Lun, 04/27/2015 - 09:22
Un niño siempre será la extensión o prolongación de sus padres. No aprende del regaño, ni del castigo, el ejemplo es su mejor maestro. El cómo tratamos a nuestros niños será la manera en cómo ellos vivencian el mundo.
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La conexión cerebro a cerebro y corazón a corazón

El niño es un ser muy complejo, de difícil manejo y comprensión. La neurosicoeducación y la disciplina positiva, sobrevienen con recursos efectivos, para acceder al cerebro y los pensamientos de menor, para su mejor compresión y educación.

“El cerebro no es un vaso por llenar,

sino una lámpara por encender”

Albert Einstein

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 En la pataleta hay un pequeño acorralado. Hay soledad. Un niño que requiere urgente algo que le indique sentido de pertenencia. Es irónico, porque se entiende todo lo contrario. En el 90 % de los casos hay confrontación, padre -hijo (rompimiento de los lazos) o se deja solo al niño, para evitarla.

En su indisposición, un gesto, un abrazo, algo que le diga que tiene la conexión con usted (madre o padre) es fundamental y asertivo.

“Haga contacto, acérquese, aproxímese, lo que más pueda si hay mucho disgusto. Susúrrele, ´cuando te calmes, hablamos´. Es suficiente para establecer ese enlace emocional que el niño necesita”, dice la neurosicóloga, Claudia Bolívar.

Para un mundo tan complejo, un mecanismo sencillo y efectivo: cerebro a cerebro y corazón a corazón. Es decir, establecer una línea directa, ponerse a su altura.

Una conexión que nos lleva a esculcar en el cerebro del niño y en sus pensamientos, las herramientas más expeditas para comprender su mundo, sus comportamientos y sus reacciones.

Como no hay un manual para su manejo, hasta hoy aprendemos a ser padres “haciendo camino al andar”, incluso haciendo acopio de una variada información en los medios de comunicación y en la internet, que tratamos de adaptarla a nuestro caso.

“Sumamos nuestros instintos, nuestra experiencia de la niñez y el amor que guía nuestras mejores intenciones que no siempre cumplen con su objetivo, pues se convierten en una apuesta de azar”, dice la neurosicóloga.

Por fortuna, entre los avances de la neurociencia, aparecen la neurosicoeducación y la disciplina positiva, como herramientas efectivas para entender a ese ser tan especial y tan complejo. Cómo realmente funciona el ser humano, en este caso, lo que puede estar pasando en el cerebro y la mente de nuestros hijos. Las posibles causas y las razones que expliquen, por qué a veces asumen comportamientos incomprensibles, que pueden ser inadecuados.

 La neurosicoeducación y la disciplina positiva nos ofrecen la posibilidad de interactuar de manera respetuosa, formativa y amorosa y educarlos protegiendo su dignidad.

El cerebro funciona en “red.” Está compuesto por neuronas interconectadas y complementarias. Hay dos hemisferios cerebrales y tres sistemas: el instintivo, el emocional y el cognitivo, entre otras partes.

 En cada una se ubican y despliegan funciones específicas y diferentes que deben estar integradas. Una integración que puede presentar deficiencias que se manifiestan en nuestros hijos de diferente manera.

A los niños las emociones los superan, casi siempre están confusos y el desorden predomina en su actuar. Así mismo, tienen poca capacidad para enfrentar serenamente las exigencias normales de la vida.

Estas posibles deficiencias en la “función integral del cerebro”, pueden mejorarse (y corregirse en algunos casos), si se cuenta con la disposición de los padres para conocer ciertos elementos básicos de su funcionamiento e integración.

Existe, por ejemplo una “integración horizontal”, donde es necesario tener en cuenta los dos hemisferios cerebrales. El izquierdo que “trabaja” con la “lógica” y el derecho que lo hace con las emociones. Los dos hemisferios pueden interactuar, apoyarse y ´trabajar´ juntos.

Esto sucede cuando los padres asumen con seriedad y respeto la misión de mostrarle a sus hijos, cómo no ahogarse o quedarse en el hemisferio derecho, donde predominan imágenes, sensaciones, emociones, que deben estar matizadas por la función del hemisferio izquierdo, y poder ser expresadas con lógica y lenguaje.

Existe, también, la “integración vertical”, que corresponde al instinto y la emoción (sistema instintivo- emocional). Deben estar en un trabajo integrado con el conocer y el hacer (sistema cognitivo-ejecutivo). Así podemos enseñar a nuestros hijos a tomar decisiones correctas en situaciones de emociones intensas.

Si se detectan comportamientos que indiquen deficiencia en la integración cerebral, los padres, a través de la “disciplina positiva”, son claves en la solución de los problemas. La disciplina positiva (respeto y amabilidad), se resume en que en la vida, “no hay premios ni castigos, sino consecuencias.”

El castigo tiene un mal desenlace. Hay dos posibilidades reales: crea resentimiento o retraimiento. En el primero es niño se vuelve belicoso, reaccionario, más rebelde. En el segundo, se vuelve silencioso. Tímido. Miedoso.

Cuando el niño “decide” hacer una pataleta, normalmente es una decisión consciente (la rabieta y el sistema cognitivo), que tiene como objetivo, ponernos a prueba o “manipularnos” y conseguir lo que desea.

“Debemos actuar tranquilos, con límites estrictos, en el marco de una conversación con lenguaje y términos claros, sobre las consecuencias de un comportamiento o conducta inadecuados”, señala la doctora Bolívar.

La otra rabieta y el cerebro instintivo emocional, donde el niño no “decide”, pues no tiene el control. El mando lo puede estar asumiendo la amígdala, un pequeño núcleo cerebral, del sistema emocional (ubicado en el lóbulo temporal) cuya función es procesar y expresar rápidamente las emociones, sobre todo la ira y el miedo.

Cuando el niño está alterado, no funciona la lógica, entonces debemos conectarnos desde sus necesidades emocionales y darles un sentido de pertenencia. Luego, como en el caso anterior, a la luz de la lógica y la razón, se da una explicación lógica y una solución involucrando al niño.

Son tan disímiles y tan complejos, que hasta los cambios climáticos más extremos se los conoce como “El fenómeno del niño”. Saber el porqué y el origen de los diversos comportamientos del niño ha sido siempre la gran incógnita de los padres y el reto de la neurociencia.

Un niño siempre será la extensión o prolongación de sus padres. No aprende del regaño, ni del castigo, el ejemplo es su mejor maestro. El cómo tratamos a nuestros niños será la manera en cómo ellos vivencian el mundo.