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La encrucijada del alma

 

El proceso de negociaciones de paz está en su peor momento desde que inició el 4 de septiembre de 2012 y con él, su máximo protagonista, el Presidente Juan Manuel Santos, quien se mueve en un escenario estrecho que le da poco margen de error.

Por un lado, luego de casi dos años de negociaciones, el proceso de diálogos experimenta un desgaste natural. La comunidad empieza a tener afán por ver concretados los acuerdos a los que se están llegando en La Habana, pero no hay mucha información, y ante la incertidumbre los rumores van y vienen: Que se creará un ministerio de seguridad para dárselo a las Farc, que se despejarán amplias zonas de los ‘territorios nacionales’ para que los maneje la guerrilla, que el modelo agrario cambiará y que será el propuesto por los negociadores de la insurgencia, que los cabecillas no pagarán ni un día de cárcel y que, por el contrario, los timochenkos, los Iván Márquez, los Pablo Catatumbo llegarán derechito al congreso.

Otro elemento que ejerce presión sobre el proceso de diálogos es el momento político posreelección. El Presidente, jugado por la paz, es un blanco fácil de quienes militan en las extremas. De algunos de ellos hubo apoyos para la repotenciación de la campaña que lo mantuvo en la Casa de Nariño y están dispuestos a cobrar. Factura que pasarían si la metodología de los diálogos no se modifica, cosa que ya está pasando con la convocatoria de representantes de las víctimas a las mesas de La Habana.

En el escenario que presiona al Presidente, son precisamente las víctimas las que por estos días están generando noticia. En Cali se lleva a cabo el Foro Nacional de Víctimas organizado por la ONU y la Universidad Nacional, las instituciones que tienen la responsabilidad de seleccionar a los representantes de las víctimas que irán a las mesas de negociación. Pero no ha sido fácil: Hubo una trifulca por la presencia de una persona señalada de ser neonazi entre los asistentes, se estudia aún sí los militares y policías pueden ser considerados víctimas, y los afectados por el accionar de las Farc se quejan de que no todos tienen representación.

Al desgaste del proceso, a la presión de los grupos que apoyaron al Presidente para su reelección, a la dificultad de seleccionar a los representantes de las víctimas se les suma la reacción de la opinión pública frente al accionar militar de la guerrilla durante las últimas semanas, ataques que se han concentrado sobre la sociedad civil, muestra de ello es la niña de dos años muerta por el lanzamiento indiscriminado de un ‘tatuco’ en Miranda Cauca, el derribamiento de una torre de energía que dejó a los 450.000 habitantes de Buenaventura sin el servicio durante varios días y el derrame de miles de galones de crudo en zona selvática del Putumayo.

Además, la presencia del Centro Democrático en el Congreso también le mete presión al Presidente y al Proceso de Paz, un ejemplo de ello es la solicitud del senador Ernesto Macías, quien en nombre de esa bancada pidió al Gobierno suspender el proceso de paz debido, justamente, a los ataques de las Farc a la población y a la infraestructura petrolera del país.

¿Qué va a hacer el Presidente Santos si el escenario se sigue cerrando? No puede extender las negociaciones indefinidamente, no puede traicionar a los aliados que lo llevaron a la reelección, no puede tomar a la ligera la participación de las víctimas y, sobre todo, no puede dar por terminadas las negociaciones. De la manera como Santos salga de esta encrucijada depende que se le recuerde como el presidente de la paz o como uno más que fracasó en el intento (tal vez el último) de llevar a Colombia al fin del conflicto por la vía del diálogo.