Vie, 10/30/2015 - 08:42
Cali en pocos años se ha convertido en una incontrolable Sinfónica gigantesca en la que no todo suena bonito. Hagamos de cuenta que en serio somos músicos: Los contrabajos están sin trabajo. 
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El Director de Orquesta diana serna
Foto: Especial para: www.90minutos.co

A veces se me antoja pensar –y creo que lo he mencionado- que una ciudad es como una orquesta. La sinfonía mañanera en algunos hogares que llamaré “privilegiados” comienza con el trino de los pájaros, el murmullo de los vecinos que se despiertan,  el golpe del periódico en el balcón, el agua que cae de la ducha, la cafetera que comienza a gorgotear, el siseo de los huevos y la tocineta dorándose en la sartén, el ronroneo de la exprimidora mientras extrae el jugo de naranja, el molinillo aporreando las paredes de la chocolatera, el ladrido o el maullido de la mascota pidiendo su desayuno…


En otros sectores digamos que no tan favorecidos, el día comienza diferente. El gallo canta en algún patio polvoriento –o enlodado- y las gallinas –cuando las hay- cloquean y alborotan para anunciar que hoy habrá huevitos frescos.  La mamá prepara el agua de panela, mientras los niños se bañan y se visten para ir al colegio, lo más seguro en un transporte público que apenas se está desperezando. Eso en “buenas condiciones”. Otros sectores comienzan desde temprano a producir disonancias.


La ciudad se despierta con un conjunto de sonidos que poco a poco se va convirtiendo en un barullo desordenado, que a veces no resulta tan agradable: La pitadera incesante del señor que está de afán. El bullicio de las máquinas de construcción, el silbato del policía de tránsito, la cantilena del vendedor de frutas… Mil resonancias diferentes, un millón de posibilidades.

Por definición, un “Director de Orquesta” es quien se encarga de coordinar los instrumentos que componen la misma. Debe poner empeño en hacer que sus instrumentistas se luzcan en conjunto, sin opacarse unos a otros. Debe sentir absoluto amor por lo que hace y disfrutarlo a tope.


Lo ideal es que sea excelente ejecutante de algún instrumento como solista. Debe conocer la técnica de la orquestación y por tanto saber cómo se ejecutan todos los instrumentos, sin que sea necesario que sepa tocarlos. También son otros de sus deberes coordinar ensayos y resolver divergencias.


Debe rodearse de los mejores intérpretes. Delegar en los más talentosos algunas funciones. No siempre se lleva la ovación. Pero sin él, nada funciona. Digamos que el Director de Orquesta es el Gerente que se encarga de que todo funcione sobre el escenario, antes y durante un concierto o una gira. Eso sí: La afinación y coordinación de los músicos debe ser impecable, ya que una orquesta desafinada o desfasada puede “destruir” una gran composición. –Y de paso la reputación del director-.

Cali en pocos años se ha convertido en una incontrolable Sinfónica gigantesca en la que no todo suena bonito. Hagamos de cuenta que en serio somos músicos: Los contrabajos están sin trabajo. La percusión está desfasada. La sección de vientos no sopla y el verano, la mala administración y la irresponsabilidad de muchos, están acabando con el recurso hídrico. Los músicos se pelean. La distribución del ingreso no es equitativa y eso causa discordancia. Por lo tanto este músico quiere lo de aquel y se lo quita de forma violenta. Eso, para no extenderme.

El Opus (palabra latina que significa “obra”) musical de Maurice Armitage, el nuevo “Director” comenzó hace mucho. Incluye una siderúrgica, un ingenio, un grupo empresarial, un movimiento cívico, una fundación social, un grupo de percusión y una orquesta sinfónica –es en serio- en un sector marginado y un matrimonio que lleva maravillosamente y en armonía desde los 24 años de edad. Tiene 70. Calculen.
Infidencia de fuente fidedigna: a su esposa Patricia Tello la enamoró con la canción “Ni se compra, ni se vende” y esa canción se convirtió en la insignia de ambos. Y al parecer en la insignia de todo lo que organiza y promueve.

Empresario, filántropo, soñador, “ateo espiritual”, acelerado y generoso líder. Así es el nuevo alcalde de Cali. Su empresa –cuyas utilidades reparte cada 90 días entre sus empleados- maneja entre otros proyectos una fundación en Siloé, uno de los sectores más propensos a manifestar fenómenos de violencia. En ese barrio, él y su hija Christinne pusieron en marcha –entre otros proyectos- la 'Orquesta Sinfónica de Siloé', y el programa 'Tambores de Siloé', los conjuntos ya mencionados, que le dan otro sentido a la vida a través de la música producida por instrumentos elaborados con material reciclable. Eso quiere decir que Armitage tiene idea de recuperar lo que parece inservible y convertirlo en algo útil.

El Director solo no es capaz de hacer nada. Los músicos –TODOS los caleños, sin excepción- debemos apostar al cambio. Hacer variaciones al tema. Desempolvar esa Urbanidad de Carreño que está cuñando la pata de una mesa coja y volver a ser “gente”. Interpretar la vida cotidiana como algo que es posible llevar sin destemplanzas. Cuidar del escenario y de los instrumentos –las obras públicas, la vegetación, nuestro río, las vías, el recurso humano y económico-. Recuperar la autoestima y la fe.

Soy tan apolítica como Armitage es ateo. No creo en nadie –y menos en políticos-, pero vivo bajo la premisa de que cuando nada es seguro, todo es posible. Y creo en hechos y obras. En cosas tangibles.
Por eso puedo –desde mi desconfiado optimismo- intuir que con este nuevo Director que sabe de gerencia, de reconciliación, de armonía y concordia, de compartir el escenario sin buscar ser estrella, pero con todos los argumentos y el carisma necesarios; que conoce la inclusión, que según Juliana Rosero -periodista del departamento de comunicaciones de “Creemos Cali” el movimiento cívico de Armitage – se autodenomina “analfabeta musical” pero que disfruta con todos los géneros, cantantes y cadencias,  tendremos ritmo y melodías felices en Cali por un buen rato!

Denos el tempo, “maestro Armitage”. La invitación es a que todos los caleños interpretemos virtuosamente y con amor nuestra partitura y a que en lo posible no improvisemos.
¡Nos vemos en la coda!