del narcotráfico. En Cali, tres meses exactos antes, había caído don Raúl Echavarría Barrientos.

Por entonces, la sociedad aún tenía cierto respeto para con el periodismo. La imagen del periodista en cambio, comenzaba a perfilarse  como la de un chismoso que algo escribe, toma fotos y hace videos. Esa percepción social, unida a la crisis de la justicia, la falta de liderazgo del Estado y la desunión entre colegas, ha llevado a un estado de postración profesional. En un país de tantos muertos, un periodista asesinado es otra fría estadística. Escribió don Guillermo Cano: “Me repugna la paz de los sepulcros. Debemos comenzar a ensayar la paz verdadera y duradera”.

Para eso, estaremos el próximo jueves 17 de marzo en el auditorio Quincha de la UAO a las 10:00 a.m. en un conversatorio para aportar, para darnos completos en ese ensayo que soñara el inmolado director de El Espectador. Para tratar de entender cuántos muertos más es que se necesitan para dejarles un mejor país a las nuevas generaciones y unos periodistas más íntegros y capaces. Porque no importa el oficio o la profesión del muerto. Asesinato es asesinato.