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Foto Especial para www.90minutos.co

Los ojos miel de Juan Daniel ya no endulzarán más la vida de quienes lo amaron y amarán hasta los límites que imponen el tiempo, la memoria y los recuerdos. Ya no habitará más esos espacios que llenó con su alegría, con su cuerpo flaco y algo desgarbado. Y con su espíritu lleno de una vitalidad rebosante. Ya no gritará más a rabiar los goles de ese Real Madrid tan blanco como lejano, pero discutirá con los ángeles del cielo que Messi es el mejor de este mundo y que a James no lo supera nadie con la tricolor. También se enfundó -junto con sus bermudas eternas- la camiseta de Alemania, tal vez como homenaje a ese Pastor Alemán que amó sin límite o frontera. Amaba el fútbol, poco menos que a su familia.

Se extrañará su sonrisa serena en el Colegio Inglés de Los Andes -y en el Colegio Diana Oese, donde estudió la mayor parte de su vida-, y en los corazones atribulados de unos padres que sufren lo que aún no tiene nombre. Porque no ha sido capaz el ser humano de bautizar el dolor por la pérdida de un hijo. Esa palabra no existe.

Sus apellidos son sinónimo de periodismo en la región. Cuéllar y Santacruz. Deporte y totalidad. Y su nombre, una composición llena de cualidades que lo definen para siempre. La simplicidad y la belleza de Juan: ‘El hombre fiel a Dios’. Ese Juan que todo lo nombra y lo traduce. Amable y tranquilo. Cercano a la familia. Sincero y amigo hasta los tuétanos. Y Daniel: ´Juez de lo divino’. Tranquilo, equilibrado. ¡Divino! diría La Mona, su mamá. Adriana. La mujer que todos quieren. Que todos respetan. Que todos admiran. Que todos acompañamos -junto con Rafa- en este momento. Y sus tíos, Jaime y Andrés, colegas también. Padres también. Tristes también.

“He entregado mi hijo. Ya está con Dios”. Eso escribió Rafael, su papá. Su compinche en la cocina. Acaso para agradecerle al creador por todo lo que les entregó antes de partir, por todo lo que les enseñó su pronta partida. Por todo aquello que ya nunca jamás se borrará del corazón, porque está esculpido con amor y sabiduría. Es una metáfora triste, pero indiscutible. Bastará una lágrima para que el alma de su amor navegue a raudales hasta el infinito. Y aquí me permito parafrasear el poema de Emily Dickinson, para decir -con su permiso y ante su inmenso dolor-, que fue muy temprano para el hombre, pero el tiempo preciso para Dios. Él ha de cubrirlos con su manto de fortaleza.

Es la vida. Ese relámpago fugaz en medio de esas dos oscuridades infinitas. Esa luz que emerge como manantial, que nace como el agua, producto de la unión de unas pocas gotas que se articulan para gestarla. Pensar y decir que los orígenes del agua, de la vida y de la muerte, se parecen o se cruzan, o se mezclan, es apenas un intento vano por explicarla y entenderla. Comienza y termina con lágrimas, esas gotas que si brotan de una mujer, son esa poderosa fuerza hidráulica capaz de mover el mundo. Y si de un hombre, la más conmovedora prueba de su vulnerabilidad. A Juan Daniel le faltó recorrido, pero le sobró caudal. Recién el 31 de octubre había cumplido 16 años. La Torre del tarot. Ese número que suma siete y cuyos significados cabalísticos alcanzarían para llenar un libro, pero baste con decir que representa la perfección y el número de peldaños de La escalera de Jacob para subir al cielo.

Al final -sentenció Abraham Lincoln-, lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años. Esa vida les ha puesto al frente un dolor y una prueba, un duelo y una enseñanza. Juan Daniel estaba en una etapa de la vida donde no se contempla ni concibe la muerte, donde la inmortalidad es probable, y hasta posible, porque la vida está toda por delante y las ilusiones todas son metas alcanzables. Le encantaba argumentar. Cuando en julio de este año conoció Nueva York, ratificó -entre muchas otras cosas- su gusto por el modelo de debate la ONU. Un escenario donde se destacó. Un amor incondicional por el otro, por la humanidad entera.  

En últimas, todo lo que sabemos del amor es que el amor es todo lo que hay. Nada más. Y por eso las personas que amamos, no se mueren jamás.

Adriana. Rafael. Toda la familia. Morir sin morir y vivir sin la vida, es el más arduo milagro propuesto por la fe. Juan Daniel no dejará nunca de mirarlos con sus ojos miel.