Lun, 07/25/2016 - 17:32
-Duele decirlo señores, prosiguió el hotelero, pero el calentamiento global nos traerá enormes beneficios. Mientras en otras latitudes se anuncia la ruina, fruto de las sequías o las inundaciones, nosotros tendremos las cuatro estaciones.-
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Foto: Especial para www.90minutos.co

Durante varios días no se habló de otra cosa. Los medios de comunicación volcaron toda su atención sobre el maravilloso suceso. En las escuelas, colegios y universidades, los profesores hicieron un gran esfuerzo de improvisación para explicar el fenómeno. Con la rapidez que sólo tienen las malas noticias, circularon las más disparatadas teorías, algunas pretendidamente científicas pero carentes de comprobación. Otras, las más comunes, fincadas en textos bíblicos, especialmente el Apocalipsis. Las iglesias abrieron sus puertas  24 horas y los sacerdotes y pastores  anunciaron sin descanso la segunda venida de Cristo. En la plaza principal de la ciudad, bautizada con el nombre de un prócer local cuya estatua se yergue altiva entre un ejército de torcazas  que la escoltan sin descanso, la gente discutió el tema en pequeños grupos. Lo mismo ocurrió en todos los parques de la localidad. Los vagabundos y drogadictos, hasta entonces dueños indiscutibles de esos territorios, tuvieron que aceptar que los vecinos  les arrebataran el codiciado espacio para comentar y reflexionar sobre los últimos acontecimientos. El principal diario de la ciudad publicó una foto en la primera página, que ocupaba las tres cuartas partes. (Semejante honor solamente lo había tenido la cara de un general caído en desgracia después de un brutal atentado terrorista a las instalaciones de su cuartel, convertido en ruinas por la explosión de un carro bomba.) Se trataba de la imagen de un bello copo de nieve, de unos diez centímetros de diámetro, compacto como el hielo raspado que sirve de materia prima para la elaboración de  helados de anilina y frutas, que los caleños llaman “cholados” tal vez porque tienen de todo menos chocolate.

Después de varios días de frío glacial, durante los cuales el cielo desapareció bajo una gruesa capa de nubes varios expertos de una prestigiosa universidad anunciaron que debido al calentamiento global la tierra estaba experimentando un cambio radical del clima, al extremo que las estaciones ya no iban a depender del eje de inclinación del planeta respecto al sol. En emisión simultánea por radio y televisión, hecho sin precedentes en la historia de Cali, un trío de científicos climáticos explicaron con lujo de detalle el porvenir de esta ciudad, hasta entonces tropical,  a veces invadida por un calor sofocante. Para fortuna de la radio-tele audiencia, un avezado periodista les pidió que aclararan con palabras sencillas sus inteligentes teorías. El más viejo de los científicos, miró directamente a la cámara y con voz tranquila y firme sentenció: ¡Nevará! Si señores, tendremos precipitaciones de nieve, así lo demuestran los estudios que hemos realizado a las nubes que cubren la ciudad. Pese a la claridad del mensaje, la mayoría de la audiencia no entendió su verdadero significado. Algunos concluyeron de inmediato que caería granizo, otros simplemente asociaron nieve con agua e imaginaron un terrible aguacero y de nuevo las inundaciones en los barrios pobres y ricos. Cuando los periodistas comprendieron que la ciudad quedaría cubierta de nieve de verdad, tal y como ocurre en las ciudades gringas, emitieron programas mostrando tormentas de nieve, techos blancos, calles blancas, ríos y lagos congelados, gente cubierta con vestidos y gorros de lana, chiquillos patinando sobre el hielo, esquiadores con lentes oscuros y sonrisas idénticas. Los televidentes miraron atónitos estás imágenes y soñaron con los copos de nieve cayendo sobre la ciudad tapizándola con un blanco celestial.

El alcalde escuchó el informe en compañía de todo su gabinete y el Concejo en pleno. Aprovechando el gélido silencio del recinto expresó con voz pausada y profética: “ahora si nos podremos llamar La Sucursal del Cielo”. El Secretario de Gobierno saltó como un muñeco de caja de sorpresas, miró con orgullo a su jefe, casi con pasión, hizo un puchero e inició un aplauso que fue seguido por  la concurrencia. Por primera vez los ediles aplaudieron con fervor al alcalde y olvidaron que era un corrupto e incapaz. El líder del grupo opositor  lo miró indulgente y fantaseó con sus tres hijos haciendo monigotes de nieve en el jardín de su lujosa residencia.

En otro sitio de la urbe los dirigentes gremiales se reunieron de manera extraordinaria para analizar la coyuntura, diseñar estrategias  comerciales y promocionar el turismo. El jefe de los comerciantes  propuso que la metrópoli fuera bautizada en adelante como “La Suiza Suramericana”. Por supuesto que desconocía que alcalde le había tomado la delantera. El representante del gremio hotelero hizo una presentación en “power point”, en la cual mostró los dos cerros tutelares de la ciudad blancos, refulgentes; el Cristo Rey y las Tres Cruces, que los adornaban habían sido reemplazados por sendas terminales de transporte teleférico, y por las laderas  se veían descender esquiadores sonrientes con lentes oscuros. Todos reconocieron el ingenio del hombre y la calidad de los fotomontajes. Pero antes que estallaran los aplausos uno de los concurrentes le esputó un tanto malicioso: “y.., ¿el río Cali? ¿Ha pensado en el río Cali?”. El hotelero lo miró victorioso y antes que surgiera otra pregunta hizo clic en la imagen siguiente y el video beam proyectó en la pared el cauce congelado del río que cruza la provincia y a la cual debe su nombre. Sobre las aguas convertidas en hielo patinaban grupos familiares y ancianos risueños, ante la mirada expectante de policías provistos de gorros felpudos y botas de combate sobre afiladas cuchillas de patinaje.

-Duele decirlo señores, prosiguió el hotelero, pero el calentamiento global nos traerá enormes beneficios. Mientras en otras latitudes se anuncia la ruina, fruto de las sequías o las inundaciones, nosotros tendremos las cuatro estaciones.-

Los conductores de la economía de la región aplaudieron y luego se abrazaron. La competencia de mercado había desaparecido, ahora todos pensaban en la ciudad, la imaginaban igual y la deseaban sin recelo.

El presidente de la república acostumbrado a viajar a la ciudad en  días de calor infernal, envió mensajes televisivos a los caleños prometiéndoles encabezar una marcha de patinadores sobre el río Cali, tan pronto el estado del tiempo le permitiera viajar a “esa bella capital para compartir con mis compatriotas este magno evento”.

En los barrios pobres la pobreza mantuvo el mismo color. Los niños jugaron en las calles empolvadas, haciendo caso omiso al frío intenso. No se produjo el mismo entusiasmo que en otras partes de la ciudad, tal vez un poco de curiosidad y algo de temor. Los viejos preferían los aguaceros conocidos con sus inundaciones a toneladas de nieve que enterrarían sus ranchos de esterilla.

Al quinto día cayó un copo de nieve sobre la Plazoleta de San Francisco, que sirve de marco al imponente edificio de la gobernación. Sucedió durante una concentración promovida por el señor Gobernador para anunciar a los ciudadanos las medidas que adoptaría durante “la temporada invernal con nieve”, como la denominaba con el orgullo que produce la autoría de cosas inéditas. Alguien del público gritó: ¡MIREN! , señalando al cielo, justo cuando el gobernador se disponía a iniciar su discurso. Todos miraron hacia arriba y vieron descender lo que al principio parecía “la pluma de un ángel” (otra frase inédita del gobernador). Lentamente la concurrencia formó un círculo en cuyo centro cayó un pequeño copo de nieve, o sería mejor decir se depositó, porque lo cierto es que el copo se posó suavemente sobre el mosaico rojo, manteniéndose íntegro. De inmediato las cámaras de televisión y los fotógrafos penetraron el círculo y rodearon el copo. Ni siquiera la lluvia de flash alteró el trozo de nube. El gobernador descendió de la tarima, se acercó al copo, lo miró extasiado, intentó tocarlo pero un leve quejido surgió de cientos de gargantas y el mandatario comprendió que el copo era sagrado. Con este pensamiento fijo en la mente, henchido de una oceánica religiosidad, exclamó: “Este copo sagrado es el anuncio de un futuro lleno de paz y prosperidad”. La multitud se persignó fervorosa y por primera vez vieron a su gobernador como un verdadero líder.

La ciudad estaba excitada, llena de optimismo, pletórica de amor. En cada casa, en cada esquina, en los sitios de trabajo no se habló de otra cosa. Los almacenes vendieron sus existencias de buzos, sacos y chaquetas, por cierto escasos en una ciudad cuya temperatura habitual es superior a los 29 grados centígrados.

La inmensa mayoría hizo planes relacionados con esquiar y patinar sobre el hielo, deportes ajenos a la cultura caleña. Algunos padres instruyeron a sus hijos sobre el peligro de la hipotermia, mientras estos los miraban con abierta indiferencia, sino con burla.

Pero el frío de la noche venció y la ciudad pudo conciliar el sueño. Al amanecer del sexto día el principal diario de la ciudad circulaba con la inmensa foto del copo de nieve, mientras la radio anunciaba un día despejado y caluroso.